A Fondo Lunes, 22 de enero de 2018

Fin de las vacaciones, felicidad garantizada

Promediando un enero en el que quizá mostró su costado atípico por no ofrecer demasiados acontecimientos extraordinarios, muchos regresan y otros están por partir, creyendo que tienen todo resuelto.

Raro que no haya habido algo sustancioso como para iniciar esa conversación tan obligada como insustancial con el ocasional vecino del departamento alquilado, o con los de la carpa contigua, que juzgamos agradables hasta que va avanzando el inexorable tiempo y junto a él, la inevitable construcción del tedio que produce compartir un perímetro con aquellos con quienes no elegiríamos en circunstancias habituales.

Probablemente si tuviésemos mayor inclinación por la filología, podríamos anticiparnos y descubrir que esa palabrita "vacaciones" tiene como raíz algo muy próximo al vacío. A lo vacuo. A la vastedad de tiempo inservible.

No se conoce a personas que se manifiesten en contra del tiempo libre, y tampoco que renieguen de descansar, excepto claro, cuando el descanso es impuesto y la libertad de tiempo sólo sea -acepte la contradicción- una denigrante obligación, algo que ocurre ante la desocupación, la internación sanitaria o la peor, estar alojado en una prisión.

El concepto de tomarse vacaciones describe la necesidad humana de tener un período en el que se pueda alterar la desafiante rutina y administrar el tiempo según nos dicta el antojo; disfrutar del contacto afectivo con indiscriminada asiduidad y hasta modificar al arbitrio de uno el lugar de residencia, aunque de manera eventual. Ese cambio de libreto, con el correr del tiempo y asociado a la presión del consumo y a los imperativos modélicos, se tradujo en una otra obligación, en ocasiones más tortuosa que la invasión publicitaria de internet : ser feliz en su máxima expresión.

Vacaciones como sinónimo de ser feliz en todo momento, todo el tiempo, todos y todas, ante cualquier temperatura, bajo toda circunstancia, implica un trabajo más arduo que el que se ejerce durante todo el año. Ser feliz y estar en plenitud física, psíquica y hasta espiritual para los creyentes, es un propósito legítimo, pero vamos a coincidir que es una ambición tan exagerada como pretender que el gremio al que podemos pertenecer nos provea hoteles cinco estrellas, gratis, en las exóticas islas Maldivas, o que los puntos de la tarjeta nos alcancen para Hawai con familia numerosa y en primera clase. 15 días y si acaso se nubla la garantía prolonga el alojamiento hasta que se despeje. Sin temor a equivocarnos, vacaciones encuentra analogía casi perfecta con ilusión. Sí, ilusión. Eso que practica en escasas ocasiones pero que en algún momento, todos lo somos: ilusos

Y así es como en ese paréntesis anual, si acaso preferimos el estío, castigamos al órgano más extenso y visible que poseemos, la piel. Y a falta de lo que aún preservan los primates, los previsores gastan fortunas en cremas protectoras y los desprevenidos, en ungüentos y pociones farmacológicas reparadoras, bastante más costosas que las costosas sombrillas y más pegajosas que el típica y siempre carente de sutilezas hit del verano, que se nos incorpora involuntariamente hasta aturdirnos la memoria.

Pocas veces alguien advierte sobre los peligros de las vacaciones, seguramente para no granjearse el pseudónimo de mala onda.

Admito que puede ser otro pecado periodístico eso de universalizar las experiencias de terceros, aunque sean mayoría en nuestra lista de contactos. Pero sería conveniente que además de considerar que esa última cuota del crédito para el viaje vencerá exactamente en el invierno del próximo año, planificáramos y previéramos algunas cuestiones que soslayamos a priori. Ejemplo: jamás estamos tanto tiempo junto a las personas que más amamos, y posiblemente ese enorme amor obedece a la dosis exacta de tiempo compartido.

Deberíamos saber de antemano que lo que para nosotros es novedoso, como por ejemplo los gustos de los chicos, no lo es para ellos ni para sus contemporáneos. Observar que todo lo tácito, incluidas las leyes inamovibles que consideramos lo son para todos y cada uno de los miembros de la familia, es parte de nuestra frondosa y en ocasiones íntima y discreta imaginación. El uso del baño, el tiempo de recreo. El encendido de los artefactos mediáticos y de entretenimiento. Los horarios. La vitalidad para practicar esas antiguas distracciones en la playa, no coinciden. Porque además, nunca se experimentan en la vigilia laboral. Y los hombres y mujeres, no venimos muy preparados para eso que adquiere gran valía por su infrecuencia: la sorpresa.

Nos oponemos a dimensionarlo, pero yendo o volviendo, las vacaciones se constituyen en la mejor ocasión para reflexionar y alegrarnos por lo bien que estamos siempre, también durante el asedio del trabajo.

En Argentina suena inseparable la idea de empleo en blanco con turismo vacacional. Esto que podría ser otro elemento distintivo y un bonito argumento para nuestro orgullo nacional, suele pasar desapercibido o peor. Y cuando la subjetividad nos confunde, normalmente subjetividad alimentada por periodistas y comunicadores que optan por expresar más sensaciones personales y egocéntricas que datos, los números, las estadísticas y las instituciones nos ordenan y le van quitando la parte mágica a la realidad que siempre nos la pintan de espectacular cuando es ajena.

País de vagos. Vagos, palabra que comparte raíz con vacaciones, vacuo y vacío. Vagos suelen ser los informes cuando no, vagos los que deberían y no indagan, pero igual se pronuncian como si efectivamente lo hicieran.

Según la Organización Mundial del Turismo y los datos provistos por el Banco Mundial, los días mínimos de vacaciones, o sea de licencia laboral obligatoria, es heterogénea entre sus 156 países miembros y entre los 189 estados observados. Así como China sólo otorga un lapso de 5 días (quizá de ahí viene aquello de trabajar como chino) , Argentina está muy debajo del promedio. Los vecinos Chile y Bolivia, igual que Venezuela y Colombia conceden 15 días. Alemania, Zambia, Georgia e Irán, 24 días. Para sorpresa de los difusores del país mejor educado, Finlandia igual que Francia, asume la cúspide del ranking de días sin trabajo, con un mínimo de 30. Seguramente los hinchas del silogismo se tentarán en deducir que para ser más educados y perfumados necesitamos extender las licencias, así como dirán que para convertirnos en la potencia suprema, deberemos suprimir este derecho, pues en Estados Unidos no está consagrado este derecho, pero la idea se frustra ya que los otros tres países que comparten este criterio de no pagar por el descanso son Liberia, Kiribati y Tonga

Nadie podría censurar si alguien ensaya asociaciones imaginarias sobre el negocio turístico con las leyes que otorgan graciosamente descansos. Pero de inmediato encontrará sustantivas contradicciones. Estados Unidos, el país sin vacaciones es el segundo en facturación por este concepto. Pero el primero es Francia, quien ostenta el primer lugar en el podio con 82 millones de visitantes foráneos en su no muy extensa geografía.

En Argentina aún es bastante incipiente, y aunque hubiese un desarrollo prodigioso en lo turístico, si seguimos comportándonos como hasta hoy, la balanza será aún más negativa, claro, si no se nos ocurre adulterarla como solemos hacer cuando regresamos de vacaciones. El porcentaje de argentinos que hacen turismo en el exterior es un 26 % más elevado que el número de personas que nos visitan. Y los gastos se comportan de igual manera.

El impacto en lo económico se comporta de manera negativa. Lo que se gasta en el exterior provoca igual efecto que cuando se importan artefactos, insumos y mercancías, o sea no bienes de capital; y lo que los foráneos gastan en nuestro país, no importan los rubros ni las elecciones, funciona como las exportaciones. Luego habrá que ver si con o sin valor agregado.

Toda conjetura entusiasta puede llevarnos a perder la ojota en el caudaloso río; Mejor un poco de sensatez. Aunque no de felicidad, es preferible saltar en una pata que arriesgarnos a perderlo todo.

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