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domingo 12 de noviembre de 2017

El último hombre que vio con vida al fiscal Alberto Nisman: ¿culpable o inocente?

El próximo martes será acusado por el fiscal Eduardo Taiano de haber sido partícipe del asesinato del magistrado

Espía, asistente informático, perejil, entregador, agente secreto, inocente, homicida, víctima, peón, cerebro, siniestro, cándido... ¿Cuál de todos es Diego Lagormasino? Es la pregunta imposible, la respuesta vacua, el enigma bajo siete llaves, el secreto que exige la clave indescifrable que la Justicia no ha podido o no ha querido develar y ahora se propone hacerlo.
¿Quién es y qué hizo el hombre que vio por última vez con vida al fiscal del caso AMIA, Alberto Nisman, quien fue hallado muerto en su departamento el 19 enero de 2015, a quien le llevó un arma el 17 de enero, cuyas balas terminarían en la humanidad y con la humanidad del magistrado que investigaba el cruento atentado y que había anunciado que iba denunciar a la entonces presidenta de la Nación, Cristina Fernández, por el pacto con Irán?
Parece imposible saberlo hoy como hace dos años cuando, el mismo día del hallazgo sin vida de Nisman, un desconocido personaje, que se presentó ante el juez como asistente informático del fiscal, reveló que él le había entregado el arma, esa que había gatillado su muerte.
Viejo y clásico recurso de la novela policial, el sospechoso se presenta naturalmente como el inocente, como un involuntario protagonista que cayó en el lugar y en el momento equivocado, alguien de quien nadie se atrevería a sospechar.
Es el famoso mayordomo que estaba ahí por casualidad, cuando el crimen ocurrió, pero que al final, para asombro y sorpresa de todos, era el asesino.
¿Es Diego Lagomarsino inocente o es el asesino? Lo que sea que haya sido, ha batido un récord indiscutido en la Justicia penal argentina. No pasó un solo día en la cárcel a pesar de estar vinculado a una escandalosa muerte o crimen de Estado.
Cualquier otra persona en su situación habría caído presa solo con admitir que "el arma con la que murió el fiscal es mía, yo se la presté", dijo.

Ni ese ni otro argumento lo habría salvado. La Justicia le habría permitido que siguiera dando su versión pero desde la cárcel.

No fue el caso de Lagomarsino, que por más dos años siguió caminado por la calle con una imputación menor relacionada con el arma.

Pero en el último tiempo todo dio un vuelco inesperado. Cambió la fiscal Viviana Fein, que prejuzgó desde el primer día que se trataba de un suicidio, por un fiscal, Eduardo Taiano, que cree que es un asesinato

Cambió el informe de los peritos que avalaban una trágica decisión personal del fiscal Nisman de quitarse la vida por el peritaje de Gendarmería que habla de que le quitaron brutalmente la vida.

Cambiaron la sospecha y la situación del sospechoso, que este martes será indagado, acusado de ser partícipe de homicidio junto a los policías que velaban la vida del magistrado.

El juez federal Julián Ercolini le puso tobillera electrónica, le allanó su casa, le secuestró documentación, computadora, teléfonos y le prohibió alejarse a más de 100 kilómetros. El insospechado ahora es sospechoso de un crimen de Estado.

El indescifrable
Las acciones del "asistente informático" ante la Justicia siempre generaron polémica, misterio e intriga.

Fue el primero en ponerse en la escena del crimen, diciendo que había estado allí horas antes de que el cuerpo del fiscal fuera hallado.

Nadie en su sano juicio hace tal movimiento por el impostergable temor, aun inocente, de ser vinculado a una muerte que no ha cometido.

Contó de inmediato a la Justicia que le llevó el arma a Nisman el día anterior porque el fiscal se la había pedido. ¿Por qué dio Lagomarsino ese dato central con tanta espontaneidad y predisposición a los investigadores, a riesgo de autoincriminarse?

Podría haber callado. Al fin y al cabo, las cámaras que lo grabaron ingresando al departamento de Nisman no detectaron el arma que le llevó al fiscal dentro de una mochila.

Podría haber dicho a la Justicia que le llevó el arma a Nisman días o meses antes y despegarse de la comprometedora inmediatez que arrastra toda muerte en un caso criminal.

Cualquier abogado penalista se lo habría aconsejado, le habría sugerido hacer silencio, esperar que la Justicia lo citara y no dar ni un solo detalle hasta ver el expediente.

Lo habrían asesorado así por el solo hecho de resguardarlo, ya que si Lagomarsino fuera inocente y estuvo en el lugar y en el momento equivocados, podría haber corrido el riesgo de ser víctima de un juez y una investigación tentadas a tomar un atajo que estaba servido en mano.

Ante una megacausa interminable en puerta, la presencia del asistente era la ocasión para incriminarlo y tener un culpable, que es la principal urgencia de todo caso criminal.

Cuando Lagomarsino se enteró de que había muerto Nisman, se presentó ante un juez que no era el competente y le reveló todo lo que luego le diría a la fiscal Viviana Fein.

El juez Daniel González, quien lo recibió, detalló en su declaración judicial en la causa: "No le creí nada. Lloraba a gritos. Con mi experiencia de 22 años me dio la sensación de que simulaba, sobre todo porque no estaba prestando declaración...".

Inexplicablemente, Lagomarsino nunca abonó la hipótesis del asesinato. Ni siquiera el primer día. Lo más arriesgado que ensayó fue decir que no sabía lo que había pasado. Luego supuso que quizá había sido un accidente con el arma. Al final, un año después de la muerte, aseveró a la prensa: "Él tomó la decisión de dispararse; lo que no sé es por qué".

¿Por qué insiste en el suicidio y reniega de un homicidio? Lo afirma a pesar de admitir que le sorprende, que cuando habló con Nisman no le pareció que se quitaría la vida.

Tan convencido parece estar de esa opción que cuando se encararon los peritajes de Gendarmería para rever la opción de un homicidio, Lagomarsino llamativamente se opuso.

También dijo que no quería entregarle el arma pero que al final se la dio porque "Nisman me dominaba".

Con el tiempo reconoció que compartía una cuenta bancaria con el fiscal en Nueva York, que estaba también a nombre de la hermana y la madre de Nisman.

Mientras la ex mujer del fiscal, Sandra Arroyo Salgado, no reveló esa cuenta, Lagomarsino, dispuesto a contar todo a la Justicia, nunca dio a conocer ese dato que develaba una confianza y cercanía con el fiscal que a primera vista no se identificaba.

Como si fuera poco, Lagomarsino contrató o le contrataron a un penalista reconocido para que lo defendiera, a quien nunca podría costear en toda su vida con los $40.000 mensuales, que, dice, le pagaba Nisman.

Ese abogado es Maximiliano Rusconi, quien en los '90 fue fiscal general de delitos tributarios y contrabando, sentando en el banquillo a altísimos funcionarios menemistas. Hoy, en la actividad privada, además de Lagomarsino defiende al ex ministro Julio De Vido. Hasta hace poco defendió a Lázaro Báez y antaño al mismísimo Carlos Menem.

Ignorado y ahora sospechado, Lagomarsino nunca se fugó, no se fue del país ni cambió su versión. Puede ser el mayordomo o un simple perejil con la suerte manchada.
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