A Fondo Domingo, 15 de julio de 2018

El milagro de los Jabalíes Salvajes: humanidad en estado puro

Todo el mundo, si distinción de nacionalidades, razas ni creencias, celebró y celebra el rescate de los jóvenes deportistas y su entrenador. La reacción solidaria del planeta fue extraordinaria

Quizás nunca los valientes Jabalíes Salvajes podrán llegar a dimensionar que durante 18 días, personas que nunca conocerán, que para ellos escriben en alfabetos ilegibles y hablan lenguas indescifrables, que tienen hábitos y costumbres de otro planeta en el resto del mundo, sufrieron y se angustiaron por su suerte y celebraron felices e incrédulos el milagro de la salvación, el triunfo del hombre sobre la muerte, el regreso a la luz desde la mismísimas tinieblas de Chanin Vibulrungruang (11), Duganpet Promtep (13), Panumas Sangdee (13), Somepong Jaiwong (13), Mongkol Booneiam (13), Adul Sam-on (14), Nattawut Takamrong (14), Ekarat Wongsukchan (14), Prajak Sutham (15), Pipat Pho (15), Pornchai Kamluang (16), Peerapat Sompiangjair (17) y Ekapor Chantawong (25). Son esos 12 adolescentes y su profesor que resistieron y se aferraron a la vida en la oscura y rocosa panza de la cueva Tham Luang que intentó sin éxito tragarlos para siempre.

Probablemente estos niños todavía, que integran el equipo de fútbol Jabalíes Salvajes, tardarán muchos años en digerir que ya no serán simples chicos, ignotos hombres en el futuro, sino el símbolo grabado a fuego de la humanidad consiguiendo lo imposible. Ni ciudadanos, ni niños, ni tailandeses sino seres humanos en toda su expresión: ejemplares de esa especie que alumbró entre miles como un animal común y corriente en un planeta hostil de naturaleza implacable y evolucionó a tal punto que reinventó su propia realidad a partir de los recursos que tenía a mano.

Una especie cuyo espíritu de aventura y curiosidad la empujó a volar como las aves, a conquistar el cielo y el espacio, pisar la luna, surcar y bajar a las profundidades de los mares y explorar las entrañas de la tierra, todo eso sin pensar un minuto en que se jugaba la vida, en cada intento, en cada locura. El mismo espíritu rebelde que llevó a los 12 jóvenes y a su profesor de 25 años a adentrarse con ese entusiasmo tan humano en la laberíntica cueva de Tham Luang, 10 kilómetros de oscuros pasillos tallados por el agua, ubicada en la frontera norte de Tailandia, en plena zona selvática del sudeste asiático, sin calcular que quedarían presos de la naturaleza y con sus vidas pendiendo de un milagro.

Como ocurrió con la epopeya de Los 33, en las profundidades de la cordillera de los Andes, o en el frustrado rescate de los 44 del ARA San Juan que el mar se niega a liberar, en esta ocasión volvió a emerger la humanidad en estado puro, ese valor absoluto tan poco frecuente. Afloró con su característica esencial y más noble: solidaria, mancomunada, en un solo puño, por sobre las naciones, las razas y las diferencias de fe, en un ensayo más común de ver en los idílicos relatos futuristas de algún filme de ciencia ficción que en la cruda cotidianeidad.

Un operativo que demandó la intervención de 1.300 personas, entre ellos 90 buzos militares de élite, pieza crucial del exitoso rescate, 50 de los cuales llegaron desde Estados Unidos, Gran Bretaña, China, Dinamarca, Finlandia y Australia; la utilización de 20 bombas que extrajeron 128 millones de litros de agua del interior de la cueva sumergida; el uso de 100 tanques de oxígeno para los menores atrapados, la participación de geólogos, pilotos, equipos médicos, ingenieros y meteorólogos para lidiar con el clima que a diario amenazaba con más lluvias, hasta excavadores que tuvieron que abrir caminos para garantizar la salida rápida por tierra ante la imposibilidad, como finalmente ocurrió, de poderlos trasladar en helicóptero ante las persistentes lluvias del Monzón.

Un esfuerzo internacional que incluso se cobró una vida, la de un buzo táctico de las fuerzas armadas de Tailandia, infinitamente preparado para este tipo de misiones extremas, y que se quedó sin oxígeno en el regreso del trayecto cuando trasladaban equipos para el rescate.

El salvataje tuvo características épicas, porque los rescatistas eran muy pesimistas de terminar con éxito la misión. Los niños llevaban días sin comer, en la más absoluta oscuridad y con signos de desnutrición en algunos casos. Había que sacarlos por un circuito de 4 kilómetros, la mayor parte inundado y que en los puntos más estrechos, tenía pasadizos bajo el agua de 40 centímetros de ancho por 70 centímetros de alto. Los buzos debían quitarse el chaleco que sostiene el equipamiento y el tubo al cuerpo para poder pasar porque con todo puesto no cabían.

Para peor, lo peor de todo: los chicos no sabían nadar, y si no se sabe nadar tampoco se tiene el hábito mínimo de sumergirse bajo el agua durante varios segundos como se hace en cualquier piscina. La tarea que les esperaba a los rescatistas parecía inviable: los niños debían nadar, mas bien bucear (algo más complicado), debajo del agua durante cinco horas, sin haberlo experimentado nunca antes ni siquiera por 30 segundos. Con todo en contra, el milagro sucedió: profesionalidad, planificación, conocimiento, colaboración, fuerza de voluntad, la suerte que siempre hace falta y la participación de los mejores, sin prejuicio alguno.

Rescatados vivos del fondo de la tierra, para los niños de Tailandia (como ya son conocidos en todo el mundo) aún no terminó la lucha por la supervivencia. Siguen presos de los durísimos efectos de haber estado atrapados y a oscuras por más de dos semanas en un lugar inhabitable. Del encierro de la cueva pasaron ahora al encierro inevitable de la ciencia.

Los médicos saben que están casi sin defensas inmunológicas, que el contacto con cualquier persona puede ser más mortal para ellos que la cueva que los tuvo secuestrados, que no resisten la luz directa y natural por que permanecieron 18 días en la más absoluta oscuridad, 18 días a ciegas, que deben recuperar kilos de peso de forma gradual, acostumbrar nuevamente al estómago y al resto del sistema digestivo a funcionar con normalidad, lo que lleva un tiempo y un tratamiento.

De la cueva han pasado a la sala de aislamiento. Un vidrio los separa del mundo, incluso de sus familiares, que sólo pueden verlos desde el otro lado sin mayor contacto hasta garantizar que su salud esté salvaguardada. Por ahora el alivio y los sonrientes rostros sabedores de que están de vuelta, son su tabla de flotación.

De hecho, la salida de la cueva aún no ha terminado. Están físicamente afuera, pero quizás pasen años, incluso la vida entera, psíquicamente dentro de ella antes de ser psicológicamente rescatados. El estrés prostraumático es la próxima parada de estos niños que tienen la vida por delante. Ese shock que se sufre en situaciones extremas como la guerra, los grandes terremotos, atentados o situaciones como estas.

Los primeros síntomas del estrés postraumático son insomnio y depresión. Algunos arrastran esa carga toda la vida. Salvados de la oscuridad, los niños de Tailandia tendrán que enfrentarla a diario, cuando caiga la noche, cuando vayan a un cine, cuando cierren los ojos para dormir y hacerlo sin que su cerebro, por su propia cuenta, active las alarmas de supervivencia que retrotraen una y otra vez a la mismísima cueva.

Ese será el deber y el desafío de la humanidad de ahora en más. Acompañarlos sin abandonarlos nunca, llevarlos de la mano, ayudarlos a llevar ese gigantesco regalo, pero a la vez una pesada cruz: ser el testimonio vivo de que la humanidad puede llegar hasta donde no puede.

Como un proyectil: la cápsula del millonario inventada para salvarlos

Físico, inversor, magnate, sudafricano con ciudadanía estadounidense, fundador de los autos eléctricos Tesla Motors y de las firmas SpaceX, Pay Pal, Hyperloop, SolarCity, The Boring Company y OpenAI, poseedor de una fortuna que alcanza los 20 mil millones de dólares, el empresario Elon Musk se involucró de lleno en el rescate de los niños de Tailandia.

Su genio natural y el de sus expertos consiguió en menos de 15 días crear una cápsula submarina en forma de proyectil y con capacidad para transportar a un niño o un adulto, llevando oxígeno a su interior, la que de hecho llegó a Tailandia horas antes de que empezaran a sacar a los chicos de la cueva.

El artefacto permitiría que los chicos fueran trasladados en el interior de esa cápsula sin ahogarse. Aunque el equipo finalmente no se utilizó, la iniciativa fue un claro reflejo del nivel de impacto que tuvo la situación de los Jabalíes Salvajes. El propio Elon Musk, a traves de su cuenta de Twitter, explicó que se basaron en las especificaciones que daban los profesionales y rescatistas que trabajaban en el lugar y en el hecho de que ninguno de los niños sabía nadar.

Meditación budista, crucial para la supervivencia

Monje budista en buena parte de su adolescencia y ahora entrenador de fútbol, el joven Ekapor Chantawong (25), profesor de los niños que junto con él quedaron atrapados en la cueva de Tailandia, parece haber sido vital en la supervivencia de los menores con los que permaneció más de dos semanas. El entrenador ya estaba acostumbrado a una vida disciplinada como cruzar a diario desde Tailandia a Birmania para cuidar a su abuela, atender y limpiar el templo budista de la zona y luego irse a entrenar.

Quienes lo conocen dan cuenta de que la meditación, práctica central de la formación religiosa budista, fue crucial para que los niños resistieran. Ekapor fue enseñado en los fundamentos de la meditación plena, que permite una gran entereza para mantener el control en situaciones extremas. Mantener la calma, una respiración controlada y el cuerpo relajado en forma permanente ahorran energía vital que se hubiera perdido rápidamente si hubieran llorado o desesperado.

La técnica de meditación budista no es tomada a la ligera en Tailandia. Las fuerzas especiales tienen el entrenamiento de la meditación como una de sus prácticas centrales porque además fomenta la disciplina, el autocontrol y el ejercicio más difícil: no perder la cabeza cuando esta concluye que está todo perdido.

Dejanos tu comentario