A Fondo Domingo, 26 de agosto de 2018

El coronel inglés que ayudó a identificar a los soldados de Malvinas

Cardozo anotó cada una de las señas particulares de los 121 cadáveres hallados sin identificación

Miguel Ángel nació en Florencio Varela. Llegó hasta 4° grado y luego comenzó a trabajar de ayudante de su padre, quien tenía un tambo. Fue a Malvinas a combatir a los 19 años, y en la guerra, mientras peleaba, cumplió los 20. Miguel Ángel murió entre el 11 y el 12 de junio de 1982 en la batalla del monte Longdon.

Víctor tenía 19 años. Acostumbrado al calor y a la humedad de su Chaco natal, fue alistado para combatir en Malvinas, al sur de todos los sures. Murió en el enfrentamiento de Pradera del Ganso, entre el 27 y el 28 de mayo de 1982.

Ricardo tenía 18 años. Era un joven alegre y no le gustaba victimizarse, estaba orgulloso de ser parte de la historia argentina. Nació en Esquel, Chubut, y murió en Malvinas, en el mismo combate que Víctor.

¿Qué tienen en común estos chicos argentinos, además de haber caído defendiendo una parte del continente que nos es propia pero no? Los tres son parte del grupo de 121 soldados enterrados en Malvinas cuyas tumbas rezaban la leyenda "Soldado sólo conocido por Dios". Sus cuerpos yacieron durante 35 años debajo de una tierra por la que pelearon, que los recibió pero que no supo identificarlos. Sólo los abrigó de la intemperie cruel, de la humedad y del frío mortal de las Malvinas.

Pero ¿quién los enterró? ¿Quién depositó los cadáveres de esos casi adolescentes? ¿Quién los envolvió para que, en diciembre de 2017, sus huesos recuperaran el nombre y el apellido de origen?

La historia

Más allá de todas las diferencias que la guerra inventa, más allá del irracional odio bélico y del rencor de posguerra, fue un coronel inglés quien sepultó los restos de los soldados argentinos, quien levantó sus cuerpos, que yacían debajo de las piedras o de entre montículos de tierra, donde fueron enterrados precariamente por sus compañeros.

El nombre del militar es Geoffrey Cardozo. Y en épocas del conflicto entre Argentina e Inglaterra se desempeñaba en Logística del Ministerio de Defensa de su país.

El coronel fue enviado un día después de finalizada la guerra para trabajar con los soldados ingleses. Cuando una guerra acaba, tanto los vencedores como los vencidos tienen que enfrentarse a otro conflicto, mucho más complicado, puesto que lo librarán cada día de su vida: la batalla contra sí mismos. Contra sus propios pensamientos. Sus demonios. A eso llegó Cardozo a las Malvinas: a contener a los jóvenes ingleses en la etapa de posguerra.

Sin embargo, una vez que estuvo en el territorio austral, le encomendaron una tarea totalmente distinta, y que cambiaría su vida para siempre. "Los jefes británicos que me habían enviado a disciplinar las tropas se encontraron con ese problema, mucho más delicado: había cuerpos de soldados por todo el campo de batalla y era nuestro deber enterrarlos. Me ordenaron dejar el otro proyecto y ocuparme plenamente de éste".

Y así fue como este militar inglés cumplió al pie de la letra su tarea, con una dignidad y un don de gente difícilmente imaginables para los argentinos, que asociamos a los ingleses con la encarnación del mal. La historia de cómo Cardozo encontró, abrazó, enterró y anotó los detalles de cada uno de esos cuerpos es el pasaje más enternecedor y emocionante de toda la guerra.

<b>Con Julio Aro. </b>Este veterano de Malvinas recibió del inglés, en 1983, las actas de las sepulturas.
Con Julio Aro. Este veterano de Malvinas recibió del inglés, en 1983, las actas de las sepulturas.

La misión

Cardozo, con sólo 32 años, comenzó la tarea de hallar a los muertos. En total soledad. "Yo empecé a recoger los cuerpos y no podía creer que muchos no tuvieran chapa identificatoria, cuando normalmente un soldado no puede ir a la guerra sin ella". La respuesta que el militar no pudo darse a sí mismo se encuentra escrita con tinta invisible en nuestros libros de historia: Malvinas fue el último reducto de una dictadura militar que se caía a pedazos, y los chicos de la guerra eran las últimas víctimas del terrorismo de Estado. Así fueron enviados a la guerra, con sus 18, 19 y 20 años: sin preparación, sin abrigo y sin identificación.

"Cuando yo estuve con mi primer cuerpo de un soldado caído en Malvinas pensé en mi madre. En la ternura de su último beso y abrazo. E inmediatamente pensé en las madres de esos chicos. A cada paso que yo di para enterrarlos sentía que sus madres caminaban a mi lado". Entonces, lo que hubiera sido una tarea gigantesca fue fácil, porque Geoffrey tenía la fuerza de las madres en su corazón.

El coronel cuenta que en ese momento los sintió sus hijos. "Esos chicos eran huérfanos. No había quién se ocupara de ellos". El sí lo hizo. Pero se dio cuenta de que una sola persona tardaría demasiado. Entonces convocó a un equipo de trabajadores de dos funerarias inglesas que lo asistieron en todo momento.

"Trabajábamos todo el día, por eso nos demoramos apenas cinco semanas en encontrar todos los cadáveres". Mientras, otro grupo de británicos iba preparando el cementerio de Darwin. El trabajo se hizo entre enero y febrero de 1983. Fueron 214 cuerpos enterrados, y la mitad sin identificación. De estos se ocupó Cardozo, con mayor rigurosidad que los demás.

El entierro

Al joven coronel inglés lo desvelaba una situación: cómo hacer para preservar los restos de los soldados no identificados. "Yo sabía que había un enorme problema con la identificación, pensaba en estos momentos, que quizás yo debía preservar, conservar estos cuerpos para un día, en el futuro, con técnicos más modernos, ser capaces de saber quiénes eran".

Entonces tuvo una idea que surgió de su propia intuición. Una idea que, 35 años después, fue la puerta de entrada de la identificación.

"Se me ocurrió utilizar tres bolsillos (N de R: bolsillos son bolsas mortuorias) para envolver cada cuerpo. Normalmente es un bolsillo en un ataúd. En una desesperación, yo he pensado "pues, quizás tres sería mejor" entonces, cada chico fue puesto en tres bolsillos antes de enterrarlo en su ataúd". Y resultó, pero en ese momento Geoffrey no lo sabía. Sólo se limitó a darles sepultura, en tumbas cavadas por sus compatriotas, en un cementerio realizado a perpetuidad. "En cada fosa pusimos un cuerpo. Por eso para mí todos los rumores de fosas comunes y tumbas simbólicas eran muy difíciles de soportar". Los muertos argentinos fueron despedidos el 19 de febrero de 1983, con honores, silencio y oraciones, tal y como se hizo con los caídos ingleses.

Sin embargo, Cardozo cuenta que su retiro de las islas fue muy doloroso. "Me acuerdo de los minutos en los que yo estaba en el avión, regresando a Inglaterra. Podía ver las islas por la ventana. Alejándose poco a poco, desapareciendo, haciéndose más pequeñas a cada minuto. Por un lado, había satisfacción por el trabajo hecho. Pero también el problema de los no identificados. Yo pensaba que no había hecho bien mi trabajo. ¿Cómo enterrar a alguien sin saber quién es? Es muy difícil psicológicamente, me dije pensando en sus padres".

Geoffrey consideró todos estos años que esos soldados no identificados eran "sus chicos". Pero ahora siente algo diferente. "Ahora ya no son más mis chicos. Ahora son de sus padres, madres, hermanos y hermanas, ya son ellos mismos, ya pudimos identificarlos".