A Fondo Domingo, 1 de abril de 2018

El becado

Omar Palermo, integrante de la Suprema Corte local, ha generado un duro debate político tras obtener una licencia con olor a privilegio

La Justicia ha estado acostumbrada a ser invisible para los ciudadanos de a pie.Cualquier periodista que haya trotado los tribunales sabe de jueces y camaristas que aún hoy se niegan a ser fotografiados. "El doctor dice que no quiere fotos", suelen responder las secretarias ante la requisitoria periodística por un tema de interés público."Yo hablo sólo a través de mis resoluciones" ha sido la otra muletilla que los usías (vuestra señoría) utilizaban para no dar cuenta de su trabajo, ni de sus metidas de pata, ni de sus trenzas.El ascoLa finada periodista Catherina Gibilaro, una de las personas que más han pataconeado los pasillos tribunalicios y que más amansadoras han soportado para lograr alguna declaración de un magistrado, solía decirme -cuando regresaba a la Redacción de Diario UNO- una frase concreta y reveladora: "Vengo asqueada".Tras soltar esas dos palabras solía contarme parte de las tramoyas que se había enterado de algunos de esas señorías. Agachadas, cobardías, amiguismos eran algunas de esas delicias. Justo es decir que también me hablaba de los doctos que hacían las cosas bien, pero que no eran mayoría.¡Atrás, chasiretes!Hasta hoy es difícil encontrar una foto oficial donde aparezcan todos los miembros de la Corte, algo que es natural en cualquier gobierno civilizado del mundo.Esto que está pasando ahora con el Ministerio Público Fiscal (es decir, con el mundo de los fiscales), en el sentido de que informan y dan conferencias de prensa sobre diversas causas que crean conmoción pública, era, hasta la llegada del procurador general Alejandro Gullé, algo impensado.¿Palermo Soho?En este marco de cosas, en esta falta de oxigenación del Poder Judicial, habría que ubicar lo que está pasando en estos días con Omar Palermo, integrante de la Suprema Corte de Justicia de Mendoza.Palermo es uno de los jueces más influyentes de ese tribunal, a quien el presidente de ese cuerpo le ha otorgado una licencia de medio año para irse becado a Alemania a hacer un posgrado. ¿A quién le importa?Hasta hace un tiempo los magistrados consideraban que ellos no debían dar cuenta ante la sociedad de sus ausencias, ni de sus licencias, ni de sus fallos, ni de nada. Nadie debía enterarse que había jueces que trabajaban de martes a jueves. O de que no se aparecían por las tardes en sus despachos. Ni de que había fiscales viajeras que se hacían otorgar licencias por enfermedad para poder irse de vacaciones a alguna playa paradisíaca.¿Por qué? Porque ellos estiman en el fondo de sus almas -aunque no lo dicen porque saben que es un disparate- que no son empleados públicos. No se ven como servidores públicos. ¡Ellos son usías, joder!El frío del mármolSe ven como semidioses de ocasión. Pareciera que desde que fueron ungidos como jueces les ha empezado a crecer una base de mármol desde los pies que, con el correr de los años los transforma en estatuas vivientes, como las de la Peatonal, esas que no hablan pero que despiertan admiración y respeto.Un funcionario que tiene en sus manos decidir sobre la libertad de las personas, el bien más importante del que goza una persona en una república, tiene que poseer un don de ubicuidad muy especial para no caer en esa estupidez supina de creerse superior.O para aceptar que a esta altura de los tiempos ya es una antigüedad defender con uñas y dientes que ellos no tienen que pagar impuestos porque eso les modifica la intangibilidad del sueldo. El Viejo Vizcacha dixitDesde los comienzos de los tiempos institucionales muchos de ellos vienen haciendo uso y abuso de las prerrogativas que se les fijó para asegurarles la independencia necesaria para juzgar sin presiones.La base de esa forma de actuar está en que desde siempre el Poder Judicial ha sido el menos controlado de los tres poderes en que está dividida la administración de la república.Gobernadores, ministros y legisladores están en la picota todo el tiempo. Y así es como debe ser en una república transparente.Los jueces, no. Ya José Hernández lo planteó en el Martín Fierro cuando le hizo decir al Viejo Vizcacha que siempre hay que hacerse amigo del juez, para no darle motivos de queja. Esto es: desde hace siglos arrastramos el atavismo de que con los jueces no hay que meterse nunca.En síntesisPero las cosas están cambiando a una velocidad que asusta. Y así como la revolución de las mujeres está poniendo patas para arriba una serie de verdades supuestamente reveladas, también la Justicia está dejando de ser esa burbuja en la que los jueces podían hacer lo que se les cantara porque se sabían impunes a los ojos de la gilada.Con ese telón de fondo hay que leer la batahola política que se ha armado con la licencia extra large que ha obtenido Omar Palermo.Palermo integra la Sala Penal de la Corte. Una sala que siempre está en deuda con la sociedad porque no lleva la pila de casos al día. No resuelve como debiera en cuanto a eficiencia.¿Es lógico, entonces, premiar a Palermo con tal cantidad de meses de licencia cuando primero tendría que aportar para que la Sala Penal fuera un ejemplo de eficiencia? ¿Por qué tenemos que poner jueces subrogantes para que le saquen del fuego las papas que tendría que haber sacado él?Además, si un jurista llega a la Corte ¿no debemos suponer que lo han elegido porque ya ha hecho todos los posgrados habidos y por haber y que se tiene que poner de cabeza a hacer su trabajo?La Justicia, y Palermo lo sabe bien, está mal conceptuada por la sociedad. El prestigio de ese poder del Estado está por el piso. A la misma altura que los gremialistas corruptos. Así las cosas, ninguna beca prestigiosa hará mejorar eso.