A Fondo Domingo, 7 de enero de 2018

El aserrín y el pan rallado son cosas muy distintas

Una cosa es el grafitero furtivo que enchastra escuelas. Otra muy distinta el muralista que fija un concepto artístico en la calle

Haga la prueba. Trate de caminar por la calle Gutiérrez, de Ciudad, entre Mitre y Patricias.Allí está, ocupando toda una cuadra, un enorme edificio que contiene, por un lado, una de las más tradicionales escuelas primarias de Mendoza, la Patricias Mendocinas; y por el otro, el jardín de infantes Merceditas.Buena parte de esas fachadas han sufrido la ominosa fiebre del enchastre. El pintarrajeo, las inscripciones superpuestas, las consignas políticas y sociales, el pegoteo de afiches unos sobre otros, toda esa mugre ofrece la sensación de que en realidad han querido atacar con saña ese edificio.Pareciera como que allí estuviera algún tipo de enemigo al que hay que fustigar, y no niñas y chicos recibiendo instrucción pública.PreguntontasEn realidad cientos de escuelas de toda la provincia, en particular las estatales, sufren a diario esa ofensiva del vandalismo más troglodita, en el que también participan personas que van a marchas y reclamos. Gente que -uno supone- está concientizada en la defensa de los bienes del Estado.¿Puede entenderse que personas que salen en defensa de sus derechos cívicos y políticos termine enchastrando edificios públicos que pagamos entre todos? Y no cualquier edificio público, sino escuelas donde no hay políticos ni funcionarios para cuestionar sino maestras y niños.Fíjese, lector, en la foto de abajo de esta página. Allí sobresalen pintadas hechas por quienes marcharon contra la violencia de género (Ni Una Menos) y por quienes militan en partidos de izquierda.La pregunta de rigor es: ¿no deberían ser las escuelas sitios privilegiados de la democracia a las que la civilidad les tendría que guardar un respeto republicano muy singular porque allí recibimos las primeras lecciones para ser ciudadanos?Le cuentoSi en este caso me demoro en la escuela Patricias es porque quiero contar algo que me llamó mucho la atención por lo contradictorio. Ocurre que luego de detenerme a observar el enchastre aludido, giré desde Gutiérrez hacia el sur por la calle Patricias Mendocinas y allí me hallé ante algo que también me obligó a detenerme y a fijar la vista.Esta vez fue gratamente. Y lo que vi me sirvió para compensar la bronca anterior.Entre Gutiérrez y Espejo, en una de las paredes laterales del mismo colegio, que en esa zona tiene dos pisos, hay un mural que es imposible dejar de ver.Si usted se demora en la foto de arriba de esta columna y repara en la persona que camina abajo a la izquierda podrá tener una idea de las dimensiones de este trabajo.Como usted observará, en el caso del mural se trata de una obra artística.Algo que fue pensado para sorprender al peatón, hacerlo detener y disfrutar de una creación.Arte callejero, intervención urbana, muralismo, grafiti. Llámelo como quiera. Lo irrefutable es que se trata de un acierto.La obra está firmada por Planeta Cees y quien está detrás de esa rúbrica es un artista singular llamado Natalio García. Quien conoce sus trazos recordará rápidamente que hay numerosas paredes y esquinas de Ciudad y del Gran Mendoza que están intervenidas por este creativo.Jodamos al tipoLa diferencia entre los que enchastran con cualquier pavada las paredes de escuelas, edificios públicos y casas particulares, creyendo que eso es una forma de ser antisistema, y los que utilizan un concepto artístico, es como la que hay entre el aserrín y el pan rallado.Por lo general el grafitero furtivo y escasamente creativo lo que trata de hacer es molestar mediante el daño y el vandalismo. "¡Ah, nada como pintarrajearle el frente de la casa al gil ese que acaba de pintarla con esfuerzo. Le cagué la existencia. Soy un anarco del año uno!", parecen decir.Si te agarraran Kropotkin o Bakunin, te meterían una patada en el traste, diría yo.Telón Está claro que los buenos artistas son por lo general provocadores. Pero en su caso la provocación tiene un norte preciso: hacer pensar o reflexionar sobre los valores establecidos. O tratar de establecer otros parámetros para ver el arte y la vida. Decididamente no es el caso de los enchastradores. Y menos de los que se dedican a ensuciar y denigrar las escuelas públicas.Sí es el caso, en cambio, de los buenos muralistas.

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