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domingo 11 de febrero de 2018

Disfruta de la música, la abogacía y la cocina con la misma pasión

De niño, Rogelio Javier Figueroa, hijo de un hotelero y gastronómico con quien compartía su nombre de pila, además de la pasión por la buena música y la buena comida, aprendió a andar en bicicleta. No lo hizo ni en un parque ni en la vereda de su casa. Aprendió en el salón de un gran hotel, en Chilecito, La Rioja. Allí pasó toda su infancia, junto a su hermano –el reconocido Julio Paíto Figueroa– crecieron entre bombos y guitarras riojanas, y aunque nacieron en Mendoza, en esa ciudad de provincia norteña aprendieron a amar los géneros populares.

Si bien su primer enamoramiento fue con la música, con la misma intensidad abordó su carrera de Derecho y hace más de 20 años que ejerce como penalista. Sin embargo, en esta etapa de su vida ha podido desarrollar un sueño que tiene desde hace mucho tiempo: abrir su propio restorán, en el que él mismo cocina, pero además es, lo que se dice, un buen anfitrión: recibe a los comensales como si estuvieran en su propia casa.

De eso se trata el emprendimiento gastronómico Rogelio, que abordó junto con su mujer, Marcela Bravo, en un terreno que iba a ser parte de su casa pero que se convirtió en este restó en el que se ama la comida española, se valoran los detalles y se respiran arte y cultura.

–¿Cómo te definirías con respecto a todas tus facetas, la abogacía, la música, la gastronomía?
–Me defino como un apasionado. Siempre tuve clarísimo que quería ser abogado, desde los 12 o 13 años. La música fue, por otro lado, surgiendo.

–¿La incorporaste naturalmente como un lenguaje?
–Así es. Mi papá era baterista de jazz, lo hacía como un hobbie. Mi tío fue músico, guitarrista, compositor. Fue apareciendo la guitarra en la casa, el bombo. Todo lo relacionado con la música folclórica se desarrolló en mi infancia, en Chilecito, lugar al que aún sigo yendo, porque doy clases de Derecho Procesal Penal en la Facultad de Derecho de ese distrito.

–¿Te sentís más abocado a alguna de estas actividades más que a otras?
–Si yo pudiera hacerlas de manera intensiva a cada una de ellas sería millonario. Y de hecho no lo soy. Yo tengo un amor por la gente, por lo social y cultural, tan grande, que está por encima de lo económico. Construir este restorán me costó 25 años de trabajo. Un sacrificio enorme con tal de verlo así como lo ves, la gente viene y se va fascinada. Yo cocino, salgo y los recibo, y vuelvo a cocinar. Al rato vengo y me pongo a charlar con los clientes. Me preguntan alguna cosa, les recomiendo un vino. El mozo hace su trabajo, pero yo disfruto muchísimo de esto. En cuanto a mi profesión, la ejerzo como me gusta a mí, soy penalista, con lo cual no tengo una gran exigencia diaria.

–¿Creés que esta es la rama más intensa del derecho?
–Sí, la más intensa y la que a mí me fascina. Las otras especialidades son más rutinarias, más de ir todos los días a ver si el juez te firmó este escrito, si salió tal o cual oficio. El derecho penal es diferente, tiene otros tiempos, hay que hacer investigación, procurar las pruebas, principalmente. El derecho penal es el ejercicio de lo que uno piensa, de lo que uno sueña cuando estudia abogacía, la defensa y el ataque. Las demás ramas del derecho son más bien administrativas y me interesan menos. Siento un gran apego por la norma, soy un enamorado de la Constitución nacional, que es lo más triste que nos pasa a los argentinos.

–Los argentinos somos anómicos por naturaleza.
–A nadie le importa cumplir las normas, cada uno tiene su propia regla, su manual. Esto se traslada a la sociedad, desde los más altos espectros gubernamentales y judiciales.

–En el ámbito de la Justicia, ¿cómo se ve reflejado esto?
–Por ejemplo, yo tengo un gran padecimiento, mal que les pese a los fiscales, porque cada uno tiene su forma de trabajar. Entonces, vos llegás a una fiscalía y los expedientes se tramitan de una manera y llegás a otra, y es diferente. Ahora están más ordenados, ha habido un gran orden en este proceso nuevo, desde que la Procuración está a cargo del doctor (Alejandro) Gullé.

–¿Has tenido intenciones de hacer carrera dentro de la Justicia?
–Sí, pero creo que perdería lo que más aprecio en la vida.

–¿Y qué es eso que tanto apreciás?
–La libertad. La libertad de hacer lo que quiero, lo que me gusta. Yo mañana, tengo un dinero y me armo un bolso y me voy 20 días a España, a cocinar en el restorán de un amigo, o a hacer música, o a pasear.

–¿Y la pasión por la cocina cómo surgió?
–Desde siempre, mi papá era un gran cocinero, un gran lector. Se dedicaba a la hotelería, pero era un amante de la cultura. Un día cuando tenía 70 años le pregunté cuándo iba a viajar a Europa. No había viajado nunca y yo ya había viajado 9 veces. Le insistí. Él me dijo: "Yo conozco cada rincón de Europa por lo que he leído". Mi viejo me inculcó esas pasiones. Yo me crié dentro de la cocina de un hotel. Aprendí a andar en bicicleta en uno de sus grandes salones. Vivimos en Ushuaia, en Chilecito y en Las Leñas, acompañándolo a él.

–¿A tu madre no le gusta cocinar?
–Dice que no, pero cocina como los dioses. Nosotros, mi hermano y yo, nos criamos en una casa donde jamás se compró una lata de conserva, un frasco de duraznos al natural, una botella de salsa, ni una mermelada.

–Qué lindas eran las despensas de las casas de las abuelas...
–Todas las casas tenían una piecita donde ponían los dulces, los panes de membrillo, las jaleas. Todavía pasa así. En mi casa sigue pasando, yo sigo con la historia. En este restorán hay un postre que se llama "selección de dulces caseros regionales" que los hacemos nosotros. Los hace mi esposa, a quien se lo enseñó mi madre.

–Has recuperado las costumbres familiares que muchas veces se pierden.
–Seguimos una tradición de comer bien, de beber bien. Mi viejo alimentó esas cosas. Era un sibarita. Nunca nos sobró nada, pero hemos sido de disfrutar la vida.

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