A Fondo Domingo, 11 de marzo de 2018

Decencia educativa. La otredad como esencia formativa

Existen muchas maneras de abordar la problemática de la educación actual. Tantas como oportunidades de fracasar.

El desafío consiste en provocar cambios que acierten en la articulación social. Que la escuela conserve su carácter socializador y permanezca su condición de ámbito ideal adonde se forman de manera integral individuos, se forman como sujetos miembros inseparables de su comunidad.

Asignarle a la escuela roles que van mucho más allá de lo puramente instructivo, hoy es más necesario que nunca. Lo complejo del tema es quién le enseña a quién y qué. Y el interrogante que más debería inquietarnos, una vez que hayamos respondido los cómo y los por qué, es saber el para qué, cuál es el objetivo profundo que perseguimos obligando a los chicos para que no falten a clases.

Si nos atrevemos a deshacer la idílica construcción mental que solemos hacer de nuestro propio pasado, ese particular pretérito del cual recordamos cosas que jamás fueron, quizá podríamos aprender a aprender y de ese modo, estimular para que las niñas y niños de hoy se avengan a educarnos en la materia que mejor dominan, la realidad actual.

Dice un sabio adagio que nada es más atentatorio de los sistemas de jerarquía vertical que incumplir una amenaza. Sin embargo, somos reincidentes en el modelo y repetimos la receta como si hubiese sido alguna vez exitosa.

Aunque entendamos que es indispensable la educación formal, y que la asistencia regular y la disciplina son dos elementos inevitables en el proceso de aprendizaje, de ninguna manera podremos entusiasmarlos advirtiéndoles que no serán nadie en la vida y no llegarán a ninguna parte si no rinden eficientemente con los diseños curriculares, materias y conceptos demasiadas veces anacrónicos.

Prometer que conseguirán gran desempeño, por el hecho de sortear materias como si fuesen obstáculos, en vez de buscar métodos de transmisión idóneos, para que puedan asimilar los conocimientos y disfrutar de su dominio, es un mecanismo apto para la frustración y una invitación para la deserción.

Excepto se pretenda una manipulación eterna y un sometimiento salvaje, prometer un futuro peor que el presente es inadecuado e inconducente.

Si no es mentira al menos es inexacto que antes era mejor. Un dato indiscutible pone en duda y no sólo en nuestro país sino en el Planeta, la vigencia de los sistemas de enseñanza con aquél propósito pragmático y utilitario: educar para trabajar. Aquella idea promovida y alentada fuertemente desde la revolución industrial hoy perdió efecto. Ya el 50% de los empleos y trabajos en el mundo son ocupados por personas que jamás tuvieron una formación a tal fin.

Sin dudas el desarrollo de las habilidades guarda relación estrecha y directa con la formación académica de base, pero no es lineal. Como dato incontrastable y más que anecdótico de peligrosa contundencia, es saber que los imperios tecnológicos de hoy fueron pensados -y lo siguen siendo- por cerebros que no soportaron los esquemas rígidos y escasos de plasticidad que se imparten en las universidades. Esto no es casual ni la excepción de la regla. Sus consecuencias podemos observarlas ahora mismo. La incidencia que tiene en la comunidad mundial los aportes de Bill Gates, de Marcos Zuckerberg y del extinto Steve Jobs - ejemplos de quienes no se matricularon- supera cualquier especulación política desde la filosofía, incluida la idea kantiana.

Aunque sean muchos más, como síntesis, estos tres jinetes de caballo troyano, con o sin propósito, han desestabilizado inclusive a las ambiciosas religiones que siguen ofreciendo favores a cambio de sacrificios, y bendiciones eternas en reemplazo de placeres mundanos. Sus creaciones llegan a miles de millones de personas, quienes quedamos "ligados", sin un propósito trascendente, y el precio no supera al diezmo de cualquier templo.

Hay que incorporar en la educación, y especialmente en la escuela, sin hipócritas posturas vanguardistas y sin demagogias postmodernas, lo que la sociedad consume y produce. Pero esta inclusión de ninguna manera tiene que desplazar ni alterar el propósito fijado por la educación, sino al contrario, contribuir.

Una paradoja alarmante. En ninguna conceptualización educativa de finales del siglo XX y tampoco en la primera década del presente se incorporó a la televisión como asunto. Esa palabra devenida medio y tecnología que significa ver a la distancia, fue invisible en la construcción de los diseños educativos, siendo que desde hace al menos tres décadas, esos aparatos y los contenidos que alumbran las pantallas tienen presencia en la totalidad de los hogares, siguiendo estadísticas censales.

Cualquier pedagogo, docente, educador, y todo político podrá preguntarse ¿qué tiene que ver? Las respuestas abundan. Los promedios de consumo de televisión, sólo para mencionar a los chicos en edad escolar, superan por lo menos en un 30% al tiempo promedio de permanencia de esos mismos chicos en las aulas. La televisión, además, se consume de manera involuntaria, no se apaga ni deja de transmitir los feriados y en los períodos estivales e invernales, cuando los edificios educativos permanecen cerrados, la televisión incrementa su diálogo con esos chicos -y con los adultos, también-. Haberla desconocido como fenómeno que alcanza a todas las clases y estratos, que atraviesa a todos los hogares, incluidos los de los docentes, revela un divorcio inaceptable entre lo que se postula y lo que se elabora.

Un fenómeno de tal magnitud, para mal y para bien, educa. Y es dramático que no se diga. Es absurdo que no haya al menos un debate en las aulas sobre algo que, por decisión familiar o por imposición cultural, haya aportado más datos, palabras, estímulos e imágenes que cualquier pizarrón del mismísimo MIT. Y toda omisión, así como cada palabra, tiene un significado.

Quizá toda la demonización que se hizo de manera periférica sobre la televisión, como medio penetrante y hasta nocivo, sea la demostración más elocuente de la hegemonía de la ignorancia. Y de la mezquindad de pensamiento que podríamos revertir.

Lo que ocurrió con la televisión, esto de no verla, es lo que está sucediendo hoy con los sistemas de internet a través de distintos dispositivos. Pantallas. O sea, una pantalla que pretende ocultar la profusión inconmensurable de pantallas. Acceso a información y datos que si no son orientados con un propósito, quedan relegados a pasatiempos que además no son pasajeros porque incentivan adicciones. Incorporar el tema de navegar en internet, de celulares, o a través de otros aparatos, no necesariamente significa que deban utilizarse en clase. Seguramente al revés, lo más gravitante y formativo sería enseñar de qué manera se puede evitar el uso, y la conveniencia de usarlos con finalidades menos pueriles. Tan auspicioso como que en las escuelas deberían alentar más el uso del pensamiento como el mejor de los entretenimientos, cuestión que las herramientas sean tales y no nosotros herramientas de los inventores y fabricantes de las mismas.

Un estudio reciente del Colegio Nacional de Ópticos-Optometristas señala que en 2020 el 33% de los adolescentes padecerá de miopía. Sindican como responsables a las pantallas. Miope es la actitud entonces de autoridades que no realizan lo necesario para impedir esto.

Responsabilizar a los aparatos por los daños, por las conductas inadecuadas, por el bajo rendimiento de alumnas y alumnos, así como insistir ante el fracaso con la resignación y dar como respuesta cliché "es una cuestión cultural", pone en evidencia la pobreza intelectual que padecemos.

Es la cultura precisamente lo que los humanos construimos y alteramos. Es modificar la escala moral y no abdicar ante el conflicto ni la adversidad. De eso se trata.

De ninguna manera se precisa una revolución. Ni propuestas de cambios que de tan magnánimos jamás se cumplen. Hay que leer lo que la sociedad demanda y sumar comprensiva e inteligentemente lo que está afuera de la escuela y necesita de la interpretación educativa.

Para concluir: una moción, un pedido minúsculo. Existe en nuestro sistema educativo, desde las salitas de 4 , una indicación que presumo inocente por su intención original, pero que será altamente perjudicial para el aparato cognitivo de las criaturas. Cuando alguno de esos alumnitos defecciona, comete una imprudencia o tiene mal trato para con algún compañerito o compañerita, la señorita, la maestra de ocasión le dice: vaya al rincón a pensar. Esto establece una analogía bien perjudicial en nuestro actual mundo digital: pensar es un castigo. Toda una definición. Un mensaje que en poco colabora. La reflexión, deberíamos haberlo aprendido, tampoco es un acto meramente introspectivo e individual.

Tampoco mirar la pared aporta demasiado al conocimiento excepto pretenda seguir ingeniería civil. Y aún no se descubre mejor mecanismo de aprendizaje que el de jugar. Educar, una obligación ineludible que requiere hacerse con afecto y en sociedad.