A Fondo Domingo, 26 de agosto de 2018

Bancar los trapos, más penoso que ver Netflix

Grietas externas e internas. La asombrosa trama de la corrupción divide a la sociedad argentina. Pero también al peronismo.

A todos, sin excepción, nos gustaría que la vasta, interminable, serie de crisis, agrietamientos y desencuentros que define y representa a la Argentina fuera una película de ficción.

De comedia, terror, ciencia ficción o policial negro. Pero ficción. Algo inventado por un genio como Spielberg en la fábrica de sueños.

Pero no. Lamentablemente. Cada vez que volvemos a abrir los ojos tras un breve intervalo de reposo, ahí está, frente a nosotros, la descarnada silueta del país real.

Un país que duele por los cuatro costados. Deshilachado. Fallido.

Días atrás, tras leer esta misma columna que describía la grieta mendocina en torno a la figura pública de Abel Albino, un destacado pediatra de nuestro medio, Richard Diumenjo, aportó su particular visión.

"Coincido con algunas cosas -le escribió el facultativo al arriba firmante en Instagram-, pero creo que el elemento central es más profundo que la grieta entre personas conocidas o su pensamiento.

"La grieta central -continuaba Diumenjo- es si el Estado va a tomar decisiones en función de la realidad (en este caso, la salud pública) o en función de las corporaciones que siempre condicionaron: militar, económica, sindical o eclesiástica. La verdadera grieta es entre avanzar o retroceder, entre reconocer los problemas o esconderlos, entre ser equitativos o no, entre abrir oportunidades a todos o a algunos, entre combatir todo tipo de corrupción o a algún tipo"...

La lista es interminable, concluye el pediatra, que es muy buen lector. Bienvenido el debate, pues.

Peronismo con grieta propia

Peronismo vs. antiperonismo es una grieta clásica de la modernidad nacional.

Descamisados contra gorilas.

Al mismo tiempo, con el correr de los años, el peronismo fue generando y alimentando su propia grieta interna. La masacre de Ezeiza, en 1973, con motivo del regreso de Perón, fue un momento culminante.

La herida, desde entonces, se achica o se agranda. Pero nunca suturó.

Hoy está, de nuevo, en carne viva. En el país. Y en Mendoza también.

Podríamos simbolizarla, aquí, haciendo una reducción brutal, en dos representantes: Omar Félix, diputado y presidente del PJ; y Anabel Fernández Sagasti, senadora.

Uno encarna el peronismo tradicional, de raíz histórica. Algunos lo llaman hoy "peronismo racional".

Fernández Sagasti es La Cámpora. Cristinismo duro y puro.

Unos, los primeros, apuntan a generar una dirigencia nueva, que transforme al PJ en una alternativa genuina al macrismo hoy jaqueado por la situación económico-social.

Los otros buscan retrotraer el país a la "década ganada" para que la gente, según palabras de la Jefa Espiritual, "vuelva a ser feliz".

Unos miran con cierto distanciamiento el tremebundo proceso anticorrupción en marcha. "Que Cristina se haga cargo de la parte que le toca", según les dijo a los militantes el salteño Juan Manuel Urtubey de paso por Mendoza.

Otros defienden a capa y espada, a ojos cerrados, al precio que sea, a CFK de los embates de la justicia.

Dos universos encontrados que buscarán un pacto acuciante para el próximo calendario electoral.

Aguantar los trapos, como sea

Con epicentro en la caliente sesión en el Senado para habilitar los allanamientos a las propiedades de Fernández de Kirchner solicitados por Claudio Bonadio, el cristinismo, más que desmontar la investigación con hechos y con información fidedigna, decidió apuntar contra los procedimientos del juez.

La propia Cristina había calificado, en un comunicado, el accionar de Bonadio como un "show montado alrededor de estos allanamientos sin fundamentos".

Lo contradictorio de esa línea de defensa es que, en vez de refutar las reglas del show mediático, las robustecieron. Fernández Sagasti acometió con su punzante "pueden seguir produciendo los contenidos que quieran en Comodoro Netflix", para bajarle el precio al magistrado.

Siguió Cristina con su histriónico monólogo de cuarenta y cinco minutos digno de Enrique Pinti donde largó su ya famoso "no me arrepiento de nada de lo que hice".

Y concluyó el capítulo con el abogado Carlos Beraldi toreándose con Bonadio, ante las cámaras, en pleno allanamiento. Una performance que envidiaría el mismísimo Saul Goldman de Better Call Saul.

Show completo a dos puntas.

El mayor problema para Fernández Sagasti y los demás defensores del argumento farandulero es que la trama corrupta que se destapó con los cuadernos está alejándose, minuto a minuto, de cualquier tipo de ficción. Se ha convertido en un asombroso y estremecedor reality show masivo que deja al desnudo a todo el entramado del poder nacional. Y cuyas derivaciones son imprevisibles. Incluso para el Gobierno.

Una lección en Netflix

Aun así, quedan lecciones en Netflix dignas de aprovechar.

En el capítulo 5 de la segunda temporada de The Crown, la excelente serie que relata la vida y obra de la reina de Inglaterra, se muestra a Isabel dando un discurso ante los obreros de una fábrica.

Su tono es anticuado, distante, soberbio, propio de un poder paternalista. La reacción popular, tras la crítica periodística de Lord Artrincham, es muy negativa.

La reina decide escucharlo. Artrincham le explica, entre otras cosas, que no corresponde escudarse en el subordinado que le escribió el discurso. Que no puede deslindar responsabilidades hacia abajo. Que ella es la cabeza del reino y que, mal que le pese, debe hacerse cargo.

Hasta Isabel entiende eso.

Para algo nos sirve Netflix.

Hacia el peronismo millennial

Lo más constructivo del 'otro' peronismo, que está en busca de nuevos rumbos para el movimiento, es apuntar a un fenómeno de síntesis. O sea, en mantener vivos y activos a los referentes históricos, pero incorporando los contenidos y la vibración de los nuevos tiempos.

Sin el aporte de este peronismo millennial, no ven un futuro posible. Ni deseable para ser una digna alternativa de poder en la Argentina.

Una preocupación es común a casi todos ellos, dadas las actuales circunstancias: hay que transparentar el sistema de financiamiento de los partidos políticos.

A nivel nacional, los referentes pueden ser Pichetto, Urtubey, Solá, Uñac, etcétera.

Acá, en Mendoza, seguirán pesando los intendentes y los indiscutidos caciques como Félix o Bermejo.

Pero deben injertarse, como un buen injerto viñatero, con otros dirigentes alternativos -ignotos, algunos- como Martín Lafalla, Guillermo Elizalde, Diego Maure, Pablo Carricondo, Alberto Sabatini... La lista es amplia, por fortuna para ellos.

Ninguno podría cotizar como galán de Netflix, HBO o Fox.

Tienen una misión más humilde por delante. Y más urgente.

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