viernes 15 de abril de 2016

Truman Capote, a sangre caliente

Se recuperan cuentos inéditos de un juvenil Capote, donde ya están presentes muchas de sus obsesiones

La publicación de escritos póstumos o inconclusos o novatos suele producir la felicidad económica de descendientes, acelerar la carrera de algún académico, estimular el comprensible morbo de fans completistas y,acaso, perturbar o complacer al fantasma del autor esté donde esté.

Pero a veces la maniobra está justificada. De haber respetado manifiestas (o por omisión) últimas voluntades y sólo concentrándonos en la literatura norteamericana, nos hubiésemos quedado sin piezas fundamentales como, la más cercana, «El rey pálido» de David Foster Wallace.

Dicho lo anterior, estas piezas tempranas de Truman Capote (1924-1984)no añaden gran cosa a la leyenda pero sí la reafirman. Hay que recordar la lúcida firmeza alcohólica y drogadicta con la que el responsable de «A sangre fría» –cerca del final, en prefacios y diálogos consigo mismo– insistía con que su precocidad a la hora de publicar el debutante «Otras voces, otros ámbitos» en 1948 no había sido más que otra y ya avanzada estación en un largo viaje que había iniciado a los ocho años de edad. De ahí que el valor de estas páginas primerizas resida en la manifestación clara de una voluntad y del convencimiento de alguien que se sentía, ya en la adolescencia, «un escritor consumado».

Aciertos y defectos

De su lectura queda claro que Capote aún no lo era; pero sí que ya sabía de dónde salía y a dónde quería llegar. Ya están presentes aquí obsesiones y paisajes que van de las sombras del gótico sureño o el pastiche más o menos gracioso («Terror en el pantano» es una suerte de Tom Sawyer como revisado por Carson McCullers) a los fulgores encandiladores de Manhattan. También, aciertos y defectos (la implacable mirada de los niños o de las mujeres como vehículo narrador así como una cierta torpeza muy de su tiempo cuando se trata de retratar con trazos casi de caricatura a los personajes «de color», así como cierta tendencia al melodrama fácil como en «Esto es para Jamie»); y momentos admirables como el criminal y doméstico «Almas gemelas» (donde dos amigas planean el asesinato de uno de sus maridos y anticipan mucho del clima dePatricia Highsmith) y «Miss Belle Rankin» o «Lucy» o «La tienda del molino», donde ya se aprecia el talento para perfilar toda una vida con las palabras justas y parece vislumbrarse el genio depurado del que acaso sería su mejor y definitivo libro: «Música para camaleones» (1980).

Estas piezas tempranas no añaden gran cosa a la leyenda, pero sí claramente la reafirman

Luego de todo esto vendría la muy interesante novela «Crucero de verano» y, enseguida, el pequeño huracán de voz aguda azotando las redacciones de «The New Yorker», «Story», «Harper's Bazaar», «Mademoiselle», «Harper's» y «Atlantic Monthly». Y una chica espiando el escaparate de Tiffany's. Y Marlon Brandosollozando. Y dos asesinos en fuga y en prisión.

Ahora, por favor, que alguien consiga lo que de verdad nos interesa: el hallazgo del manuscrito perdido y perfecto de «Plegarias atendidas». Algo me dice que –si es verdad que lo escribió y teniendo en cuenta, más allá de rumores, la sostenida ausencia de todo inédito de J. D. Salinger– nada le causaría más gracia al fantasma de Capote.

«Soy pequeño pero soy mayor», proclamaba el minúsculo Dill («alter ego» de Capote) en «Matar a un ruiseñor» de su primero amiguita y más tarde asistente Harper Lee por los campos de Kansas. Se sabe que Capote gustaba de «embellecer» la verdad, en especial la suya. Pero ahí no mentía. Y estos mayormente pequeños «Relatos tempranos» son la prueba incontestable de ello.

Fuente:

Más Leídas