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sábado 20 de agosto de 2016

Cuándo te empezó a gustar lo que te gusta

Mientras estabas en el vientre, recibiste un bombardeo de sabores de los alimentos que tu mamá comió.

Eran quizás parte de su dieta usual, o tal vez extraños y estrambóticos antojos.
El caso es que la investigación indica que esos sabores que probaste antes de nacer influyeron en al menos algunos de tus amores y odios más tempranos.

Nuestras lenguas reconocen al menos cinco sabores distintos -dulce, salado, ácido, amargo y umani- y posiblemente otros, como grasa y calcio.

Sin embargo, para realmente poder experimentar sabores, tenemos que poder olerlos: los humanos podemos distinguir al menos 10.000 aromas distintos.

Tus receptores del gusto y el olfato se conectaron al cerebro.

En este punto, eras un feto del tamaño de una uva. Tu rostro se estaba empezando a formar, así como algunas de las estructuras necesarias para saborear y olfatear.

En el lugar en el que ahora está tu lengua emergieron células gustativas diminutas.

Eran las que se desarrollarían de manera que pudieras detectar los cinco sabores principales.

Racimos de unas 50 a 100 de estas diminutas células se convertirían en papilas, y ya hay nervios conectándolas a "centros de sabor" en ciernes, en los que tu cerebro ahora reconoce los sabores.
Al mismo tiempo, tus receptores olfativos estaban apareciendo en tu nariz, que -en ese momento al menos- era miniatura, y estos también se conectaron a la parte de tu cerebro que procesa los diferentes olores.

El feto que fuiste fue creciendo dentro del vientre, acolchonado por el fluido amniótico.

A las 12 semanas, empezaste a tomar tragos de ese líquido.

Al principio del embarazo, este fluido era poco más que agua y sales de la sangre de tu mamá, pero a los 3 meses de tu gestación, ya contenía sus proteínas, carbohidratos y grasas, así como sustancias químicas con el sabor de la comida que ella estaba ingiriendo.

Como tus células gustativas continuaron desarrollándose, empezaste a distinguir lo dulce de lo amargo.

Y seguiste tomando más y más fluido amniótico a lo largo de la gestión, hasta que llegaste a beberte hasta 750 mililitros al día.

Al principio de tu desarrollo, tus conductos nasales estaban bloqueados con tapones de células, pero en el segundo trimestre, se disolvieron.

Con los conductos abiertos, comenzaste a inhalar el fluido amniótico.

Tus receptores olfativos ya estaban lo suficientemente bien desarrollados para detectar esos químicos de sabor de la comida y pudiste empezar a diferenciar sus aromas.

Como ya podías distinguir sabores básicos, con esta nueva habilidad empezaste a tener una idea más completa de otros sabores más complejos dentro del vientre.

Y no los olvidaste.

Incluso después del parto, tú y todos los bebés voltean la cabeza en la dirección del olor del líquido amniótico de su madre.

Aún no sabes a qué saben las lágrimas.

¡Naciste!

Cuando llegaste a la recta final, ya tenías la capacidad de saborear y oler varios sabores. Pero eso sólo era el principio.

Tu sentido del gusto siguió evolucionando.

Aunque ya podías discernir entre los tonos dulce, amargo, ácido y umami al nacer, te tomó unos meses más detectar lo salado.

Y, así como el fluido amniótico en el vientre, la leche de tu mamá te ofreció nuevas experiencias sensoriales, pues también llevaba el sabor de lo que ella estaba comiendo.

Cuando eras bebé, tu boca contenía unas 30.000 papilas gustativas, lo máximo que tuviste.

Para cuando llegaste a ser adulto, sólo te quedaban unas 10.000, que seguirán muriendo a medida que envejeces.

Fuente: BBC
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