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martes 10 de mayo de 2016

Un casco y peritajes darán luz al crimen de Gustavo Pelegrina

Arranca el juicio por el asesinato ocurrió en Guaymallén en 2013. La víctima habría sido baleado por un barra de Argentino.

Un casco, los peritajes con equipos de alta teconología sobre un bombo, una escucha telefónica y los dichos de decenas testigos serán la clave para revelar quién fue el asesino de Gustavo Pelegrina.

Este martes arrancará el juicio oral y público en la Sexta Cámara del Crimen que definirá la suerte de los dos principales acusados.

Uno es Jonathan el Moco Araya, de 20 años, imputado por homicidio agravado por el uso de arma de fuego y –la novedad para este caso puntual– por el uso de la violencia en espectáculos deportivos.

El otro es un menor de edad al momento del crimen, apodado Ardilla, quien está acusado de participación criminal en el homicidio.

El asesinato de Pelegrina provocó una profunda conmoción e indignación social en plena semana de fiestas navideñas.

Con ellos, otros cuatro acusados enfrentan la imputación de lesiones graves en riña.

Gustavo Pelegrina, de 29 años, murió la noche del 26 de diciembre de 2013 cuando huía de una horda de barrabravas de Atlético Argentino que atacaron premeditada y organizadamente en la cancha del Poliguay (donde se disputaba una final de fútbol sala) a un puñado de barras de Independiente Rivadavia para ir a quitarles los bombos y una bandera.

Ni siquiera Independiente ni Argentino disputaban esa final. Nada tenían que ver con los equipos que la jugaban. Los de la barra de la Lepra habían ido a "prestar" un servicio de hinchada y los del Boli decidieron ir a marcarles el territorio que consideraban propio.

Pelegrina era esa noche apenas un espectador que nada tenía que ver con los involucrados, que como muchos otros hombres, mujeres y niños atinó a huir hacia la playa de estacionamiento para resguardar su seguridad cuando los barras del Boli abriendo fuego a punta d pistola.

En la huida quedó en el blanco de persecución de los barras del Atlético Argentino y fue ejecutado con un tiro en la cabeza.

Sin embargo, al asesino nadie le vio la cara porque llevaba puesto un casco negro como muchos de los barras de Argentino que llegaron en moto y atacaron el lugar.

Por eso, las pruebas recolectadas serán cruciales, en uno de los casos más difíciles de investigar, esclarecer y juzgar que se le ha presentado a la Justicia mendocina.

Las pruebas obtenidas por el fiscal Daniel Carniello son de peso pero las dudas sobre la autoría que pueda plantear la defensa de los acusados por el homicidio no deberán subestimarse.

Aquella noche los barras de Argentino sembraron el terror en pleno partido. Fueron a buscar al minúsculo grupo de hinchas de la Lepra a la tribuna y a punta de pistola quisieron quitarles los bombos.

Lejos de amedrentarlos, con las armas causaron mayor pánico, corridas y cuando fueron gatilladas al aire, desataron el descontrol total.

Puestas a investigar, la fiscalía y la policía recibieron un testimonio repetido: que el hombre que le disparó a Pelegrina tenía un casco negro, una pistola plateada 9 milímetros y que previamente al homicidio había forcejeado y le había apuntado a un hincha de la Lepra que tenía uno de los bombos; este lo había golpeado con el bombo en el casco, haciéndolo caer en el piso.

Luego el del bombo había huido corriendo, mientras el homicida lo persiguió arma en mano. Cuando llegó a la pista de atletismo, donde estaban estacionados los autos, lo perdió de vista y disparó sin más, asesinando a Pelegrina, que no tenía que ver con el bombo y sólo trataba de llegar al auto de un amigo.

Días después, la policía, que ya tenía dos sospechos a partir de los testimonios de los otros hinchas de Argentino que habían participado del ataque, allanó la casa del principal imputado y le secuestró dos cascos negros.

Una pericia con el microscopio electrónico de barrido de última generación que tiene el Cuerpo Médico Forense permitió descubrir diminutos rastros azules en los cascos: era la pintura azul del bombo del hincha de la Lepra que quedó allí cuando éste se defendió con el instrumento de quien armado lo amenazaba previo al crimen. Así fue como se probó que los cascos habían sido usados en el hecho.

No obstante, los detectives se enfrentaron con un obstáculo: el hoy principal imputado y su familia señalaron a su cuñado, el Ardilla, un menor de edad, como el autor del asesinato .

Sin reconocer la autoría, el Ardilla hizo una declaración con algunas contradicciones ante el fiscal que al parecer lo comprometían.

Pero una escucha telefónica reveló, según el análisis de su contenido por la fiscalía, que la madre del actual acusado presionaba al Ardilla para que éste se hiciera cargo del crimen y que el menor se negaba a reconocerlo por completo.

Como si fuera poco, el Moco se desvinculó del asesinato pero admitió que había estado en la puerta del Poliguay cuando ocurrió el crimen, dando dos versiones diferentes.

Uno de los miembros de la hinchada dijo que el Moco tenía casco negro y el Ardilla un casco rojo y ambos estaban armados. Otros testigos también hablaron del casco rojo, pero dijeron que el asesino fue el del casco negro.
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