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miércoles 20 de abril de 2016

Preocupa el aumento de robos en una zona de fincas de San Martín

Antonio Pizzolotto, albañil y sereno, ha sido víctima de la delincuencia varias veces en poco tiempo. Ayer se llevaron hasta el hierro para las columnas de una casa

"No soy de acá", dice, como si Beltrán quedara en otra galaxia, muy lejos de San Martín. Antonio tiene 58 años y las manos ásperas. "Apenas estoy hace dos meses", cuenta. Con cierto orgullo dice: "Soy el encargado de esta obra" y señala las paredes de ladrillos que llegan a la altura de la primera loza y que será, cuando esté terminada, "la casa de los patrones", de la finca Laguna.

El trabajo de Antonio Pizzolotto, albañil y sereno al mismo tiempo, ha sido complejo en esos meses. Esa complejidad no tiene que ver con la construcción, sino con la inseguridad. Han robado varias veces allí. Nada violento. Fueron hurtos cometidos por ladrones sin objetivo ni planes, que han salido corriendo cuando Antonio les ha pegado el grito.

Pero, a pesar de eso, han sido pérdidas importantes y, especialmente, complicaciones para el avance de la obra.

Dice que el lugar ha sido siempre objetivo de robos. Desde que está él no cuenta muchos, unos dos o tres en la obra, pero sostiene que en la historia del lugar ha habido "como 30".

La finca está cerca de la ciudad, pero en un lugar todavía solitario. Es en la calle Miguez, entre la ruta 7 y la ruta 50. Allá lejos, después de un gran descampado, se ve el parque Agnesi y el Centro de Congresos y Exposiciones. Atrás, hacia el este, está el barrio San Pedro, pero no se logra divisarlo desde aquí.
La finca Laguna son "unas 6 hectáreas", estima Antonio, de parrales de uva tinta, que este año dio buena cosecha.

Ayer de madrugada, algunos ladrones de poca monta entraron al predio y se llevaron materiales, algunas herramientas, una angarilla y alguna otra cosa que deberá ser inventariada.

Lo más absurdo de este robo fue que utilizando una gran pinza de cortar de Antonio, que también se llevaron, seccionaron al ras varios hierros del 9 (milímetros) y se llevaron lo que iban a ser las columnas de la casa, una vez que estuvieran encofradas y llenas de hormigón.

Antonio recuerda el hecho más grave. "Fue hace unas semanas, como a las 9 de la noche. Yo estaba volviendo acá en mi moto. Me agarraron unos tipos casi en el cruce de esta calle (Miguez) y ruta 50, me amenazaron y se llevaron la moto", cuenta.

Es un hombre de trabajo. De esos que, desde la nada, levanta un hogar. De esos que para ganarse el peso, son capaces de dejar unos meses a su familia para poder aprovechar la jornada, de sol a sol.

Habla suave. Parece más triste que indignado, como si estuviera luchando contra un profundo sentimiento que lo impulsa a abandonar todo. Pero al mismo tiempo, piensa en cómo seguir. "Hoy a la noche ya va a venir alguien que se quede toda la noche en la construcción", dice.

Antonio duerme en una casita que está cerca de la obra, modesta, muy sencilla, que oficia de depósito, obrador y vivienda provisoria para el albañil. El lugar podría ser un sitio pacífico, casi ideal, con pocos ruidos, casi soñado. Pero, en esta realidad, es un lugar demasiado solitario.
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