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sábado 29 de octubre de 2016

"No dudé: era él o mi familia y nos podrían haber matado a todos"

En la noche del jueves un grupo de ladrones asaltó a una familia de Guaymallén y el dueño de casa mató a uno. "Volvería a reaccionar así", aseguró.

La inseguridad ha llegado a un nivel en el cual muchos ya piensan que durante el hecho delictivo es la vida de unos o los otros, de las víctimas o los delincuentes. Hartos de las entraderas, asaltos y robos en los que las personas deben ver cómo sus familias quedan a merced de los malvivientes en su propia casa, cada vez son más los que deciden armarse y enfrentarse a los ladrones para salvaguardar a los suyos.

Esta semana en Buenos Aires un chico de 13 años abatió a un sujeto que con otros cómplices ingresaron a su vivienda tras reducir a su mamá, y el jueves en la noche una situación similar pasó a Mendoza. Esta vez un hombre en Guaymallén mató de un tiro a un joven que había entrado con una banda a su propiedad para robar. Los casos se suman y la inseguridad se torna cada vez más violenta.

Cerca de las 22, en una casa rodeada de fincas y cañaverales en calle Buena Nueva al 5000, en el distrito Colonia Segovia, una joven de 20 años regresaba a su domicilio luego de su jornada de trabajo. Abrió el portón para pasar con la camioneta Renault Kangoo, cuando en ese momento fue abordada por delincuentes que rápidamente la redujeron. Ella quedó tirada en el piso y un ladrón la apuntaba. Su reacción fue gritar y alertar a su familia para que no abrieran. Sin embargo el instinto de ayudarla los llevó a abrir la puerta. Allí los ladrones pasaron con la víctima y comenzaron a amenazar a la familia. Estaban los padres de la chica, un hermano y su sobrina, de 14 años. "Cuando escuché los gritos me imaginé lo que pasaba. Después vi que gatillaban y nos apuntaban a todos en el comedor. Ahí me fui a la habitación y uno de los tipos se me vino atrás", contó el dueño de casa, de 62 años, quien por seguridad pidió preservar su identidad.

El hombre quedó cara a cara en una habitación con uno de los ladrones y "no dudé: era él o mi familia y nos podrían haber matado a todos", aseguró. Tomó un rifle calibre 22 que tenía guardado y le disparó, impactando un proyectil en la cabeza. En otro sector del inmueble actuaban sus cómplices.

Habían entrado cuatro (al menos dos con sus rostros cubiertos) y uno esperaba afuera.

En un momento decidieron escapar luego de que una de las víctimas les diera algo más de $10.000 y cuando uno de los integrantes de la familia le dijo que ya habían llamado a la policía.

Cuando los malvivientes estaban afuera se dieron cuenta de que faltaba uno y quisieron entrar de nuevo, pero la puerta ya estaba trabada. A patadas rompieron una parte y por ahí mostraban sus armas, aunque no pudieron entrar y huyeron.

El ladrón herido agonizaba y al arribar la policía y una ambulancia ya estaba sin vida. El hombre que le disparó y su hijo lo habían atado a una silla por miedo a una represalia. A su lado había una pistola calibre 40, que Policía Científica peritará. Los primeros resultados dan cuenta de que estaría apta para disparar.

El fallecido fue identificado como Jorge Ricardo Araujo (24), un muchacho de Las Heras con antecedentes por robos agravados, resistencia a la autoridad y amenazas y lesiones agravadas por el uso de arma de fuego y por mediar violencia de género. Sus cómplices hasta ayer no habían sido detenidos. Un vecino contó que minutos antes del asalto se vio un auto extraño en la zona.

La decisión de armarse

El dueño de caso relató que hace un par de años con su familia vivió un hecho similar, cuando un delincuente le pegó un tiro en una axila en el interior de la propiedad. Actualmente tiene un proyectil alojado en esa zona y esa lesión le generó una parálisis en parte de su cuerpo que le impidió seguir trabajando como agricultor.

Este episodio lo marcó y lo llevó a tener un arma para una eventual próxima situación. "Hoy los ladrones no tienen códigos, te roban y te matan. No te podés arriesgar. Por mi familia hago todo y volvería a reaccionar así como lo hice ahora", aclaró.

Más allá de no arrepentirse de las consecuencias fatales de su accionar, confiesa tener miedo a represalias: "Me voy a tener que ir de mi casa después de 35 años. Estoy cansado de vivir encerrado, con el corazón en la boca. Esto no es vida. Acá todos los días escuchás robos de autos, bicicletas, tiros, de todo".
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