La mujer que se transformó en la sombra de los asesinos de su hija

Esta es la historia de lucha y supervivencia de la madre de María José Coni, ultimada junto con Marina Menegazzo en Ecuador. Del estupor inicial a la doble condena a 40 años de cárcel el miércoles


Sebastián Salas
Enviado especial a Ecuador

La mirada firme y penetrante. A su izquierda, un representante de la Justicia está leyendo un texto. Se trata nada más y nada menos que la sentencia por el asesinato de su hija. Pero Gladys Steffani continúa mirando al frente. Ahí están los acusados, que en cuestión de segundos se convertirán legalmente en asesinos. Ellos no se animan a levantar la mirada.

La mujer de 62 años se convirtió en un estandarte durante el último tiempo. Mañana se cumplirán seis meses desde que María José Coni (22) y Marina Menegazzo (21) fueron asesinadas brutalmente en la localidad de Montañita, un balneario ecuatoriano que hasta fines de febrero era uno de los centros del turismo joven y alternativo en América Latina.

Desde entonces, la voz de Gladys se replicó en innumerables canales de televisión, estudios de radio y páginas de diarios. "Al principio de todo me dijeron: nunca dejés de atender los medios, sea donde sea", asegura. Lamentablemente se encontró con el mundo por delante, pero supo manejarlo. Con paciencia habló cada vez que la necesitaron y mantuvo viva la llama de la justicia.

Meses de investigación y más de 200 pruebas pasaron, pero ella se mantuvo firme, liderando junto con los familiares de Marina el pedido de justicia. "Jamás lo hablé, se dio así. Creo que hubo dos momentos en los que realmente me quebré: en la conferencia y en la marcha que se realizó en Montañita. Pero después no. Incluso en la morgue tenía ganas de patear a todo el mundo", recuerda.

"En un primer momento tuve todas las dudas sobre estas dos personas, desde que me presentaron esas caras", recuerda Steffani. Los días después de enterarse del hecho, ella viajó con otros familiares a la comuna de Montañita y comenzaron una investigación paralela a la versión oficial que sostenían las autoridades ecuatorianas.

Sin embargo, todo fue cambiando desde ese punto hasta conocerse la llegada del juicio. "Vine para la reconstrucción, la he visto totalmente, y ahí sí sumando los testimonios y las contradicciones da realmente para creer que ellos fueron los asesinos que nos han causado tanto dolor. Esa tortura que nunca voy a sacarme de mi cabeza".

"Siempre tenía fuerza y teníamos que llegar a esto que llegamos", dice con referencia a la máxima pena –40 años de prisión– que recibieron Segundo Ponce Mina (34) y Aurelio Rojo Rodríguez (39).
Gladys produce admiración. Recibe mensajes de todo el mundo. Mendoza, Buenos Aires, Ecuador, España. Su lucha incansable ha sido seguida por varias personas: "No sé de dónde he sacado fuerzas. Desde aquel 26 de febrero que empezó todo hasta el 28 que nos dieron la noticia".
Pero la madre de Majo no baja los brazos y remarca su espíritu que busca la verdad: "Voy a seguir con esto. Le juré a mi hija que no iba a parar hasta que tengamos a todos. No es consuelo, pero por lo menos que se haga justicia".

Etapa crucial
El martes y miércoles de la semana pasada fue clave para Gladys Steffani. El primero de esos días se enfrento por primera vez cara a cara con los asesinos de su hija. Si bien ya los podía haber visto personalmente durante la reconstrucción que se realizó a fines de abril, nunca había estado cara a cara.

Pocos metros separan el banquillo de acusados con el escritorio donde está sentada la parte querellante dentro del recinto en la sala de la Corte Provincial de Santa Elena. "Yo quería que estuviesen ahí presentes para que vieran realmente lo que son esas personas. El cinismo que tienen. Les clavaba la mirada y no les hacía absolutamente nada. Tuvieron la desfachatez de pedir perdón a las familias. En ese momento se me iban las manos pero me tenía que contener", asevera.

El miércoles fue el día de la sentencia. El punto final de un proceso que comenzó hace seis meses. El haz de luz para continuar investigando. "Siento un poco más de paz. Ahora puedo empezar a hacer el duelo que no he hecho. Estoy conforme con la pena", asegura pero inmediatamente remarca que "tengo fuerza para seguir con la segunda investigación. Hablé con la fiscal –María Coloma– y voy a ir a ver el expediente y a retirar las cosas que quiera llevarme de María José", dice con referencia a los elementos personales de su hija que hasta entonces estuvieron resguardados como evidencia dentro del proceso judicial.

Pese a su carácter fuerte, que la llevó a tener ese liderazgo luchador en busca de que su hija descanse en paz, Gladys mantuvo la compostura los siete días que se realizó el debate oral y público. Sí golpeó una mesa cuando uno de los abogados defensores intentó consultar a una perito si las víctimas consumían estupefacientes, pregunta que fue anulada inmediatamente por los jueces. Pero, fuera de este pequeño incidente, se mostró atenta y colaboradora con sus abogados representantes durante el proceso.

"Ahora resta empezar a aprender día a día a vivir con el dolor y sin tener a Majo en casa. Es algo que sé que nos va a costar a las familias pero tenemos que aprender", concluye desde el hotel en la ciudad de Salinas, lugar de donde se va, pero se siente obligada a volver. Todavía hay gente libre que asesinó a su hija y la piensa encontrar.

Soportar tanto dolor con entereza y valentía
El 22 de febrero, las familias Coni y Menegazzo recibieron los últimos mensajes de voz de WhatsApp de sus hijas. Cuatro días después debían regresar a Mendoza tras un viaje que habían comenzado en enero. El sábado 26, los familiares radicaron la denuncia por las desapariciones. Los cuerpos ya habían sido encontrados días antes, pero ellos aún no se enteraban.

El lunes siguiente, en horas de la noche, Gladys Steffani viajó a Ecuador para interiorizarse del caso. Desde entonces, la mujer ya vaticinaba: "No vamos a parar hasta que esto se haya esclarecido".
Aunque Segundo Ponce Mina y Aurelio Rodríguez ya habían sido detenidos y les habían dictado la prisión preventiva, un manto de sospechas cubría el hecho. Twitter fue la red social por la cual las autoridades ecuatorianas afirmaban, con bombos y platillos, que se estaba frente a los asesinos, pese que todavía no había condena judicial. Gladys comenzó a recorrer la comuna de Montañita en una investigación paralela para reconstruir los últimos pasos de Majo y Marina. Entrevistó a la dueña del hostel donde estuvieron alojadas y a las comerciantes que las vieron vivas por última vez.

La mujer ponía en duda la autoría de los dos detenidos, creía que eran "perejiles" y apuntaba a un caso de trata de mujeres. "A mí nadie me va a prohibir que ingrese donde encontraron un cuerpo mutilado", dijo cuando ingresaba a la casa de Ponce Mina, la cual estaba acordonada. "Si no paro y me mantengo así es por la vida de mi hija", aseveraba ante los medios en los primeros días de marzo.

El 7 de ese mes, la madre de María José se ofreció para que le realizaran una extracción de sangre y se cotejara con el ADN de los cuerpos encontrados. De todas formas, ella ya había reconocido los cuerpos en la morgue: "Apenas la toqué me di cuenta de que era mi hija", recuerda. Dos días después, los peritos confirmaron oficialmente que se trataba de Majo. Esa misma jornada, Gladys mantuvo una reunión con el reciente embajador argentino en Ecuador, el cordobés Luis Juez.

El 16 de marzo, Gladys junto con los hermanos de Marina y los abogados querellantes, Hernán Ulloa y Osiris Sánchez, dieron una conferencia de prensa en Ecuador. Pidieron perdón a los ciudadanos ecuatorianos porque "en algún momento –dijo ella– los traté mal". Dos días después, la comuna de Montañita realizó una marcha en esa localidad donde participaron los familiares. La emotiva manifestación fue una caminata con personas vestidas de blanco y una ceremonia en la playa.

Excluyendo el día en que se enteró del hecho y la sentencia ventilada el miércoles pasado, estos dos fueron los momentos más duros para la madre de María José Coni en estos seis meses.

El último día de marzo, Gladys regresó a Mendoza junto con los familiares de Marina: traían los cuerpos de las chicas. Pese a lo agotador del viaje por las extensas escalas, ese mismo día decidieron realizar el velatorio en una cochería ubicada en Ciudad. Un día después, Steffani le dio el último adiós a su hija en el cementerio parque de calle Boedo: "Estoy acá, firme", ratificó.

Ya en solitario, Gladys regresó a Ecuador el 24 de abril para participar en la reconstrucción en 3D, peritaje realizado por agentes colombianos que terminó siendo clave para la condena de Ponce Mina y el Rojo Rodríguez. El procedimiento duró cinco días y Steffani regresó a Mendoza. "Yo no podía entrar a los lugares. Ponce Mina me buscaba con la mirada todo el tiempo, como que me quería decir algo", recordó. Steffani se encontró con el informe final de esta diligencia recién cuando fue expuesto en el juicio oral.

El 31 de mayo, la fiscal María Coloma cerró la investigación y elevó la causa a juicio. Un día después, la madre de Majo se pronunció en contra porque querían indagar sobre la participación de otras personas. Sin embargo, con el tiempo logró entender que era lo más viable: un juicio contra los dos imputados y la apertura de una segunda investigación, que recién comienza.

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