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viernes 15 de abril de 2016

Después de 26 años la Justicia condenó a un cura por abuso sexual

Sebastián Cuattromo, cuyo caso fue uno de los que analizó la producción de En primera plana, película ganadora del Oscar, cuenta su lucha en esta entrevista

Hace poco más de dos semanas la Corte Suprema de Justicia de la Nación ratificó la condena a 12 años de prisión para el religioso Fernando Enrique Picciochi por corrupción de menores calificada y reiterada. La sentencia definitiva llegó a 26 años del abuso sexual que Sebastián Cuattromo (39) padeció mientras cursaba el 7º grado del colegio Marianista, de Caballito.

"El fallo llegó en un momento inmejorable", aseguró la víctima del ex cura, cuya historia no sólo quedará registrada en las fojas de una causa judicial. Es que su experiencia fue una de las rescatadas por la producción cinematográfica de la recientemente premiada En primera plana (Spotlight), que sacó a la luz casos de abusos sexuales perpetrados por sacerdotes católicos en todo el mundo. Los realizadores de esta película le hicieron varias entrevistas al argentino y hasta lo invitaron a asistir a Boston, en donde se realizó gran parte de la investigación en la que se basó el guión.

Pero su testimonio no sólo llegó a la gran pantalla sino que hoy recorre los rincones más recónditos del país a través del trabajo de difusión y capacitación que realiza el colectivo "Adultxs por los derechos de la infancia", que él coordina junto con su pareja, Silvia Piceda, y que mañana estará en San Martín, participando en la "Jornada de concientización sobre abuso sexual infantil y violencia de género". Diario UNO dialogó con él y te acerca su historia.

–El 29 de marzo la Corte ratificó la condena a Picciochi. ¿Cómo lo vivió?
–Con mucha alegría. Como un último gran triunfo en una lucha judicial y en un camino largo, complejo, duro pero que desde el 2012 empezó a tener sentido a nivel social. El fallo se dio en un momento en el que mi historia logró trascender lo individual para adquirir un sentido colectivo y me encontró como estoy, siendo un adulto que trata de que todo lo que sufrió sirva, pensando en los niños del presente y del futuro.

–¿Cómo fue el trayecto hasta esta condena?
–Durante 10 años no pude poner en palabras lo que me había pasado, ni pedir ayuda a ningún adulto, ni en ningún ámbito. Una de las injusticias básicas que tenemos que sufrir las víctimas de abuso sexual infantil es que es un delito que sobrellevamos sintiéndonos culpables, con autorrecriminación, vergüenza y confusión. Es un descomunal abuso de poder que un adulto perpetúa y tal la asimetría psicológica y emocional que imperaba en una cultura autoritaria que era poco propicio creer que podíamos expresarnos.

–¿Cambió ese contexto 26 años después?
–Las distintas luchas que las víctimas venimos llevando adelante en condiciones de adversidad se van haciendo sentir en la escena pública, en la agenda y en la conciencia colectiva y eso contribuye a ir generando cambios. Sin ir más lejos, en el Congreso se sancionó una modificación del Código Penal y a partir de ahora los plazos para investigar y sancionar este delito empiezan a correr en el momento en el que la víctima hace la denuncia. Si este tipo de cosas se van logrando es porque luchamos por hacernos visibles.

–¿Qué cambios aún hacen falta?
–Vamos mejorando, avanzando, pero el delito de abuso sexual es aún el más impune de todos. Los operadores judiciales tienen alto nivel de desconocimiento de lo que es el delito, cómo tratar con sus víctimas, cómo investigar y recolectar pruebas. Según estadísticas, sólo llega a conocimiento del Poder Judicial el 10% de los casos y sólo 1% termina en condena. Se ejercen prácticas revictimizantes. En donde más sucede este delito es en las propias familias y de todas las clases sociales. Es un delito que atraviesa transversalmente a toda la sociedad. Y hoy hay un arraigo de una mirada que en los hechos termina dañando a los niños partiendo de una concepción cerrada y equivocada de un supuesto concepto de familia que habría que defender a toda costa.

–¿Qué objetivos tienen como entidad?
–Tenemos dos tareas principales. Una es llevar nuestro testimonio y compartirlo de forma comunitaria en ámbitos de lo más variados, para contribuir a que la temática se instale a nivel colectivo. La otra gran tarea es el acompañamiento solidario a quienes han sufrido abusos o a quienes como adultos están luchando por defender a quienes han sido víctimas. Nuestra tarea es social, no profesional. De escucha empática y respetuosa.

–¿Qué opinión le merece que el Papa se haya pronunciado en contra de los curas pedófilos?
–Por un lado me genera esperanza. Celebramos y alentamos todos los gestos y decisiones de cambios de política que se puedan llevar adelante en esta materia porque es algo urgente e imprescindible. Más allá de que mi caso personal fue una mala experiencia, las luchas de las víctimas de todo el mundo han logrado con empecinamiento y obstinación que estas injusticias se hayan puesto en la agenda, que lleva a que, por convicción o conveniencia, hayan tenido que ver la luz. Estaría encantado y dispuesto a tener un encuentro con Francisco en nombre de la lucha colectiva que llevamos.

El caso
Tuvieron que pasar diez años para que Sebastián Cuattromo se decidiera a contar que cuando tenía 13 años el religioso Fernando Enrique Picciochi abusó sexualmente de él. Después de denunciarlo (2000), a este cura se lo procesó por corrupción de menores y se lo condenó a prisión preventiva pero se fugó y eso frenó la causa. Cuattromo no bajaría los brazos en la búsqueda de justicia que se había propuesto y él mismo dio siete años después con su abusador, que estaba viviendo con otra identidad en Estados Unidos. Luego de la extradición, se inició en 2012 el juicio oral y público, en el cual se lo sentenció a 12 años de prisión y hace apenas unas semanas la Corte Suprema de Justicia ratificó definitivamente la condena.

Mala experiencia con Bergoglio
En medio de la lucha, Cuattromo logró que el colegio Marianista tuviera que asumir la responsabilidad civil por lo sucedido, pero tuvo que enfrentarse a una pretensión de silenciarlo que le hicieron en el 2002.
Eso lo llevó a presentarse a la curia metropolitana, que en ese entonces lo tenía al frente a Jorge Mario Bergoglio (el hoy papa Francisco) para saber si ellos avalaban el accionar de esa institución.
La respuesta se la dio su secretario, el padre Martín García Aguirre, quien lo envió a la Vicaría de Flores, donde el cardenal Mario Poli de forma sutil –según comentó el denunciante– habría subestimado la gravedad de lo ocurrido.

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