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domingo 12 de junio de 2016

Seis meses, ¿no es nada?

En su primer medio año de gestión, Cambiemos ha mostrado su fortaleza institucional pero también sus debilidades sociales

Ningún gobierno desde 1983 se pareció a sus primeros seis meses de gestión. Pongamos algunos ejemplos gráficos pero sesgados. Raúl Alfonsín no pudo responder con su apego republicano a las expectativas socio económicas que nacieron con él en el regreso de la democracia. Carlos Menem titubeó en sus comienzos entre Bunge y Born y el peronismo social para concluir con el destrozo de la industria nacional. Néstor Kirchner comenzó con el diálogo y la transparencia de la Corte Suprema y concluyó con su esposa encerrada en sí misma y La Cámpora y defendiendo a Norberto Oyarbide. ¿Mauricio Macri seguirá el mismo derrotero?
Sí es seguro que los ciento ochenta días iniciales de una administración permiten marcar el tono de las prioridades de quien tiene el poder. En este aspecto, habría que decir que Cambiemos se ha demostrado como la posibilidad del recambio institucional a través de las urnas sin riesgo de zozobras democráticas, como un gobierno sin demasiados principios que no esté decidido a negociar y como una gestión con severa hipoacusia para explicar en dónde estamos y cómo se pone la piel social para ayudar a los que menos tienen.

Las instituciones
No es menor que la alianza del PRO haya conseguido llegar al poder. Ganarles a los oficialismos es siempre difícil. Y, mucho más, cuando por 12 años (seamos justos, al menos por 8) se concentró el poder, se derribaron los órganos institucionales de control y se pretendió monopolizar la opinión con medios propios o amigos y con desprecio o persecución de los críticos. El paroxismo de esta soberbia cuasi monárquica fue la frase de la entonces presidenta que sin pudor desafió con el "si no les gusta el modelo, armen un partido y ganen las elecciones". Su convicción de que eso era imposible fue cacheteada en las urnas. Su relato de menor pobreza que en Alemania o Canadá perdió aun cuando se pusieron todos los medios económicos a favor de su proyecto.
Hoy hay una mayoritaria convicción de que Macri debe seguir en el poder dentro de 4 años o irse de él sólo por el resultado de las urnas. ¿Que hay personajes siniestros que alientan una conclusión anticipada? Claro que sí. La propia gobernadora de Buenos Aires alertó ayer de que está dispuesta a usar la ley para los que pretendan aprovecharse de la situación de crisis social. En el Poder Ejecutivo miran con preocupación la actividad febril que nace del bastión K de La Matanza y de algunos movimientos sociales que se mueven con el lema "si es peor, mejor".

Los principios
Mauricio Macri no es un hombre de grandes postulados políticos innegociables. Volvamos a ejemplificar sin ser exhaustivos. Hizo una campaña proponiendo el retorno de la transparencia institucional ante un gobierno democrático que se iba dejando la concentración de poder jamás vista y en menos de 30 días usó el latigazo poco constitucional de proponer jueces de la Corte en comisión, nombró funcionarios amigos y otros a discreción sin un solo llamado a concurso que garantice la igualdad ante la ley. Hace poco tropezó con un proyecto de ley que sanciona a periodistas que difundan los nombres de los que evadieron impuestos y ahora blanquean y ratificó a un ministro que tiene acciones de la misma empresa que debe controlar. Ya se sabe que el cristinismo fue la más evidente expresión de ausencia de rendición de cuentas públicas e imposibilidad de acceso a la información pública. Por mucho de esto ganó las elecciones el PRO.
El Presidente se mueve más como un CEO de una empresa que como un mandatario de toda la ciudadanía. Un ejecutivo de una corporación tiene apenas un contrato de responsabilidad con los suyos, con los accionistas. Un jefe de Estado, lo tiene con todos. Con los que son sus partidarios y con el resto de los argentinos. Poco importa si a los militantes del PRO les hace ruido que su jefe tenga cuentas en Bahamas (hay que imaginarse el despido del contador que armó ese adefesio de declaración de bienes y que le aconsejó sostener una suma de dinero menor para la fortuna de Macri en un paraíso fiscal). Importa que la ley es para todos, incluido Macri, que merece dar cuentas de sus actos. No es relevante que Laura Alonso (una inteligente trabajadora de la política que nunca debió llegar al cargo de la oficina anticorrupción porque implica que controla a quien venera) suponga que los Panamá Papers son de escasa relevancia. Son los órganos de control los que deben analizarlo y no Elisa Carrió, una nueva instancia suprema de control constitucional creada por su sola presunción de infalibilidad.
Macri debería dejar de pensar en las reuniones de directorio de empresas privadas y acostumbrarse a las reglas de la cosa pública. ¿Que hay una abismal diferencia con la soberbia y oscuridad impenetrable del kirchnerismo? Sin dudas. ¿Que la corrupción sistemática basada en robar miles de millones de todos con amigos creados al efecto como por ejemplo Milagro Sala, Sergio Schoklender, Lázaro Báez o gobernadores eternos como en Formosa o Tucumán? Por supuesto. Hay que volver a decir que esas fueron algunas de las cosas que les permitieron ganas las elecciones del 10 de diciembre pasado. Para cambiarlas. Y para evitar que amigos y parientes del poder, aunque sean del partido amarillo, lleguen a manejar licitaciones del Estado.

La cuestión social
Es aquí en donde no se puede sino hacer el mayor achaque a la gestión actual. Cambiemos no ha mostrado hasta ahora tener sensibilidad social. Administró el poder desde una planilla de Excel prolija sin asomarse a la realidad mucho más desprolija y caliente. Es verdad que el traspaso del mandato fue casi como entregar una granada ya activada. El que se atreva a leer el "Estado del estado" (hay que juntar valor y acometer http://www.casarosada.gob.ar/elestadodelestado/) se dará cuenta de cómo quedó el país luego de 8 años de Cristina. Paréntesis: Qué pésimo modo del gobierno comunicar cómo recibió el gobierno con ese mamotreto ilegible, tedioso, poco didáctico y que jamás llegará al interés o al acceso de la mayoría de los ciudadanos.
Hay que también decir que nadie puede alegar su torpeza e invocar a esta altura de la noche que el país está en llamas. A eso se responde con: entonces no supieron diagnosticar antes de presentar como candidatos.
La salida del cepo y la renegociación con los buitres fueron muy exitosas. El traslado a precio de la devaluación, ingenuidad del gobierno que confió en los formadores de precios que se le rieron en la cara a Macri o falta de ejercicio del poder del Estado que no puede seguir creyendo en la mano invisible del mercado. El tarifazo es el ejemplo más contundente de "la falta de calle" de un gobierno. Reacomodar tarifas era necesario y justo. Hacerlo a los sopapos, a granel, sin discriminar en pudientes y ahogados por la crisis, un acto de cirugía de alta complejidad instrumentada por un matarife. Esto es grave porque, como se dijo, los primeros gestos de un gobierno moldean su concepción de fondo.
Las correcciones que sobrevinieron son loables en tanto y cuanto se pasó de un gobierno obcecado a uno que, al menos, parece escuchar. Las decisiones a favor de los monotributistas y trabajadores autónomos, los parias del sistema, las propuestas sobre la devolución del IVA o del recorte de una pequeña parte del Impuesto a las Ganancias y atender a los jubilados son buenas cosas. Sobre esto último, hay que decir que impacta leer a Cristina Fernández crisparse por el pago de la deuda a la clase pasiva. Es la misma que obligó a poner a un abogado al pobre jubilado que ganaba la mínima y esperar a que cumpla 85 años y padezca de cáncer para cobrar su legítimo haber. La desfachatez parece no tener límites.
Habrá que ver si estas idas y vueltas de Cambiemos son democráticas escuchas de opiniones diferentes o un gesto de apresuramiento e ignorancia de cómo funcionan las cosas. Macri quiere demostrar ejecutividad para no parecerse a Fernando de la Rúa. Para ello hay que saber de qué se trata porque gobernar no es una pasantía de perfeccionamiento sino la culminación de un proceso de aprendizaje previo llevado a la práctica.
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