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miércoles 08 de junio de 2016

La mágica experiencia de recorrer la torre del reloj

Se encuentra en Villa General Belgrano y para llegar a la cima hay que subir 98 escalones en caracol, que suman 23 metros de altura. Un gran atractivo del pueblo, además de sus festivales cerveceros.

El repique de campanas de la Torre del Reloj en Villa General Belgrano, en Córdoba, llama a turistas y locales a reunirse ante la pequeña puerta de ingreso, a la espera de comenzar un mágico recorrido que los internará en la historia del lugar, y les ofrecerá, desde el mirador, una vista privilegiada de esta localidad de estilo centroeuropeo enclavada en el cordobés Valle de Calamuchita.

Los 98 escalones en caracol de esta torre de 23 metros de altura, que lindera con el salón de convenciones -réplica de otros similares ubicados en ciudad alemana de Colonia-, no amilanan a los visitantes, que de a pequeños grupos, van subiendo al primero de los siete pisos en los que se divide la estructura.

El circuito autoguiado, con tres descansos, recibe al visitante con un cartel donde se cuenta la historia de esta localidad que cambió de nombre en tres oportunidades -primero se llamó Paraje El Sauce, luego Villa Calamuchita, y finalmente su actual denominación de Villa General Belgrano-, con la llegada de los inmigrantes y su proceso de integración con los serranos que ya habitaban la zona.

Los tres primeros pisos sirven de descanso antes de emprender la subida final hasta las alturas del mirador, y en cada uno de ellos, los afiches de la famosa Fiesta de la Cerveza, Octoberfest, desde la primera, en la década de los 70, hasta la del último año, decoran las desnudas paredes de la torre iluminadas por la luz natural que se filtra por los ventanales.

La muestra de los afiches, donde se puede reconocer como fue variando el diseño con el paso del tiempo, son una suerte de homenaje a la fiesta más popular de la villa y coincidieron -en la reapertura de la torre el pasado 23 de abril-, con la celebración de los 500 años de la Ley de la Pureza, que establecía que la cerveza sólo se podía elaborar a partir de tres ingredientes: agua, lúpulo, y cebada malteada, según lo dispuesto en 1516 por el rey bávaro, Guillermo IV, y que todavía se cumple en la Villa.

Al transitar los últimos escalones se deja adivinar una luz intensa que ilumina un impresionante mural que abarca todo el escenario: el piso, con una gran rosa de los vientos desplegada, y los cuatro pequeños balcones donde el artista pintó flores representativas de los habitantes de la lugar: el Ceibo y la Chinta (como locales), y el Edelweiss y la Ezian (en homenaje a los inmigrantes centroeuropeos).

"Jugué un poquito con la idea de los relojes y también con el movimiento que genera el tiempo, en esto del paso de las estaciones. También pensamos la idea de estar pintado el piso, con la rosa de los vientos, y poder ubicar a la persona que suba a la torre para que se direccione en función de las distintas vistas que hay, que varían además de acuerdo a los horarios", explicó el artista local, Héctor Dexamar, autor de la obra.

La suerte acompaña, y el sonar de las campanadas del reloj traído especialmente de Suiza, más precisamente del pueblo de Sigriswil, en el Cantón de Berna, ciudad hermanada con la Villa, hacen vibrar las fibras más íntimas de los visitantes en una suerte de hipnosis.

Una vez pasada la mágica experiencia, los turistas se van ubicando, uno tras otro, en el centro de la escena para poder admirar los cuatro puntos cardinales con sus diferentes vistas y paisajes.

Hacia el oeste, las sierras grandes en el límite del valle de Calamuchita, con las sierras chicas asomando por detrás, y el perfil majestuoso del Cerro Calchaquí de 2890 metros de altura, el más elevado de esa provincia.

Para el sur, uno de los laterales de la calle Roca, la principal de la localidad, el final de las sierras chicas, el embalse, y la localidad de Yacanto.

Girando hacia el este, el visitante se encuentra nuevamente con las envolventes sierras chicas, en cuyo semidesnudo faldeo salpica la vegetación autóctona, el cerro de la Virgen y el Pico Alemán,
Y acá es bueno hacer un impasse para conocer la historia de esa virgen, la del Valle, patrona del turismo, cuya imagen blanca reluce contra las sierras tal como fue concebida en 1988 tras una extraordinaria caída de piedras que cambió la edificación de las casas, a las que se permitió tener techos de chapa por la destrucción de miles de tejas.

Hacia el norte, otra vez la calle Roca, la plaza principal con el tradicional cartel del Octoberfest, y la otra grata sorpresa; el barómetro alemán que anuncia el buen y el mal tiempo según asomen el hombre o la mujer.

El atardecer va oscureciendo el recinto y es la hora de bajar, pero no por mucho tiempo, porque la idea es habilitar una visita guiada por las noches a un valor mínimo de $10 para mayores y $5 para menores, visita que dará otra perspectiva a los paisajes serranos.
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