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jueves 07 de julio de 2016

El Congreso de Tucumán desató pasiones inesperadas

Las mujeres que antes sólo iban a misa empezaron a concurrir a bailes que derivaron en romances y en duelos.

Por Gustavo Capone

Aquellos congresales que llegaron a San Miguel de Tucumán fueron, seguramente y hasta sin proponérselo, a sacudir la habitual rutina de un pueblo habituado a otros usos y costumbres. Tucumán no solo pasó a ser el centro de la escena política de todas las Provincias Unidas de Sudamérica, sino también fue la caja de resonancia, social y cultural de este costado de América.

No es de extrañar que prontamente empezaran a convivir los tradicionales ritos sociales lugareños con los que el protocolo y la camaradería imponían para atender y halagar a los ilustres visitantes de otros pagos.

Es que, además de los debates políticos, ya por aquellos tiempos, para estar cerca del poder no siempre era necesario contar con jefes de prensa, ni consultoras que midieran la imagen. En ocasiones –y el Congreso no fue la excepción– las posibilidades de acceso al poder y de mejorar el estatus social estaban dadas a través del "lobby" y la relación que brindaban estos encuentros.

La principal devoción hasta los tiempos del Congreso en Tucumán era la fiesta conmemorativa del patrono San Miguel. La ciudad se vestía de fiesta: se iluminaba la plaza y las calles con farolitos de papel. También estaba la devoción a la Virgen de La Merced, que se remonta a la fecha de la fundación del viejo Tucumán en Ibatin en 1565.

Pero el trascendente Congreso llevó más que la Independencia a Tucumán. Sacudió la vida de la provincia y así, aquella cotidianeidad de las mujeres, marcada por la religiosidad –misa diaria, novenas y todo tipo de actos de devoción– dio lugar además, a bailes, encuentros sociales, furtivas relaciones sentimentales y separaciones matrimoniales que terminaron, en ocasiones, en duelos entre los caballeros involucrados, que pretendían salvar su honor lastimado, por medio de las armas. En los habituales bailes durante los tiempos del Congreso, damas y caballeros danzaban al son de guitarras el pericón (importado de la Pampa Húmeda), el cielito y el cuándo. Aunque los más audaces, como Manuel Belgrano, ya se animaban a introducir el vals entre los criollos (enseñado probablemente por madame Pichegru, tiempito antes de conocer a Dolores Helguero), mostrando sus pasos básicos, pero también trayendo las partituras para que los músicos tucumanos aprendieran a interpretarlas. En las casas había diversos instrumentos musicales: arpas, violines y pianos, lo que simplificaba un poco las cosas.

Lucía Aráoz, la primera "miss" de la Argentina
Como una brutal contradicción del destino, el primer baile oficial, plagado de algarabía y regocijo, en consonancia por los festejos de la Independencia concluyó con la designación de una reina al otro día del juramento trascendente. Aclaramos –ironía de por medio– que la reina fue electa por su belleza (concordando republicanos y monárquicos) y surgió en medio de un baile que reunió en Tucumán a la máxima flema política y social de todas las Provincias Unidas.

El miércoles 10 de julio amaneció con un clima festivo, que como pocas veces confundía a "nobleza y plebe", llenando las plazas y las galerías adyacentes. El Convento de San Francisco rebozaba de gente. Todo el establishment del momento, encabezado por las máximas autoridades –Pueyrredón (director supremo), Laprida (presidente del Congreso) y Bernabé Aráoz (gobernador tucumano)–concurrieron desde temprano a la misa de rigor.

Pero lo trascendente fue "la noche del 10". En ese baile fue elegida Lucía Aráoz (La rubia de la patria, según Paul Groussac) como la reina de la Independencia. De la familia del gobernador y electa por unanimidad fue consagrada en el primer certamen de belleza de la Argentina independiente. La primera "miss". Y sin sospechar de la elección, las dudas reinaron en la noche. ¿Fue por su belleza o por los alcahuetes del gobierno que nunca faltan?

Pero siguiendo con el costado frívolo, tiempo después y con Lucía nuevamente como protagonista de la renovada novela, emulando a El Bardo de Avon, William Shakespeare, quien 220 años atrás escribió Romeo y Julieta, y como Capuletos y Montescos de tierra adentro, La rubia de la patria venciendo íntimas resistencias, concedió su blanca mano al gobernador Javier López, hasta entonces enemigo mortal de su padre. Fue un Araoz, "dando tregua a sus odios políticos y así los venerables burgueses de Tucumán hicieron poesía sin saberlo".
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