Juan Martín Del Potro Juan Martín Del Potro
sábado 10 de septiembre de 2016

¡Para Del Potro, la Selección!

Se avecina una instancia clave en la Davis y no será ocioso poner la lupa en uno de los casos más extraordinarios de alternancia de héroe y villano que constan en la historia del deporte argentino.


Por Walter Vargas - Télam

Y ya que se avecina una instancia clave en la Copa Davis y que las chances del equipo argentino no son remotas, pero tampoco -ni de lejos- las de un favorito, no será ocioso poner la lupa en Juan Martín Del Potro, uno de los casos más extraordinarios de alternancia de héroe y villano que constan en la historia del deporte de estos lares.

Por estos días, héroe, si así se entiende la masividad de una mirada que ensalza y endulza la asombrosa deriva consumada durante las cuatro semanas que comprendieron su paso por los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro y el US Open.

Del Potro atravesó sombras de las que rara vez sale enhiesto un deportista de la alta competencia, he ahí una rareza que puso en el centro de la escena su tolerancia a la adversidad, su tenacidad y sus reservas de confianza en sí mismo.

Describir esos atributos es muy fácil, el idioma castellano goza de una muy rica paleta de adjetivos y sinónimos, pero una cosa es la palabra "sol" y otra cosa, muy diferente, sentir el calor del sol en la piel.

Por preciso que sea reponer la tolerancia a la adversidad que ha expresado Del Potro, y su tenacidad, y el plus de combustible de autoestima, las palabras no alcanzan a contener lo maravilloso de su resurgir en acto.

Un tenista que vivió dos años de pesadilla, acaso más, que alternó médicos, promesas, cirugías y tras cada fracaso temió que las puertas se le cerraran para siempre y que así y todo persistió hasta hacer de una isla desolada su propio Paraíso, pues lo que mínimo que merece es respeto y admiración.

Hace poco tiempo, no tanto, parecía que el máximo premio al que podía aspirar era el de empuñar la raqueta, regresar al circuito profesional y ganar o perder con cualquiera sin la menor mella en su ánimo, porque de lo que se trataba era sencillamente de practicar su rito preferido.

Y de la noche a la mañana el tipo va y en un mes se corona medalla plateada en los Juegos de Río y llega a cuartos de final en el US Open.

De la noche a la mañana elimina de los Juegos al número 1 del mundo, Novak Djokovic, que se marcha del court entre lágrimas; y saca del camino al número 5, Rafael Nadal, tan luego Rafa Nadal, juega una final de alto vuelo con el número 2, Andy Murray (su eterna piedra en el zapato), pero no conforme con esas altas cumbres va al US Open relajado, convencido de que no tiene nada que perder (ni ranking, ni puntos, nada), despacha al número 22 (Steve Johnson), al 13 (David Ferrer), al 10 (Dominic Thiem) y juega dos sets espléndidos con el número 3, Stan Wawrinka. (También, conste, en Río había vencido al número 17, Roberto Bautista Agut).

Hagamos las cuentas conceptuales: Del Potro ha vuelto a jugar como uno de los mejores tenistas del planeta.

Ahora, ahora sí, el palmarés: ha ganado 18 torneos de ATP, ha ganado el US Open de 2009, ha ganado dos medallas olímpicas, ha sido número 4 del mundo... y ha barrido de la cancha en sets corridos a dos de los rivales más devastadores que un ser humano puede enfrentar: el dolor (sea físico, sea emocional) y la resignación.

No nos engañemos: a partir de la forma tristemente célebre en que el equipo argentino dejó escapar la Copa Davis en Mar del Plata y unas cuantas veces más, todas vinculadas con la Ensaladera, Del Potro dejó de ser solo aquel pichón de crack que había sumado su primer punto profesional a los 15 años, aquel muchachito inocente y querible que ganó cuatro torneos seguidos en condición de visitante, aquel enorme talento que le birló un US Open a Roger Federer y perfiló dar el gran-salto-gran hacia el número 1.

También empezó a ser visto como un mero oportunista que acomodaba su presunta devoción por representar al tenis argentino según los mandatos de su ego supremo.

Todo eso, tierra de hipótesis, de deducción, de percepción, aun cuando hubiera sido real hoy no tiene la menor importancia, por lo menos en lo que atañe a lo que queremos significar.

¿Y qué queremos significar?

Que no es indispensable, ni siquiera importante, que Del Potro consume la proeza de conducir al equipo argentino a la victoria contra Gran Bretaña para aprobar el examen de no se sabe qué.

Podría jugar mal, incluso muy mal, perder los singles, el doble, hasta cada sorteo, todo podría perder, y nada mellaría lo que ya redondamente es: uno de los mejores tenistas argentinos de todos los tiempos y un miembro del selecto grupo de grandes de la historia del deporte argentino propiamente dicho.

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