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martes 06 de septiembre de 2016

El emotivo adiós al querido Sergio y un repaso de su historia en el fútbol

La noticia conmovió al fútbol mendocino. A causa del cáncer, el ex jugador y DT Scivoletto dejó de existir a los 54 años. Fue despedido en Maipú por cientos de amigos.


Lucio A. Ortiz

ortiz.lucio@diariouno.com.ar


Un seleccionado de ex jugadores de fútbol se puede armar en un ratito, en un minuto. Si ponemos a Sergio Funes y a Daniel Barrios, vamos armando la defensa, y se anota Mario Yañez y pide la pelota el Vikingo Maladot y pica Gonzalo Torres, y aparece el Macho Molina con Oscar Martínez. Ustedes verán: hay muchachos de Maipú, San Martín, Huracán, Godoy Cruz, Gutiérrez, de tantos equipos de épocas pasadas.

Ingresará el Pepe Mancifesta, el Chorly Esteban, y estarán los hermanos Martín y Horacio pidiendo un momento para entrar. Un combinado de futbolistas se junta en minutitos y por cualquier causa. Y fue ayer, en esos instantes en los que el DT los reunió para la más ingrata noticia. Como centro de escena estaba Sergio Scivoletto inmóvil, en la caja de madera. A su alrededor, en la galería o en la vereda los amigos habían ido a despedirlo; los compañeros de la Municipalidad de Maipú, hinchas del Cruzado, ex dirigentes del Celeste y los vecinos es gente que lo quería. Sergio Scivoletto era querible, aunque su discurso frontal dejase huellas. Tenía la honestidad brutal y bociferaba su conducta dura y por momentos, jocosa.

Se juntaron varios seleccionados para darle el adiós.

Lo conocí de pibe, conocí a su familia. Con 15 años y edad de séptima, ya le daba para jugar en la reserva o en la cuarta del Deportivo Maipú conmigo. Tenía personalidad de ganador. Era un marcador central de salida elegante con el balón. Le pegaba fuerte en los tiros libres y tenía el carácter para destacarse. Y así sucedió.

Después de debutar en la primera de Maipú y de marcar diferencia por su talento, lo vieron los de River Plate y se fue a préstamo en 1983.

En el Torneo de Verano, el 26 de febrero de 1983, a los 20 años, Scivoletto decía en El Gráfico: "Es como sacarse la lotería". Y debutó en River Plate contra Boca Juniors.

El Xeneize sorprendió a la multitud en Mar del Plata, en la franja amarilla había una inscripción en letras azules que decía: Vinos Maravilla. Se iniciaba en el fútbol argentino la publicidad estampada en las camisetas. Ganó Boca 2 a 1.

Después Sergio fue al banco en los dos primeros partidos del Torneo Nacional y luego se lesionó en un amistoso en Montevideo contra Nacional, el 23 de marzo. Se cortó los ligamentos cruzados y debió ser operado.

Esa misma noche quedó acordado el pase de Enzo Francéscoli, de Wanderers a River.

Esa lesión le costó la carrera en el fútbol de Primera y su único partido oficial lo jugó contra Temperley, el 18 de diciembre por la penúltima fecha del Metropolitano. River no hizo uso de la opción y volvió a Maipú.

De esa época a Scivoletto le quedaron los recuerdos de su amistad con uno de los arqueros de ese equipo, Sergio Goycochea (el titular era Fillol), con el que compartía la pensión y además, siempre contaba orgulloso que le tocó compartir prácticas y tener de compañeros a Francescoli, Alzamendi, Merlo, Gallego, Enrique o Tarantini.

En Maipú vivió los momentos más brillantes al lograr el torneo Apertura y el Campeonato de la Liga de 1985, con Ramos Delgado como DT. Después obtuvo el Clasificatorio al Nacional B en 1986.

Formó una pareja de centrales muy recordada con Pedro Fóppoli en el equipo que asombró en el 86-87. Fue en Maipú donde logró sus mayores logros como jugador.

Una de sus rodillas deterioradas lo hizo dejar de jugar. Vino su carrera de entrenador y de las inferiores de Maipú, pasó a la primera y después llegó a la A.A. Luján de Cuyo en el Argentino A y se fueron sucediendo clubes, como Huracán Las Heras, Gutiérrez Sport Club en el Argentino B y el ansiado ascenso al Federal A. Hasta que volvió el año pasado, el 16 de junio, al Deportivo Maipú. El ciclo dio su vuelta, como si el destino marcase que ahí estaba el último escalón, el que dio el primer paso. La aguja había dado la vuelta completa.

A fines de julio llegó el homenaje musical en el cine Imperial (organizado por Daniel Sosa y el Cuta Morán), el partido en la cancha de Maipú con sus amigos los jugadores de fútbol, para alargarle la vida a Sergio, para hacerlo feliz.

Y la llamita se fue apagando, para juntarnos a todos en un triste velorio.

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