Quiere que la música llegue a todas las personas como un bien social

Entrevista con Miguel Ángel Estrella, pianista y desde el viernes Honoris Causa de la UNCuyo.

El monte tucumano es un estruendo de vegetación en el corazón de la geografía norteña. Fue el teatro de operaciones donde se desarrolló el operativo Independencia, un accionar organizado por el Ejército argentino, autorizado por el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, que tuvo como fin el aniquilamiento de la compañía Ramón Rosa Jiménez, perteneciente al ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo).

Pero el monte también fue, y es, la casa de cientos de familias tucumanas pobres, más protegidas por la naturaleza que por el Estado. Hasta allí llegó, a comienzos de los años '50, el titiritero Javier Villafañe, quien, junto con su esposa, Elba, llevó sus obras a los chicos del monte.

Por casualidad o signo del destino, Villafañe se instaló en la casa de la familia Estrella. Un caserón en el que confluían artistas, poetas, músicos, niños propios y ajenos. Donde se hablaba de política y se vivía el amor abiertamente, raro para la pacatería social que gobernaba el interior de las casas de entonces.

Uno de los niños que habitaban en esa "casa del pueblo" era Miguel Ángel Estrella, de apenas siete años. El chico había recibido de regalo, un tiempo antes, un piano de juguete, enviado por la primera dama, Eva Duarte de Perón. Un regalo que en una familia antiperonista no fue demasiado celebrado, pero sí marcó al muchachito para siempre.

Con una naturalidad salvaje para componer, Miguel Ángel llenó las obras de teatro del titiritero de pequeñas canciones. Luego con el cargamento de música y muñecos, partió al monte.

"Era lo más lindo ir a los montes, donde los chicos nunca habían visto títeres. La mirada de los chicos, la ansiedad con la que seguían la historia, ¡y cómo participaban!¡Ojo, mirá que allá está el diablo que te va a joder!, gritaban, se compenetraban. Fue una experiencia inolvidable, para ellos y para mí"

Allí nació para el pianista de reconocimiento mundial su vocación por la música, y también su amor por el trabajo social. Por compartir la música, por no hacer de ella una experiencia elitista de sala de concierto, cerrada para unos pocos "entendidos".

Allí Miguel Ángel empezó a repartir música. A expandirla, para que alcanzara a todos los sectores sociales.

Así, inventando melodías en un pianito de juguete y mirando a los ojos sorprendidos de los chicos más desfavorecidos, Miguel Ángel forjó su ADN musical. El mismo que luego se volcó en la pasión compartida con Marta, su mujer, en la militancia política, que el encierro y la tortura de la oscuridad del terrorismo de Estado nunca pudieron callar. Esa marca genética que lleva la fundación creada por el pianista Música Esperanza cuya filosofía es devolverle a la música su rol de comunicación social.

En este viaje que es la vida, el músico recaló en Mendoza esta semana, donde recibió el título Honoris Causa en la UNCuyo. y también le dio lugar a la charla con Diario UNO.

–¿Cómo llegó la música a su vida?
–Fue gracias a mi abuela. Ella era la "gran mamá" que todo lo veía y tenía la palabra sagrada. Era muy religiosa. Un día me dijo: "Su abuela quisiera que usted fuera sacerdote". Yo no conocía eso, tenía cinco años, pero le pregunté: "¿Los sacerdotes cantan, bailan?". "No, son gente muy seria", me contestó mi abuela. Inmediatamente le respondí: "Entonces no, no voy a ser eso".

–¿Y su abuela se disgustó?
–No. Ella vio que yo debía dedicarme a la música. Su frase fue poco más que singular. "Ya veo que vos vas a ir por la música, porque cuando te trepás a los árboles, a los eucaliptos enormes y en la punta del árbol te ponés a cantar a voz en cuello. Es una gracia que Dios te ha dado para que la compartás".

–Toda una visionaria.
–Siempre la recuerdo. Ella descubrió la música en mí, cosa que mis viejos no.

–¿En qué lo influenció su familia?
-Mi casa era la casa del pueblo. Así como Javier Villafañe, otros personajes de la cultura pasaron por ella. Venía gente de bastante celebridad a vivir en casa, por un mes, por tres meses, por un año. Atahualpa Yupanqui vivió allí. Grandes pensadores, que venían de Chile, de Cuba, muchos escritores... Les encantaba el ambiente.

–Era imposible no contagiarse de arte y militancia en ese hogar
–Sí, ya lo creo que lo era. En mi casa siempre había alguien recitando poesías de Neruda, o alguien que cantaba, o alguien que bailaba. Se hacían comidas para mucha gente, y en ellas, las conversaciones eran más que interesantes. Discusiones sobre política, temas como el peronismo y el antiperonismo, las izquierdas tradicionales y las izquierdas más creativas. Yo bendigo haber nacido en Tucumán, haber vivido en esa casa y haber ido a la escuela secundaria a la que fui. Nos impulsaban a ir a conocer la realidad de los obreros del azúcar, a colaborar y a ser solidarios.

Llevame a bailar
Miguel Ángel tuvo un amor de la vida: Marta, su mujer y madre de sus dos hijos, Paula y Javier. Murió en 1975 y dejó al músico viudo de amor para siempre.

Miguel Ángel conoció a Marta en un colectivo. Fue en Buenos Aires, donde él iba a estudiar en el conservatorio. Quedó prendado de ella, de su encanto y luego de su talento musical. Ella era una cantante virtuosa. A ambos se les dificultó encorsetarse en las estructuras del conservatorio. "Nosotros aspirábamos a una formación donde se aprendieran otros aspectos de la música, trabajar con sociólogos, con historiadores de la cultura", cuenta Miguel Ángel, con la sonrisa luminosa de recuerdos.

Sin embargo el mercado puso el ojo en estos dos jóvenes vibrantes de talento y convicciones sociales.
"Tuvimos ofertas de empresarios que nos dijeron que nos iban a vender comercialmente, pero teníamos que hacer todo lo que ellos nos indicaban: ir a comer a Mirtha Legrand, hablar de fútbol, yo con jeans gastados y alpargatas. Dejarnos de joder con la música que nos gustaba interpretar, y hacer sólo lo que a ellos les parecía conveniente.

"Escribimos dos hojas, una con los contratiempos que encontrábamos en esta propuesta, y otra con los beneficios. La primera la llenamos rápido, todo lo que nos proponían nos incomodaba. En cambio, en la segunda hoja, pusimos "casa", lo que más queríamos era tener nuestra propia casa. Pero no pudimos, no aceptamos la oferta. Yo finalmente pude tener una casa, pero cuando Marta ya había muerto".

La muerte le sobrevino a Marta como la gloria, sin pensarla. Cuando sus hijos tenían 3 y 5 años, ella enfermó de cáncer, y él la sostuvo hasta el trecho final del viaje.

"El día antes de morir hicimos el amor en el hospital. Yo estaba loco por ella. Después me dormí en el piso de la habitación, tomándole la mano. Ella me decía 'llevame a bailar, estoy harta de esto'. Fue un amor loco, nunca más amé así. Yo no podía vivir sin esa voz, sin esa piel".

Miguel Ángel habla el pasado de Marta, pero no como un recuerdo cristalizado. "Los chicos y yo la tenemos muy presente, ellos le hablan. Estoy seguro de que no hubiera sido quien soy sin una mujer como ella en mi vida".

También eran apasionados por el trabajo social. "A los 25 años, éramos exitosos, premiados, viajábamos por Europa. Pero también teníamos convicciones sociales. Marta cantaba en la Villa 31, yo la acompañaba con la guitarra, porque no había piano. Volvíamos loca a la gente, le acercábamos la música. Fue allí que nació la idea de la fundación Música Esperanza.

La cárcel y la esperanza
El motivo de la visita del músico a Mendoza fue, como ya se dijo, recibir la distinción universitaria. Cuando habló de sus sentimientos por esta distinción, rememoró los días de la cárcel en la época del terrorismo de Estado.

"Les voy a salir muy caro como Doctor Honoris Causa, porque los voy a obligar a salir de la burocracia y hacer cosas muy útiles para la humanidad. Yo tengo muchos sueños sociales. Desde que empecé a poner en orden las cosas que tenía en la cabeza en la cárcel, cuando tenés mucho tiempo para pensar. Te das cuenta cuando aparece la versión que está en tus tripas pero pasada en limpio".

Esa versión de sus sueños sociales se tradujo en la fundación que lleva un nombre acorde a los ideales que persigue: Música Esperanza. Se trata de una organización independiente, sin filiaciones políticas, ni fines de lucro. Trabaja desde 1986 en ámbitos desfavorecidos y aislados, y tiene como objetivo brindar una formación de calidad, y posibilitar el regocijo de la experiencia musical en personas de todas las edades, y en lugares como escuelas de bajos recursos, barrios populares, hospitales, cárceles y centros comunitarios. Además, ofrece una Tecnicatura en Música Popular, que se dicta en el Espacio de la Memoria (ex ESMA) e integra la propuesta educativa de la universidad de Madres de Plaza de Mayo.

Lo que hace Música Esperanza es totalmente lo contrario a lo que propone la formación tradicional: buscarle –según la definición propia del maestro Estrella– "la versión que está en las tripas a cada alumno", y así lo cuenta: "En los conservatorios se buscaba a los alumnos talentosos que les iban a dar prestigio al profesor. Entonces, de una clase en donde habían diez, él se dedicaba a los dos que tenían talento. No había tiempo para buscarles las tripas musicales de cada alumno. Nosotros pretendemos que el fin de una carrera no sea ser rico y famoso, sino ser un maravilloso músico y romper con la historia de que Mozart, Brahms, Chopin, son sólo para gente culta. La música es para todos.

Su perfil
Talento y humildad. Son las dos cualidades que pueden definir sin temor a equivocaciones a Miguel Ángel Estrella, el pianista nacido hace 76 años en Tucumán. Dueño de un talento indescriptible para desarrollar su arte, Estrella fue encerrado y torturado en épocas de la dictadura en Uruguay. Salvó su vida por la presión de ser mundialmente conocido y valorado. En 1982 salió en libertad. En 1986 fundó el movimiento social Música Esperanza. Fue embajador cultural de Argentina en Unesco desde el 2007 hasta comienzos de este año.
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