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domingo 16 de octubre de 2016

Pet Shop Boys dio cátedra de cómo dar un show de electrónica

El dúo inglés Pet Shop Boys cerró esta nueva edición del Festival Bue en Tecnópolis ante una multitud que bailó y cantó los clásicos de este dueto

El dúo inglés Pet Shop Boys cerró esta nueva edición del Festival Bue en Tecnópolis ante una multitud que bailó y cantó los clásicos de este dueto que se impuso en la noche porteña a puro hit, con un sonido impecable y un imponente juego de luces que invadió el cielo del bonaerense Villa Martelli.
Antes, habían pasado por el escenario principal el combo psicodélico estadounidense The Flaming Lips, con un lisérgico y divertido número, y el dúo de pop Capital Cities en un somero set que, correcto, musicalizó a un nublado anochecer, alcanzado por las rezagadas gotas del vendaval matutino.

A unos cuatrocientos metros, en el microestadio del predio de la feria de ciencias estatal, la tarde había empezado a las 17 con el debut en el país del estadounidense John Grant, quien, de buen humor y empuñando su más que correcto español, deleitó a un millar de seguidores con un momento de intimidad musical.

"Al que madruga, Dios lo ayuda", dice el refrán que bien puede adaptarse para ese nutrido grupo de fanáticos que esperó desde las 16 a que dieran puertas para ver como el ex The Czars, acompañado por guitarra y teclado, hizo gala de su emotiva y profunda voz con un reperterorio que abarcó sus tres trabajos solistas.

En ese mismo escenario apareció al rato Juana Molina, secundada por una batería y un teclado, con un set que supo ganar escenarios en festivales de envergadura como Glastonbury y que hoy muestra con seguridad en un show conciso, aunque un poco estático.

A primeras horas de la tarde parecía que esta segunda fecha del Bue (iniciado el viernes con el inoxidable Iggy Pop a la cabeza) iba a ser un fiasco de convocotaria: por la mañana las nubes habían soltado una tormenta críptica y hasta las 21 el público casi que se podía contar con los dedos de una mano.

Sin embargo, para la mitad del concierto de los estadounidenses Wilco, que también hacían pie por vez primera por estos lares, ya se veía corretear a una importante cantidad de gente por entre los dos escenarios portando sus cervezas y hamburguesas, cuyos elevados precios constrataban con su más que precaria calidad.

La presentación de este sexteto indie-country-folk-alternativo, con su hora cuarenta y cinco para mostrar sus dotes, era el verdadero plato fuerte de la noche, al punto de haber obtenido el guiño de la organización con el cambio de lugar en la grilla que los ubico más temprano que a The Flaming Lips.
Ésta tan ansiada visita dividió las aguas entre los espectadores, porque mientras algunos afirmaban que "fue uno de los mejores shows de la vida", otros, igual de taxativos, sostenían que la performance de los liderados por Jeff Tweedy fue simplemente "soporífera".

A pesar de que el segundo grupo llevaba la delantera en los comentarios de las filas para comprar alimentos o ir al baño, todos, al unísono, estaban de acuerdo en algo: los de Chicago recogieron el guante y se dieron por entero en un concierto que repasó todos sus discos.

Si bien las voz de Tweedy es una versión opaca y acotada de la de Neil Young, la polenta y versatilidad del guitarrista Nels Cline fue digna de aplausos, sobre todo cuando abandonaba la letanía de los arpegios para sumergirse en las distorsiones, modulaciones y ruidos de su envidiable pedalera.
No hizo falta que los Wilco saludaran al público para que se llevaran la certeza de que serán amados eternamente por unos e ignorados por otros, que corrieron hacia ese delirio inexplicable que fue The Flaming Lips -aunque el destino de estas líneas lo intente hacer comprensible-.

Durante sus 60 minutos desplegaron un arsenal de luces, vestidos, muñecos y la ya célebre burbuja en la que el vocalista Wayne Coyne se sumerge para saltar sobre el público y hacer que la expectativa pase más por saber si el oxígeno le alcanza para salir vivo de la esfera que por las canciones que canta.

Fue un show plagado de sorpresas y un profundo sentido del humor que el quinteto de Oklahoma transmitió desde arriba del escenario, haciendo que la gente pendulara entre las risas, los chistes a los gritos -que por supuesto ninguno de los músicos llegó a escuchar- y el cántico de los temas más emblemáticos.

Aplauso, medalla y beso para The Flaming Lips, que aprobó con creces en su segunda visita al país y que dio paso a un pequeño receso que Peaches aprovechó para causar vergüenza ajena con su desnudo arriba del escenario, mientras vociferaba una especie de hip hop básico sobre pistas pre grabadas, sin la compañía de músicos.

A las 23.25, 25 minutos más tarde de lo programado, aparecieron Neil Tennant y Chris Lowe para demostrar dos cosas: que lo bueno se hace esperar y que el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo.

En casi dos horas de show, el dúo conocido como Pet Shop Boys le tiró a la audiencia sus 35 años de trayectoria no sólo con invencibles éxitos musicales de los ´80 y ´90, sino, también, con un juego de luces que actualizaban y mandaban al futuro a estos ingleses sacados de "Blade Runner".

Tennant y Lowe no necesitan saltar, hacer malavares, desnudarse, escupir al público, aparecer con un elefante o sacrificar a niños sobre el escenario.

Armados con sus sintentizadores y flanquedos por tres tecladistas más (uno de ellos en tanto en tanto desenvainaba con violín) para apropiarse de la noche y llevar un poco de baile a los atiborrados cuerpos que intentaban hacerse lugar en esa masa, para nada anestesiada, que pujaba por su lugar en el edén de la electrónica.

Lazers, círculos giratorios, un humo traído del séptimo infierno de Dante y pelotas metalizadas como cabezas fue la parafernalia que usaron para hipnotizar a unos danzarines que se quedaron sin comida en una noche que se estiraba hasta las 4.

Este avejentado cronista, vale aclarar, abandonó su puesto a la par de Pet Shop Boys, dejando su lugar a una juventud que, a pesar de la hora, entraba para escuchar a los DJ que cerraban esta nueva y entrañable edición del Festival Bue.
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