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domingo 18 de junio de 2017

"Lo de los Enanos es una herida que no cierra"

Daniel Piccolo. Ex baterista de la mítica banda mendocina, por primera vez cuenta la historia que desencadenó su alejamiento y el comienzo de una nueva vida en la montaña

" Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio... ¿Cuándo?¡Si siempre estoy llegando!", escribió Aníbal Troilo, y luego le puso música, desde una cama de hospital, para convertirla en el tango Nocturno a mi barrio. Dicen que Daniel Piccolo, el histórico tercer integrante de los Enanitos Verdes, que formó parte de la banda hasta setiembre del 2009, en verdad nunca se fue. Y no lo hizo de la misma manera que uno nunca deja de estar en el ADN de un hijo, en cada una de las gotas de su sangre, cabello, uñas, escamas de su piel. No existe separación para esa clase de vínculos.

Los Enanitos Verdes fueron el sueño de tres pibes mendocinos que en 1979 se juntaron porque querían hacer y vivir de la música. Hoy, Piccolo ya no está en la formación de ese mítico grupo de rock nacional que sigue rodando por el mundo y que cada tanto vuelve a tocar en Mendoza. No está, aunque nunca se fue, porque siempre está llegando.

Sin embargo, la herida duele, porque todavía no se ha convertido en cicatriz. Ahora, vive en la montaña, en donde ha construido un mundo propio y se ha alejado del agitamiento de los '80 y '90, cuando las giras por Latinoamérica y Estados Unidos duraban casi tres meses.

Sin embargo, se le ha cristalizado una nostalgia particular: esa que nos provoca comprender que una distancia es para siempre.

–¿Cómo fue tu alejamiento de la banda?
–La verdad es que la relación se desgastó. Pero en su momento existió un acuerdo contractual, y se dijo que no hubo conflicto. De hecho, el nombre de los Enanos no iba a continuar. Mi parte del nombre no era negociable. Pero ellos tuvieron que arrancar las primeras giras llamándose Enanitos Verdes, por una preferencia de los empresarios, y fue ahí que llegaron a un acuerdo conmigo.

–De todas maneras, más allá del acuerdo, ¿qué sentís vos?
–Es una herida que no cierra. Yo dejé de tocar en los Enanos hace siete años y la semana pasada le mandé un mensaje a Marciano (Cantero, voz líder del trío que completa el guitarrista Felipe Staiti) para decirle eso. Yo nunca hablé con ellos antes. Lo mío fue silencio.

–¿Lo vivís como un duelo?
–Tal cual, como la separación con una pareja o la pérdida de un ser querido. Ahora estoy haciendo terapia y viendo cómo superar esta etapa, que todavía me afecta. La banda fue un proyecto de los tres, como un hijo.

–Fueron muchos años de tocar juntos
–¡Treinta años! De muchas emociones, de subirse a los escenarios en Nueva York o Washington, es muy fuerte. Las primeras giras, sobre todo.

–De hecho es una de las pocas bandas argentinas en vigencia formadas desde aquella época...
–Sí, hay otras que tocan menos. Como los Cadillacs, hacen lugares más grandes. Nuestras giras duraban dos meses o más, porque hacíamos 30 shows en lugares más chicos. Era redituable para nosotros y para los empresarios.

–¿Los Enanos viven en gira?
–Sí, pero ahora pocas, como yo deseaba. Hacen giras cortas, dos o tres al año. Cuando se cumple el primer mes de gira, se empieza a complicar todo. Los asistentes se cansan, empiezan las quejas, los músicos también nos empezamos a hartar. Por eso la mayoría de las bandas toca tres fines de semana y descansa uno. Nosotros no seguíamos esa regla.

–¿Te arrepentís de algo de la época de los Enanos?
–Hay cosas de las que no me arrepiento pero me duelen, como el hecho de haber dejado a mis hijos (Agustín de 26, Gastón de 25 y Leandra de 23) mucho tiempo cuando eran chiquitos. Era inevitable, pero cada despedida era terrible para mí. Me ponía mal tres o cuatro días antes. Aparte, sonaba el teléfono y no lo quería atender, porque era algún productor o manager que me decía: "Mirá, te tenés que venir antes porque hacemos Tinelli". Y yo capaz que había programado un asadito a la noche con los chicos y me tenía que tomar el avión a esa misma hora. Eso me costó muchísimo. Entonces, esperaba encontrar cierta contención en la banda que no sucedía, quería encontrar otra familia en ellos.

–Y eso no era así...
–No, la verdad es que no. Nunca fue así, cada uno hacía su historia.

–¿Tenés contacto con ellos?
–No, no nos hemos visto más. Marciano me mandó un mensaje cuando murió mi papá, el año pasado. Y después yo le contesté y nada más. No es por ningún motivo en especial, sólo porque la relación entre nosotros se había desgastado.

–Pero tenés otra banda ahora...
–Formo parte de La Piedra, una banda que se junta una vez por año, quizás por eso acepté. Me invitó a sumarme Daniel Patón Martínez, ex músico de Alcohol Etílico, que hace 10 años vive en París pero que los tres meses del invierno europeo se viene acá. Ahí nos juntamos, hacemos shows, grabamos disco, y después él se va y entramos en el freezer hasta el año siguiente.

–¿No tenés ganas de hacer música fuera de esto?
–A veces me dan ganas... Pero estoy muy entusiasmado con el tema de las cabañas, era un viejo sueño que tenía, cuando me subía a los primeros micros para ir de gira, veía esas casitas en el campo y pensaba: "Cómo me gustaría vivir ahí con mis hijos". Y para mí, nuestro campo es la montaña. Siempre pensé en eso, hacer tres o cuatro cabañas para alquilar y un restorán. Al restorán lo bajé de categoría: ahora va a ser un bar.

–¿Vivís en la montaña entonces?
–Sí, yo ya me decidí a irme a vivir allá. Fue complicado, porque tomarlo como una decisión de vida es duro, pero estoy dedicado a esa iniciativa.

–¿De qué se trata ese proyecto?
–Tenía un terreno hace mucho en El Salto y comencé a construir cuatro cabañas: tres para alquilar y en la otra vivo yo. Personalmente me ocupo de todo lo que no sea obra gruesa: detalles, instalaciones, todo. Yo hice todas las instalaciones eléctricas, he calado madera, con mi hijo mayor (Agustín) hemos sellado todos los troncos. Aprendí a hacer termofusión.

–¿Esta faceta más artesanal tuya siempre la tuviste?
–¡Tengo sangre de carpintero!, como mi papá, el Chicho, que vivió hasta los 92 años . Trabajé mucho con él, llegué a ser "medio" oficial carpintero.

–Es cierto, lo llevás en la sangre...
–Ahora me quiero armar un tallercito. Porque cuando trabajo la madera, cuando la huelo, entro en trance. Como si hiciera una meditación.

–Algo que no podías hacer mientras te dedicabas a la música...
–No. Sólo cuando volvíamos de Buenos Aires, en nuestra juventud, cagados de hambre, hacía algún trabajo. Le hacía muchas changas a mi suegro, el papá de mi ex mujer. Me dio una mano en ese tiempo.

–¿En la montaña encontraste tu lugar en el mundo?
–Eso intento, hay cosas que todavía me tiran de la ciudad. Como por ejemplo, me encanta operar sonido, o producir alguna banda en vivo. Ahora lo hice para el show de Eclipse, me quedé con las bandas que me gustan mucho.

–¿Extrañás algo de esa vida, la adrenalina o la fama por ejemplo?
–Algunas cosas... Pero no sé si las extraño, sí las recuerdo con cariño. Hubo momentos muy fuertes, como el festival de Viña del Mar en 1988 en donde ganamos dos antorchas de plata, las primeras veces que tocamos en lugares grandes o la primera gira por Estados Unidos que fue un flash. Pero de ninguna manera volvería a salir de gira por tanto tiempo ni vivir como vivía en esa época. Lo que logramos con los Enanitos Verdes es muy difícil de volver a lograr y yo que necesitaba un cambio drástico en mi vida. Y me animé a hacerlo.

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