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sábado 15 de octubre de 2016

Con la comida que los europeos tiran a la basura en un año, podrían comer 200 millones de personas

La falta de medios o tecnología echa a perder millones de toneladas de alimentos. La (falta de) conciencia del despilfarro.

A veces se trata de algo tan simple como un palé. Uno de plástico, no de madera, porque esta se puede dañar al lavarla con agua y después estropear el contenido, además de contribuir a la deforestación. Tampoco valen bolsas (mucho menos de plástico) porque los tomates de abajo se aplastan y el vapor se condensa con el calor. Es algo tan simple como esas cajas reutilizables que usan en cualquier frutería europea. Al conseguirlas para el transporte de alimentos, en varios proyectos en países de Asia y el Pacífico, como Bangladesh, han llegado a reducir un 85% el número de tomates que pierden.

Y quien dice tomates, dice mangos. O plátanos, judías verdes, papayas u otros vegetales. Incluso pescado. En países como España, distribuidores y consumidores desperdician alimentos. Estos están en buen estado pero no se consumen por una decisión voluntaria. La cantidad de comida desperdiciada anualmente es enorme. Con lo que los europeos tiran a la basura en un año, por ejemplo, podrían comer 200 millones de personas. Pero hay otro problema similar, aunque con causas muy diferentes, que es igual o mayor en cuanto a cantidades. Para distinguirlo del desperdicio, los expertos lo llaman pérdidas alimentarias o pérdidas poscosecha y con las que se dan en América Latina y África comerían 600 millones de personas.

Este concepto agrupa toda la comida que se echa a perder desde la producción de los alimentos hasta que estos están listos para su venta o distribución. Puede ser durante su cosecha, su procesamiento o durante el transporte o el almacenamiento entre estas etapas. Gran parte de las pérdidas se registran en países en desarrollo y las causas son cualquier cosa menos voluntarias. Principalmente, se derivan de la pobreza o de la falta de formación, de infraestructuras —carreteras, almacenes...— y de medios —cadenas de frío, maquinaria, transporte, lucha contra las plagas...— adecuados. De hecho, algunos de los países con más hambrientos tienen también altos porcentajes de pérdidas. Y no es casualidad.

LO QUE PIERDE EL PLANETA
Cuando carne, leche, legumbres, cereales, frutas o pescado se echan a perder antes de llegar al final de la cadena, antes de poder venderse y consumirse, no solo pierde el productor. Lo que, en el caso de pequeños productores con pocos ingresos ya es de por sí un grave problema que amenaza su seguridad alimentaria. Porque hay una doble pérdida: lo que dejan de ganar, y lo que han invertido en producir.

Ese doble coste también se observa desde el prisma del desarrollo sostenible. No solo hay gente que dejará de comer o cuya nutrición, bienestar o desarrollo personal se verán afectados. También el planeta pierde lo que se ha invertido en producir. El agua que se invirtió en regar los cultivos, los bancos de peces que se diezmaron, la riqueza de la tierra que se gastó o el terreno que no se utilizó para otras actividades, la energía que se consumió y las emisiones de gases que se produjeron... Si se suman ambos conceptos, la factura anual de las pérdidas alimentarias puede dispararse.

Porque para un pequeño productor o un agricultor de subsistencia (que vive de lo que come), perder la mitad de su cosecha puede suponer no poder alimentarse —salvo que alguien le asista— durante un año. No solo porque ya no puede vender lo que se le estropeó. Sino porque además había invertido parte de sus recursos en producir eso que se echó a perder, comprando abonos, herramientas, semillas... Por eso muchas veces los pequeños productores que saben que están condenados a perder una parte de su producción optan por venderla cuanto antes, aún a costa de bajar los precios. Lo que, al final, es otra forma de salir perjudicados.

Hay casi tantos ejemplos como productos. Y el problema no solo es agrícola. En el lago Tanganica, en Burundi, los pescadores locales perdían hasta 15 de cada 100 capturas por secar los peces sobre la arena, al alcance de otros animales o de la porquería. Solo con la introducción de unos secaderos elevados con madera y alambre protegidos de la lluvia, evitaron esos problemas y redujeron el tiempo de secado de tres días a ocho horas.

El secado al sol también es la técnica habitual de los pequeños productores para tratar el arroz y otros cereales en países de todo el mundo, de Malawi a Tayikistán. Esto los expone a los pequeños roedores y parásitos que pueden estropearlos. Por eso es importante contar con nuevas técnicas y lugares de almacenamiento a salvo de estas amenazas.

Con las pérdidas que se registran en un año en África y América Latina podrían comer 600 millones de personas

En Kenia, el 64% de los mangos que se producían no llegaban nunca al mercado. Unas 300.000 toneladas anuales. Un proyecto auspiciado por la iniciativa SaveFood y financiado por la cooperación alemana propuso a varios productores la idea de deshidratar los mangos para conservarlos y luego poder venderlos como un producto seco con mayor duración. También les ayudó a promocionarlo y colocarlo en el mercado. La cosa funcionó y ya hay competencia en el sector del mango seco en el país africano.

En ocasiones, el problema de acceso a mercados importantes, como las grandes ciudades, tiene soluciones costosas. Hacen falta camiones refrigerados, carreteras, almacenes que mantengan la cadena de frío. Mucha inversión que países como Kenia, Burundi o Bangladesh no siempre se pueden permitir. Pero para vender en lo local, para que decenas de miles de agricultores y pescadores no se queden sin el fruto de su trabajo, ni el sustento para comer, basta con cosas mucho más simples. Pequeñas inversiones, cierta formación. O un palé. Un palé de plástico que salve ocho de cada diez tomates. Es reutilizable, y se puede comprar por menos de dos euros.
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