• Mendozavolver

    Lunes, 14 de mayo de 2012

    La historia detrás del accidente

    El 29 de mayo de 1975 un choque frontal entre un colectivo y un camión dejó 18 muertos, pero hubo otro increíble testimonio de secuestro y tortura. El inicio de una época trágica y sangrienta.

    Amadeo Sánchez Andía sbre su caballo, una imagen que atesora con amor su hija, Gladys Beatriz.

    Enrique Pfaab
    epfaab@diariouno.net.ar

    Son recortes amarillos. Pasaron muchos años adentro de uno de los almohadones del sofá de la sala. La tía de Gladys los sacó con cuidado y se los dio. “Ahora que sos grande, creo que los tenés que tener vos”, le dijo. En medio de la emoción, Gladys inmediatamente recordó que Monona, su madre, había intentado hacer lo mismo: después de lo de Amadeo había comenzado a guardarle un montón de recortes y fotos, pero debió quemarlos apresuradamente una anoche, antes de que el Ejército irrumpiera en su casa de General Alvear.

    Esos recortes contienen la parte más salvaje y brutal de la historia de aquel mayo de 1975. La parte que no se contó el pasado lunes en estas crónicas, cuando se recordó el trágico accidente entre un ómnibus de la empresa Colta y un camión cargado de aceite comestible en la madrugada del 29, en La Paz. Murieron 18 personas, según la cifra oficial.

    Unas horas antes, el 28 de mayo de 1975 a las 10 de la noche, el micro salió de Mendoza casi lleno. A las 11 pasó por San Martín y allí subieron otros dos pasajeros. Después siguió viaje. El ómnibus tenía que llegar a las 8 de la mañana a la capital cordobesa. A unos 20 kilómetros de San Martín el micro fue interceptado por una patrulla de la Policía Militar. Les pidieron documentos a los que viajaban en los primeros 10 asientos. Después permitieron que el colectivo continuara su marcha.

    Podía haber sido un simple control rutinario, de esos que había comenzado a implementar la Alianza Anticomunista Argentina, más conocida como “Triple A” y comandada en ese momento por el ministro de Bienestar Social, el Brujo José López Rega. Pero no. Buscaban a alguien. En los últimos asientos de ese colectivo había tres personas que se pusieron nerviosas cuando vieron subir a los militares y que respiraron aliviadas cuando se bajaron. Eran Zenón Amadeo Sánchez Andía, Gladis Beatriz Sabatino y Aníbal Testa, integrantes del Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP). En realidad, los servicios de inteligencia habían marcado muy bien a Sánchez Andía y a Sabatino, pero ignoraban la existencia de Testa.

    Amadeo Sánchez Andía era peruano de nacimiento, pero hacía ya varios años que estaba en Mendoza y era un activo militante universitario. Un año y medio antes, Amadeo y Monona Ramírez habían comenzado a compartir el estudio y la militancia, que primero devino en amistad y luego en amor. En febrero del ’75, Monona quedó embarazada y en abril se casaron. El tenía 28 años y ella, 22.

    La convocatoria del ERP para ir a Córdoba a recibir instrucción de combate y luego sumarse a la lucha armada en Tucumán llegó unas semanas después. “Queríamos ir juntos, pero dijeron que, como nos habíamos casado hacía tan poco tiempo, nos íbamos a distraer y dijeron que yo me tenía que quedar”, se ríe ahora Monona.

    Entonces, desde Córdoba, llegó Aníbal Testa. Era quien venía a buscar a los futuros combatientes. Decidió llevarse a Amadeo y a Gladys Beatriz Sabatino, una muchacha de 24 años que cursaba el cuarto año de Medicina.

    Amadeo y Monona se despidieron en el departamento 5 de Alem al 400, en la ciudad de Mendoza. Mientras los viajantes iban a tomarse el colectivo se fue al departamento de una familia amiga, en Las Heras.

    Tomaron el ómnibus de Colta. Salieron a las 22; pararon en San Martín a las 23; a las 23.25 los detuvo la Policía Militar en Alto Verde; a la una de la madrugada, frente a la villa de La Paz, chocaron contra un camión cargado de aceite comestible Sinatra.

    En el accidente hubo 18 muertos. Los fallecidos estaban ubicados especialmente en los asientos de la izquierda del micro. Allí fue donde impactó el camión y prácticamente arrancó todo ese costado. Sánchez Andía, Sabatino y Testa iban sentados en el fondo y resultaron heridos. Como todos, fueron internados en el Hospital Regional de San Martín.

    Gladys Beatriz Sabatino no tenía heridas graves. Pese a esto fue derivada al Hospital Central. Allí, una prima suya se sentó al pie de la cama y veló su convalecencia. Un día, posiblemente el 30 o 31 de mayo, un médico le dijo a la acompañante: “Tenemos que hacerle unas placas y después le damos el alta. Vaya hasta la farmacia de acá enfrente y me trae esto”, y le entregó una receta. La prima de Gladys tardó entre 20 y 30 minutos en hacer el mandado. Cuando regresó al hospital no la dejaron entrar a la sala. “La paciente se descompensó súbitamente y falleció”, le dijeron.

    Muy pocos conocían a Aníbal Testa en Mendoza. Era un cuadro del ERP, encargado de reclutar a nuevos combatientes. Para esta crónica no fue posible confirmar que se trate de Aníbal Aneto Testa, dirigente del sindicato de trabajadores judiciales de Córdoba, desaparecido en el ’76.

    Lo que si es un hecho es que 48 horas después del accidente dos personas entraron al hospital de San Martín, levantaron en vilo al herido y lo llevaron hasta San Luis, desde donde tomaron un avión hasta Córdoba. Eran dos integrantes del ERP que habían venido a rescatar a Aníbal, temiendo que pudiera ser identificado por los grupos de tareas.

    En cambio, Zenón Amadeo Sánchez Andía era un hombre marcado. A él buscaba la Policía Militar en el colectivo y junto con él pusieron guardia policial, en el hospital de San Martín, una guardia que curiosamente no estaba cuando dos hombres levantaron de la cama a Amadeo y se lo llevaron. “Yo creí que eran compañeros del ERP que lo habían rescatado y me empecé a preparar para pasar a la clandestinidad, pero el 6 de junio el cadáver desnudo de Amadeo apareció en Canota”, recuerda Monona.

    El cuerpo tenía varios disparos, indudables huellas de haber sido torturado y una inscripción con brea que decía: “Por traidor monto”.

    Monona y su panza comenzaron un peregrinaje, que duró años, por distintos lugares de la provincia. En diciembre de ese año nació una nena. Se llamó Gladys Beatriz, como la estudiante de Medicina asesinada.

    Monona guardó en su memoria el recuerdo de Amadeo. Gladys supo quién había sido su padre a través del relato emocionado de su madre y también por un diario amarillento que le regaló una tía. Y por una historia judicial que todavía espera un final.