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domingo 08 de enero de 2017

Una mendocina que se desarrolló como intelectual en la difícil cultura japonesa

Entrevista con Marta Pena de Matsushita, licenciada en Ciencias Políticas.

La vida de Marta Elena Pena, una mendocina que en los '70 se graduó de licenciada en Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Cuyo, dio un giro de 180° cuando conoció a Hiroshi Matsushita, un estudiante japonés que realizaba un trabajo de investigación sobre el sindicalismo peronista en la misma casa de estudios. Marta se enamoró, se casó y emigró a radicarse en un país cuya cultura, idioma y costumbres desconocía. En Mendoza se había graduado con honores, en Japón la esperaba un futuro incierto.

Cuarenta y ocho años después, puede decir que su vida fue exitosa, aprendió a la perfección –no sin dificultades– el dificilísimo idioma oriental, se desarrolló como profesional de la educación en prestigiosas universidades japonesas, tuvo dos hijos (ambos se convirtieron en médicos) y aún sigue casada con el intelectual japonés que conoció en la UNCuyo.

Actualmente residen en Ozaka, la tercera ciudad de Japón en orden de importancia. Se jubiló, pero aún sigue dirigiendo tesis doctorales en Doshisha, la última casa de altos estudios en la que se desempeñó.

Dice que no falta nunca a su cita anual con Argentina. En esta oportunidad, vino a su Mendoza natal a dar un curso sobre cultura y rol de las mujeres en Japón y compartió con Diario UNO su singular y enriquecedora experiencia de vida.

–¿En qué universidad da clases en Japón?
–Trabajo en la Universidad de Doshisha; es una casa de altos estudios de enorme prestigio. Fue fundada en 1870, justo cuando comenzó el proceso de modernización de Japón, obedeciendo al propósito de crear nuevas generaciones con nuevas ideas de modernidad. Doshisha es, además, una universidad muy activa en el plano internacional. Tenemos convenios de intercambios con 186 ciudades del mundo.

–¿Con Argentina también?
–Sí, pero cuando yo entré a trabajar en ella –venía de otra universidad– me encontré con la sorpresa de que no había ningún plan de intercambio. Nos pusimos a trabajar en esto, y logramos convenios con la Universidad de Salamanca, con la Universidad Autónoma de México, con la Universidad Católica de Chile y con la Di Tella de Argentina.

–¿En qué idioma se dictan los cursos para los extranjeros?
–Justamente la universidad en la que trabajo es una de las que más han respondido a los requerimientos de tener cursos en inglés para los alumnos extranjeros, porque realmente la barrera idiomática en Japón es formidable.

–Más en ciencias sociales.
–Sí, porque en las ciencias exactas, la desventaja de no usar la lengua es menor. Hay mucho contenido que entra por la vista, un uso muy basto del inglés en las ciencias exactas. Pero en las humanidades, en donde la palabra y la letra son la principal herramienta, no es nada sencillo.

–¿Pudo poner en práctica su formación argentina en Japón?
–Yo soy totalmente producto de la educación pública Argentina, y estoy totalmente agradecida, porque me he podido abrir camino en un país muy difícil para la mujer como es Japón.

–¿Encontró dificultades siendo mujer y extranjera a la hora de trabajar en Japón?
–La verdad es que hay evoluciones muy importantes, sobre todo de los '70 y los '80 a esta parte. Grandes progresos en la participación de la mujer, pero Japón tiene muchas limitaciones, no sólo por los conceptos más tradicionales, la división de roles por género, sino porque hay todo un sistema impuesto desde el poder, que favorece a la mujer que no trabaja o que trabaja en tareas provisorias, porque el trabajo impositivo japonés permite grandes deducciones de impuestos en el caso de la mujer que sea dependiente. Además, es un país difícil para la mujer profesional que trabaja, por la moral laboral japonesa, que exige una dedicación al trabajo por sobre la familia.

–Pero usted lo pudo hacer.
–He sido afortunada, porque el campo de la docencia universitaria es uno de los pocos favorables para la mujer, porque por supuesto nunca estamos hasta la una de la mañana en la universidad, no tenemos traslados involuntarios, si yo quiero dejar una universidad e irme a otra es mi decisión. En las empresas japonesas, por orden de la compañía, se trasladan cada dos o tres años dentro del país y también al extranjero. Se vuelve muy complicado si las dos partes están en ese ritmo. De manera que sí, hay enormes progresos.

–¿Es un cambio en las mujeres o en la sociedad?
–Ha cambiado el rol de único proveedor que tenía el varón. No es tan seguro como en otros tiempos. Desde los '80 para acá, Japón está experimentando cambios en su economía. Sobre todo pérdida de su competitividad en sectores claves. Japón tenía un sistema de empleo de por vida; cuando una persona ingresaba a trabajar en una compañía, era hasta su jubilación empleado de la misma firma. "Cesantía" es una palabra desconocida en las empresas japonesas. Grandes conglomerados pueden reubicar a su personal en épocas de crisis, debido a su gran organización. Esto está cambiando. El varón no se siente tan seguro de sí mismo como antes. Esto ha generado una mayor flexibilidad para aceptar la idea de una pareja en la que los dos trabajen.

–¿Cómo se han puesto de manifiesto los cambios?
–Me parece que en cuanto a los cambios no se los puede dejar de relacionar con las expectativas para darles un justo valor. Lo que la mujer espera del varón. Hasta ahora, en Japón estas han sido satisfechas: que sea un buen proveedor. Que trabaje con empeño y que provea a su familia de bienestar. Esto se ha modificado con la crisis económica y con la difusión de otra imagen de pareja a través de los medios.

–¿Cuáles son las nuevas expectativas en cuanto a las parejas?
–Los medios han comenzado a difundir conceptos ajenos a la cultura japonesa, como la idea del amor romántico, o niveles altos de comunicación entre los integrantes de una pareja. En Japón, los niveles de comunicación son bajos. Apareció un conjunto de expectativas nuevas de la mujer hacia el varón, que la ayude en el cuidado de los hijos. Los varones japoneses no han estado siempre preparados para responderlas. Creo que a la que mejor han respondido es a la del cuidado de los hijos.

–¿Los varones se hacen cargo de la crianza de los hijos?
–Te diría que hace 20 años, si veías una familia japonesa saliendo un sábado o domingo, lo normal era que el bebé era cargado por la madre. Hoy rara vez lo carga la madre, lo carga el padre. Hay una voluntad manifiesta del hombre de compartir más la crianza de los hijos, aunque una cosa son los deseos y las voluntades y otra son las posibilidades reales de hacerlo. El régimen de trabajo de Japón no es favorable para esto.

–¿Esto es porque el rol de las mujeres se ha modificado?
–En las bases no, la sociedad sigue sosteniendo que la responsabilidad de la educación y el cuidado de los hijos sigue siendo de las mujeres. La valoración social de la mujer viene sobre todo de su éxito como madre.

–¿Cuáles son las principales diferencias en el sistema educativo y en la valoración de la educación entre ambos países?
–Deberíamos hablar 700 días al respecto –se ríe–. Trataré de resumirlo. Por empezar, cero analfabetismo, cero ausentismo escolar, cero deserción escolar. Con esto ya estaría explicada una parte. Enorme centralidad de la educación en la organización familiar. Todos los otros planes se subordinan a la educación. Por ejemplo, una familia japonesa acepta gustosa dejar de lado las vacaciones en pos de una mejora en la educación de los hijos. Los chicos muchas veces tienen cursos para avanzar en la educación formal: oratoria, matemática, por mencionar algunos.

–¿En Japón, qué consecuencias tiene el hecho de no estudiar?
–Por empezar, no estudiar se reduce a no asistir a una universidad. Esto es condenarse directamente a realizar trabajos físicos. El valor diferencial viene dado por el prestigio de la universidad en la que se estudie.

–¿Es paga la educación?
–Sí , por supuesto, no hay nada gratuito. Sin embargo, hay muchas facilidades para ayudar a las familias a que los hijos estudien. Por ejemplo, préstamos a bajísimo interés para la educación de los hijos, para pagar el costo de las escuelas y las universidades.

–Es un valor social.
–Es un tema totalizador, que abarca la vida de las familias, sobre todo la vida de la madre. En Japón, ir a la escuela no significa sólo las horas en las que el niño se encuentra físicamente en el edificio escolar sino que se prolonga en la casa, en las actividades extraescolares, muchísimas tareas, y esto de suspender las vacaciones para que los estudiantes se preparen mejor. La madre es la que monitorea esas actividades.

–Pero supongo que hay personas que se dedican a trabajos más bien técnicos.
–Por supuesto, pero para esto también se perfeccionan. Los japoneses son un pueblo que piensa que nada se debe hacer si no se sabe cómo, o dicho de otra forma, que sólo se hace lo que se sabe hacer. En Japón esta es una verdad de Perogrullo. Por ejemplo, las personas que hacen algún tipo de trabajo físico realizan cursos que los preparan para esta actividad. Hay una seguridad mutua. Cuando uno requiere un servicio, está completamente seguro de que el otro es un profesional y que nadie se aventura a hacer algo que no sabe. Son muy rigurosos. Una persona que uno contrata para sacar las hierbas del jardín no corta de ninguna manera una rama, porque para esto hay otras personas preparadas.

–En cuanto al trato coloquial, ¿cómo se desenvuelven?
–La cultura japonesa repudia el contacto físico. Yo jamás vi a una madre japonesa darle un beso a un hijo, ni a una pareja de la mano. Tampoco son de frecuentarse entre parientes; ellos piensan que no tener noticias de la familia es la mejor noticia que pueden tener, porque significa que todo está bien.

–Es muy diferente a la forma en que vivimos nosotros.
–Sí, pero si uno se acostumbra está todo bien, porque los sentimientos son los mismos. Es cuestión de aceptar la relatividad de las culturas, y sus modos de expresión. Yo tengo dos hijos, ambos son médicos. El mayor vive en Estados Unidos, tengo nietos. Y la verdad es que son chicos muy normales, esto no los afectó.

-Prohibido tocar. Una de las grandes diferencias con nuestra cultura es que los japoneses rechazan el contacto físico. Nadie se besa ni se hace una caricia en público, ni a los niños.
-El varón cambia. Los varones japoneses siempre fueron los proveedores de la familia. Pero desde los '80 esto ha cambiado: las mujeres trabajan y ellos también se encargan de los hijos.

Su perfil
Catedrática. Marta Pena estudió Licenciatura en Ciencias Políticas en la UNCuyo. Se graduó con honores. Al mismo tiempo que terminaba sus estudios, conoció a su marido, Hiroshi Matsushita, de origen japonés.
Se trasladó a vivir a Japón, lugar en el que reside desde los '70.
Se desarrolló como profesional en la academia japonesa, trabajó en docencia en diversas universidades e investigó sobre la temática en la que más ha abrevado: el pensamiento político latinoamericano y temas de sociedad y cultura latinoamericanas.
Se jubiló como profesora en la Universidad de Doshisha, en Kioto, pero dirige aún tesis académicas.
Además es autora de diversos libros, entre los que se destacan los de edición argentina Romanticismo político hispanoamericano y el primer estudio comparativo en el área del pensamiento sociopolítico entre Japón y Argentina Sarmiento y Fukuzawa. Dos forjadores de la modernidad.
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