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domingo 23 de julio de 2017

Una artista mendocina de vanguardia que ha logrado unir el arte y la tecnología

Ganadora del premio al mejor trabajo de la región de Cuyo de la Plataforma Futuro, un programa del Gobierno nacional que ofrece apoyo al proceso creativo experimental.

Cuando era una niña, Angie Villé vivía viajando. Su familia se cambiaba con frecuencia de lugar de residencia, pero también viajaban por placer, aunque era un placer algo incómodo. Se compraron un motorhome un poco desvencijado para vacacionar. Digamos que se trataba de una familia nómade y aventurera. Desde pequeña aprendió a subirse en esos vehículos, en los que no sabía qué podía suceder en el transcurso del viaje, porque muchas veces se rompían y costaba conseguir los repuestos.

Si bien esa incertidumbre la acompañó en su infancia, el arte fue el ancla que arrojaba en cada ciudad en la que vivía, y el hilo conductor que la traía a una realidad que no variaba: la de sus lienzos, papeles y pinturas. De sus padres también adquirió la curiosidad por la tecnología y la necesidad de que ambos tópicos formaran parte de su vida.

Así, el año pasado ganó el premio al mejor trabajo de la región de Cuyo de la Plataforma Futuro, un programa del Gobierno nacional que ofrece apoyo al proceso creativo experimental.

Con este incentivo pudo comprar una impresora 3D y convertir en objetos a los personajes que rondaban en su cabeza y en sus dibujos desde hacía tiempo. De esta manera, se transformaron en realidad palpable sus combies y su serie de personajes tipo humanoides que viajan sobre ellas, disfrazados, inmóviles y sin destino fijo.

Conversando con ella, una accede a ese universo lúdico, un tanto infantil pero teñido del siniestro desasosiego de no saber muy bien dónde vamos a ir a parar a través de ese viaje complejo que es el arte vanguardista.

–¿El arte siempre formó parte de tu vida?
–Cuando era chica, mi familia viajaba mucho, primero vivimos en San Juan, después nos fuimos a Chile. En cada lugar al que iba me buscaba talleres de pintura. Cuando salí de la secundaria empecé a estudiar Abogacía y me di cuenta de que no era para mí. Entonces, comencé a estudiar Arte en la UNCuyo.

–¿Cómo diste tus primeros pasos artísticos?
–Mi primer maestro de pintura fue José Bermúdez. Yo fui su única alumna por insistidora. Fui varias veces a su taller, y le dije "yo quiero aprender". Iba a tomar clases con él los sábados en la mañana, después también iba los miércoles. Así fue durante cuatro años.

–¿Qué aprendiste de Bermúdez?
–Mucho desde lo artístico, pero también aprendí a tener una gran disciplina. Él es un artista súper riguroso en ese sentido, tiene un horario estricto para trabajar. Posee una estructura para desarrollar una obra, aunque parezca que la hizo espontáneamente tiene muchísima elaboración previa de bocetos y más bocetos, hasta que logra obtener lo que busca. Fui captando todo eso y lo incorporé a mi forma de trabajar y lo más importante, aprendí que el arte puede no ser un hobby, que una persona que se quiere dedicar a esto, lo puede hacer en forma profesional.

–¿Y de tu formación universitaria qué rescatás?
–La universidad me permitió conocer a muchos artistas. Todos los profesores son artistas, sobre todo en materias que tienen que ver con la práctica. Yo seguí pintura y en quinto año me gané una beca para irme a estudiar a México.
–¿En qué te especializaste allí?
–La beca fue para estudiar arte contemporáneo y también me formé en la elaboración de proyectos artísticos, es decir en tomar la obra con base a una idea y reelaborarla como si fuera un proyecto.

–¿Cómo fue que llegaste a relacionar el arte y la tecnología?
–Cuando egresé me postulé como adscripta en una cátedra de Edición, en la que hicimos arte y tecnología.

–¿Llegaste un poco por accidente al tema de unir estos dos aspectos?
–No, en realidad a mí la tecnología me interesa desde siempre. Mis papás son contadores y fueron de los primeros que tuvieron en Mendoza un centro de cómputos, en que trabajaban liquidando los sueldos a los empleados de las municipalidades. Cuando era un bebé me dormía con el ruido de la impresora de puntos.

–Casi como que el sonido de las computadoras te acunó.
–Sí, literalmente. Cuando iba a la escuela me hacía mis propios papeles de carta con dibujos usando esas computadoras.

–¡Fuiste una vanguardista desde niña! ¿Y en la universidad cómo aplicaste esto?
–La profesora titular de la cátedra tenía en mente realizar un proyecto al que había denominado "Arte al alcance de la mano". En el 2008, todavía no existían los smartphones, y lo que ella me proponía era que el arte digital llegara a la gente de alguna manera que no fuera imprimiendo las obras. Estudiamos un poco la obra de Santángelo, un pionero en estas técnicas, y también invitamos a otros artistas a compartir su obra hecha digitalmente. Armamos una página web y también desarrollamos una técnica para bajar la obra de estos artistas a los celulares. Esto fue muy vanguardista para la época.

–Lo que hacés ahora, de aplicar el trabajo con una impresora 3D también lo es.
–Sí, y al principio es muy frustrante, porque no tiene nada que ver con cómo se trabaja con otro tipo de programas. Vos vas diseñando algo y creés que está todo bien, y cuando lo ves, no quedó como vos querías. Tenés que girar la imagen todo el tiempo.

–¿Tenés que modelar también en tu cabeza?
–Yo utilizo mucho las imágenes de referencia. Realizo mi boceto de frente, de ambos costados y de atrás y con esto me voy guiando para realizar el modelado.
–Me llaman la atención las imágenes de las combis, que están muy presentes en tu obra.
–Quizás tenga que ver con que cuando era chica con mi familia viajábamos tanto que teníamos una casa rodante. Después compramos un motorhome, que se rompía todo el tiempo. Una vez a mis padres se les ocurrió ir a las Cataratas, fue terrible, se rompía, no conseguíamos los repuestos.

–¡Para una niña esa aventura debe de haber sido muy divertida!
–Pero llega un momento en que se vuelve cansador. Tanto es así que ahora, a pesar de que me gusta viajar y que disfruto del intercambio, me cuesta mucho salir de mi casa, yo creo que me las arreglo para que mis obras viajen más que yo.

–Me llama la atención esta especie de niños disfrazados que se repiten en tus trabajos, ¿son personajes estables en tu obra?
–Son humanoides, pero no son humanos. Cuando los empecé a dibujar, no sabía bien qué eran ni a dónde iban. Me empecé a dar cuenta de que iban a algún lado porque siempre están viajando (arriba de los techos de las combies, por ejemplo) pero no lo hacían por su propia voluntad (en muchas pinturas aparecen atados, o atascados en peñascos).

–¿Pudiste resolver estas dudas? –En verdad esas dudas son disparadores de cuestionamientos que me hago todo el tiempo. Porque un poco la idea de esto es plantearnos qué somos nosotros, y qué papel está jugando la tecnología en cómo nos relacionamos. Me parece que aparecemos en grupos haciendo ciertas cosas, como ciertos ritos que nos parecen comunes, y me imagino que si nos viera un ser de otro planeta creería que es muy raro lo que hacemos.

–En cuanto a lo técnico, ¿el proyecto cuenta con distintas instancias?
–Es un trabajo en etapas. Primero lo boceto, después digitalizo esos dibujos, los trabajo con el programa 3D, algunos se convierten en objetos, y después a esos objetos les saco fotos, que se imprimen en gran tamaño.

–Algunos personajes tienen un acabado como de laca.
–Me interesaba que se vieran como si fueran la pantalla negra de los celulares, como en la serie Black Mirrow. En realidad me gusta mucho ese concepto porque es en lo que uno se ve reflejado todo el tiempo.

–Tu obra es muy conceptual.
–Trato de plantearme cosas a través del arte, en definitiva el arte es para eso. Con "Musas en ataque de pánico", que fue una serie de pinturas que hice en principio para el MMAM (Museo Municipal de Arte Moderno) y luego cuando se inundó y cerró, tuve que posponer la exposición, me interesaba mostrar que detrás de la aparente tranquilidad de las musas que inspiraron a grandes pintores –el caso de La joven de la perla, de Vermeer, La Mona Lisa o la Marilyn de Andie Warhol– se esconde una parte siniestra, no desarrollada, que no se ve a primera vista, pero que está por abajo y que a través del arte se puede mostrar.

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