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domingo 10 de julio de 2016

Un mural perdido en el bar de un pueblo

La anécdota, por Federico Arcidiácono

Los escultores trabajamos bastante en soledad. Los encuentros con colegas son casi como una excepción en nuestras vidas. Sin embargo, terminamos esa semana de creación, de compartir lo que hacemos, nos despedimos y generalmente no se dan cierres festivos o esas cosas que pasan en otras ramas del arte.

Pero un encuentro de escultores fue distinto y lo recuerdo cada vez que organizo el Encuentro de Escultores en Mendoza.

Resulta que hace unos siete u ocho años me invitan a participar de un encuentro en un pueblo chaqueño que se llama General San Martín y está ubicado a 200 kilómetros de la capital de Chaco.

Mientras se desarrollaba el evento, que duraba ocho días, los escultores cruzábamos a un bar típico de un pueblo, ubicado frente a la plaza y a media cuadra de la Iglesia.

Usábamos ese bar para ir al baño y para alimentarnos.

El bar tenía en una de sus paredes una chapa enorme que antes había sido una barra y la habían sacado. Era una chapa negra de tres metros de alto por cuatro de ancho, y hasta tenía un marco de madera.

Todos los días veía la chapa y me atraía para pintar algo, hacer algo con ese material, era como que estaba ahí, listo para convertirse en mural.

Entonces, una noche me acerco al dueño, me presento y le propongo hacer una obra con esa chapa.
El hombre me miraba raro, me decía que él no entendía de arte, tenía un poco de miedo por lo que yo podía hacerle.

Le expliqué que iba a hacer algo figurativo, al otro día le mostré mis trabajos y lo que estaba haciendo en el encuentro de escultores de su pueblo, y lo convencí, se prendió. Le tiré la lista de materiales que necesitaba: un esmalte amarillo, otro rojo, otro verde, otro negro, un poco de agua ras, unos pinceles; y él salió a comprar todo.

Yo ya tenía la idea en la cabeza, le hice unos bocetos y manos a la obra. Mientras participaba del encuentro, en mis ratos de descanso y por las noches-madrugadas, hacía el mural en el bar.

Yo no quería plata, quería con eso agradecerle a los organizadores del encuentro y al pueblito en general por haberme invitado y por llevar adelante la iniciativa artística.

Un día, una siesta de esas que estaba pintando en el bar en mi rato libre, se aparece uno de los organizadores del encuentro, que era un hombre mayor y no le gustó para nada lo que estaba haciendo. "No te invitamos para esto, qué estás haciendo, bajate ya de la escalera", me ordena. Le expliqué como pude que había hecho un arreglo con el dueño del bar, que era en mis horarios libres, de descanso, y él seguía interpretando que yo estaba haciendo una changa en el lugar. "Eso está muy mal", me regañaba.

Y yo no quería quemar mi sorpresa, así que con el dueño del bar lo convencimos y me dejó terminarlo.
Al final, el último día del encuentro nos fuimos todos a comer al bar, a la noche, y ya se corría la voz de que yo estaba haciendo una changa mientras participaba del encuentro. Así que me paré en medio de la comida y le anuncié a todos mi regalo, inclusive había gente del pueblo, estaba lleno el bar.

"Miren, este mural es en agradecimiento a lo que hacen en estos encuentros, a los vecinos de este pueblo y para que esta obra quede como recuerdo de que el arte nos une. Ahora los invito a brindar", dije y para qué, fue una fiesta. Terminamos todos felices, la gente del pueblo brindando con nosotros. Fue hermoso. Ahí quedó el mural, como quedan los buenos recuerdos.

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