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lunes 13 de junio de 2016

Un Borges criminólogo

Con motivo de los treinta años de su muerte Buenos Aires, Madrid, Nueva York, París y otras ciudades menos estridentes recuerdan la obra de Borges. Entre ellas Ginebra que le permitió morir el 14 de junio de 1986 de la manera que vivió, rodeado de literatura como Sócrates de filosofía luego de la condena, una muerte que el escritor consideró más grandiosa que la de Cristo. La susurrante ciudad, como él la llamaba, le rinde homenaje en el Cementerio de los Reyes, cerca de Juan Calvino y de otro argentino, el compositor Alberto Ginastera.

Borges quería "morir del todo" pero por arte de otra de sus célebres paradojas, esta vez póstuma, a pesar de tres décadas no sólo no ha podido ser olvidado sino que renace una y otra vez. Distintas lecturas de su obra han engendrado un Borges filósofo, medievalista, otro crítico literario, un científico, matemático y profesor, también polemista y hasta humorista. Aunque cueste creer desde determinadas posiciones sociales y políticas se ha propuesto, además, un Borges orillero o marginal.

En este año número treinta del borgeano adiós está naciendo un Borges criminólogo, interesado como Sherlock Holmes en los misterios de la realidad criminal. Pero a diferencia del famoso detective de Conan Doyle, este incipiente Borges trasciende el delito y su protagonista, no se conforma con la solución de un enigma detectivesco.

Para graficar esa antinomia en términos políticos de seguridad y, de paso, justificar la actualidad de este nuevo Borges, el detective inglés podría despertar interés (con perdón de Sir Arthur) a la política de mano dura o tolerancia cero. La inteligencia de Holmes no soporta que el autor y el motivo de un crimen no sean descubiertos. Esa inteligencia empíricamente infrecuente, se basa en una extraordinaria observación de detalles en el lugar del hecho, en el laboratorio de química o en la sala de disección, con el instrumental de las ciencias experimentales, la cinta de medir, una potente lupa, la linterna de bolsillo, un tubo de ensayo y de vez en cuando un revólver.

Con reconocida ignorancia de literatura y filosofía, ambas disciplinas que acompañaron a Borges desde su niñez, Holmes no se cuestiona cómo ni por qué se llega al delito, tampoco el papel de la sociedad en el proceso de construcción de la delincuencia, menos la complicidad del Estado en la realidad criminal que este agudo detective, como nadie, ayudó a registrar en las estadísticas oficiales.

La literatura de Borges, por el contrario, ridiculiza ese método científico con el cronométrico Ireneo Funes de su cuento ficcional, imposibilitado de razonar y elaborar conceptos por culpa de una memoria que atrapa la realidad en sus mínimos detalles. Holmes y los criminólogos que nutren a los intolerantes de mano dura, creen en la naturalidad del delito y del delincuente, Borges, por el contrario, desconfía de la realidad en sí misma o, mejor, de una interpretación ajustada a la realidad. A raíz de esa desconfianza disuelve aquellas dos categorías conceptuales: el delito es un misterio y el delincuente una abstracción legal.

Matar y procrear, para esta literatura, son acciones asimilables por la infinita responsabilidad que entrañan, al extremo de que nada valen el remordimiento ni la vanagloria. Tampoco el castigo, dirigido a la ficción jurídica "el asesino" pero no al desgraciado de carne y hueso que terminó con la vida ajena. Si el delito es un misterio o, en palabras de Borges, si el delito es pudoroso como la vida, no hay racionalidad posible en la aplicación del castigo, salvo que la sociedad se conforme con un concepto de justicia basado en abstracciones legales.

Por otra parte si el delito y el delincuente son realidades naturales, tienen que ser merecedores, lógicamente, de un destino igualmente natural. Ocultando los intereses políticos, económicos, comerciales, expiatorios y discriminatorios que posibilitaron su nacimiento en versión moderna, la cárcel se ha apropiado de ese destino humanamente incuestionable. No obstante esa institución adquiere en Borges un sentido totalmente diferente, con el cual se convierte en uno de sus laberintos preferidos, o en el arquetipo de todos ellos: un lugar construido para confundir.

La política carcelaria moderna se esfuerza por edificar la simetría perfecta en el interior del presidio, continuando con la utopía panóptica de Jeremías Bentham de reproducir en miniatura el orden controlado de la sociedad libre. Borges, en cambio, sospecha de las simetrías porque son la fachada que ocultan la confusión y el desorden. Es por esta razón que en la obra borgeana no existe un único orden sino la postulación de varios posibles, uno de los cuales está representado por la insólita clasificación china que ocasionó tanto asombro al filósofo francés Michel Foucault, al trastocar el orden acostumbrado de las cosas.

A diferencia de Sherlock Holmes y de los cazadores de delitos y delincuentes que ganan consenso con la recompensa carcelaria, Borges pone en jaque a esas dos categorías conceptuales y subvierte el orden carcelario. También el resto del orden criminológico y jurídico, al retratar a cuchilleros, malevos, homicidas y personajes marginales con rasgos del héroe épico, caracterizados por el valor, la inteligencia o el papel de víctimas de la injusticia social.

El comúnmente denominado garantismo penal defiende las garantías como protección de los derechos subjetivos de todos los ciudadanos. No parece el término más apropiado para oponer esta literatura a la de Conan Doyle, ya que la obra borgeana conmueve la realidad y el orden normativo e institucional sobre el que es concebido ese garantismo. Para mayor diferencia, promueve la desaparición del Estado del cual provienen esas garantías jurídicas.

Existe un pensamiento criminológico más cercano, pero no conviene pronunciarlo por ser, hoy, políticamente incorrecto, y el desprevenido lector se privará del placer de esta literatura por una pasajera incomprensión. Recordemos entonces esta obra dando la bienvenida a un Borges que se ha propuesto enriquecer la denominada criminología cultural.

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