Mendoza - Las Heras Las Heras
viernes 26 de agosto de 2016

Santiago Kovadloff, un hombre reunido para cosechar poesía

Como cierre del Ciclo Planeta-Canal 7, el poeta, ensayista, escritor y filósofo presenta el libro que reúne su obra poética completa.

Pocos hombres tienen la capacidad de hablar como escriben, sin los artificios o la arrogancia que vaciarían de simplicidad la comunicación, la charla que se parece a la que se tiene con un amigo, café de por medio. Quizá por su condición de filósofo, poeta y ensayista, Santiago Kovadloff tiene este extraño don. Y, si seguimos con las especulaciones, tal vez esta precisión hace que sus poemas tengan esa redondez de la palabra exacta.

Por eso es una ocasión especial para sus antiguos lectores y para aquellos que aún no lo han descubierto, tener su obra poética completa en Hombre reunido, el libro que el escritor presenta hoy como cierre del exitoso Ciclo Planeta-Canal 7, que durante todo agosto acercó a los mendocinos autores como el historiador Felipe Pigna, el periodista Hugo Alconada Mon y el doctor Daniel López Rossetti con sus más recientes obras, en estas charlas que estuvieron organizadas por la Municipalidad de Las Heras y contaron con el auspicio de Diario UNO y Radio Nihuil.

Más allá de la literatura y la filosofía, en este último encuentro del ciclo Kovadloff también reflexionará sobre actualidad política, algo que ya ha plasmado en sus anteriores libros, como Las huellas del rencor.

La belleza de lo inasible
–Siempre nos han dicho que la filosofía hace las grandes preguntas sobre la existencia del hombre. ¿La literatura no aporta también buena parte de estas preguntas?
–Basta pensar en Sófocles, en Shakespeare, contemporáneamente en un Jorge Luis Borges o en un gran poeta como Carlos Drummond de Andrade en Brasil. Las grandes preguntas se reconfiguran en distintos géneros, nos son preguntas exclusivas de una modalidad u otra, sino que van adquiriendo en distintos campos, distintas configuraciones, desde la astronomía hasta el psicoanálisis, desde la literatura hasta la filosofía y la antropología contemporánea, esas preguntas son orientadoras y al mismo tiempo señalan la perpetuidad de un dilema fundamental, que es lo que la existencia humana tiene de finalmente inabordable para una comprensión que pretenda ser absoluta.
–¿Lo fascinante sigue siendo lo inasible de esas preguntas?
–Así es, y yo creo que lo inasible se pone de manifiesto como la gran evidencia que arrojan los intentos de enunciación que de distintos modos lleva a cabo el hombre, incluyendo la música. Porque la música es quizá lo que San Agustín definía de manera tan maravillosamente y que es el hecho de que "colma nuestra vida de sentido, pero no tiene ninguna significación". Y esto de que nuestra vida musicalmente interpretada sea al unísono la expresión de una plenitud de sentido y de una imponderabilidad en términos de significado dice bastante bien acerca de ese imponderable que somos nosotros mismos.

–¿Qué lugar ocupa la felicidad entre esta plenitud de sentido y lo imponderable?
–Recordaba una página memorable de Baudelaire donde decía que hay mañanas en las cuales él se despertaba y abría los postigos de su ventana y sentía la intensa alegría de vivir sin que esa alegría estuviera motivada por alguna causa estrictamente personal, por algún motivo que tuviera que ver con un logro o una satisfacción biográfica, era poder respirar el aire de la mañana y sentir que vivir era verdaderamente una ofrenda. Yo creo que ese sentimiento de plenitud que muchas veces nos da la vida, junto con otros que son un poco más amargos, tiene que ver con algo que en filosofía se trabaja con mucha insistencia, que es el asombro. Ese sentimiento de estar aquí, vivos, de ser existencia que transcurre en el tiempo es un milagro y el verdadero milagro consiste en haber sido uno, por una única vez.

–En el prólogo de "Hombre reunido" afirma que "cosechador" dice más que la palabra "poeta". ¿Qué es lo que ha cosechado a lo largo de estos libros de poemas?
–La cosecha ante todo ha sido esta posibilidad de que la poesía me visite como propuesta a lo a largo de una vida ya larga. Yo temía, cuando era adolescente, cuando empecé a escribir, que con los años fuese mermando en mí la necesidad expresarme poéticamente y no fue así. Siento la necesidad de expresarme constantemente y esto es la primera cosecha fundamental que me llena de gratitud hacia la vida, el poder transformar la experiencia del tiempo e incluso la de la vejez, –yo ya tengo 73 años–, en una posibilidad inspiradora, en un estímulo para la expresión. Después lo que he cosechado y esto es aún lo más valioso, es la gratitud infinita de muchas personas que se han apropiado, literalmente, de mis poemas a través de la lectura y han hecho de ellos parte de su propia iluminación, de su propio acercamiento hacia la vida.

–A veces uno lee un poema y lo relee años más tarde e impacta de manera muy diferente, como si fuera otro. ¿Como autor lo advierte de esta forma?
–El destino más grato que puede recibir un escritor es advertir que la hospitalidad de quien lo lee consiste primordialmente en transformar en personal, en propio, aquello que uno ha volcado sobre el papel y la observación suya acerca de que la significación del poema se reconfigura según el momento que uno vive, es también muy cierta. Me hace acordar a una anécdota muy bella que cuenta Charles Dickens en su biografía. El dice que cuando tenía 17 años se fue de la casa de sus padres porque no los soportaba más y volvió a los 28 porque ellos estaban cambiadísimos (risas). El que ha cambiado es verdaderamente uno. El texto es una propuesta abierta, que va buscando quien quiera habitarlo. La dimensión metafórica de todo el lenguaje permite precisamente esa alquimia infinita que es la interpretación.

–El poema, a diferencia de la narrativa, pareciera que no puedo leerse rápidamente, como para terminar de elaborar todo aquello que va diciendo y cómo lo va interpretando el lector. ¿Es diferente en esto a la narrativa?
–Creo que la novela, la narrativa, también pide un demorado tiempo de lectura, lo que ocurre es que la novela se presta mejor a un equívoco, a la presunción de que uno puede leerla con los ojos y no con la voz –como decimos que debe leerse la poesía–. Esto hace que nos deslicemos por las páginas a veces a una velocidad inversa a la que demandaría la responsabilidad de habitar las palabras, la construcción, la calidad del texto. Se ha dejado de leer teatro por la misma razón que se ha dejado de leer poesía, porque el teatro pide la voz. Por eso digo que la novela se ha prestado a un equívoco –que no es de ella, es de la época– de que los ojos bastan para abordar el texto.

Cuándo: viernes a las 20
Dónde: Salón Islas Malvinas (San Miguel 1540, edificio municipal, Las Heras)
Entrada libre y gratuita hasta colmar la capacidad del lugar
Producción general: Marcelo Franganillo Comunicación
Fuente:

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