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viernes 19 de agosto de 2016

Rivadavia sueña un museo en la bodega Gargantini

El Municipio analiza un ofrecimiento para quedarse con el histórico edificio que supo ser el más grande del país.

La Municipalidad de Rivadavia estudia un ofrecimiento para adquirir el histórico edificio de la bodega Gargantini, hoy abandonada pero que supo ser la más grande del país y los viñedos más extensos del mundo.

"No nos hemos puesto a evaluar detenidamente este ofrecimiento, pero no deja de ser muy interesante y atractivo recuperar este establecimiento", reconoció hace unos días el intendente de Rivadavia, Miguel Ronco, al ser entrevistado en una radio.

"Es una bodega con mucha historia y con sentimiento, que tiene una profunda relación con la vida de Rivadavia y de la provincia", dijo el jefe comunal, que a pesar del entusiasmo aclaró que el proyecto de compra "no es una prioridad", pero estudiarán todas las alternativas. "Imaginamos allí al Museo del Vino", acotó, y prefirió no hablar de cifras.

El ofrecimiento a la Comuna fue por los edificios históricos de la bodega, un gran galpón de empaque que fue la última construcción levantada en el lugar, una perforación en funcionamiento para la provisión de agua y las 30 hectáreas aledañas. Al Municipio sólo le interesan los edificios y la perforación y una de las posibilidades que se estudian es hacer un acuerdo con un inversor privado que adquiera las 30 hectáreas y el galpón y que comparta la utilización de la perforación.

El destino de esos edificios sería la de museo y atracción turística, ya que una supuesta recuperación de las instalaciones para que vuelvan a cumplir su función original de bodega significaría una inversión millonaria y muy superior a la compra en sí misma ya que están muy deteriorados por el abandono y por el incendio que en 1999 consumió gran parte de sus instalaciones.

La historia
Bodegas y Viñedos Gargantini fue mucho más que una empresa. Hoy, quienes viven en la zona se definen como "gargantinianos". Tan importante fue.

El fundador, Bautista Gerónimo Gargantini, nació en 1861 en Lugano, capital del cantón suizo de Ticino. Era albañil y pintor de brocha gorda y en 1883 llegó a Buenos Aires buscando un mejor futuro. Trabajó un tiempo como albañil, pero después resolvió radicarse en Mendoza. Vendió fiambres y embutidos en el Mercado Central y fue en esa época que conoció a Juan Giol y Pascual Toso. Allí comenzó todo. Decidieron incursionar en la elaboración de vinos.

Comenzaron con una pequeña bodega en Guaymallén, después invirtieron en 48 hectáreas en Maipú y en 1906, ya consolidada la sociedad Gargantini-Giol (Toso había decidido separarse), adquieren 1.922 hectáreas en Rivadavia y en 1910 otras 3.098, con la bodega La Florida, ya construida.

A los 50 años Gargantini decidió regresar a Suiza, pero ya había dejado en Mendoza y especialmente en Rivadavia el germen de su espíritu pujante: los viñedos y la bodega y también a su hijo Bautista, que potenciaría la compañía y la región.

Bautista, nacido el 11 de noviembre de 1891, generó un amplio desarrollo cultural y económico hasta 1950, en que dejó la dirección de la empresa a sus hijos Carlos y Alberto. El segundo de la dinastía hizo construir en sus terrenos la Escuela Provincial Nº16 y corrió con los gastos del personal y los insumos de maestranza y del comedor escolar.

Además, sin ser católico, construyó la capilla del lugar y también una maternidad, la sala de primeros auxilios con capacidad para alojar a 30 personas y fue el primero en crear un comedor para los obreros de la firma que atendía a cerca de 3.000 personas por día. Además donó terrenos para levantar barrios para sus empleados.

Además de vinos, se elaboraba champán fermentado en botella, mistela, grapa, alcohol y vinagre de uva, aceitunas envasadas y aceite de oliva, siendo en este rubro uno de los mayores productores a nivel nacional. Fueron los viñedos más grandes del mundo, con más de 1.550 hectáreas plantadas.

En el año '60 contaba con más de 980 empleados en forma permanente.

Según cuentan, Gargantini fue desmembrada lentamente. Las tierras fueron vendidas por parcelas y las instalaciones también fueron fraccionadas para vender o rematar. Después se bajó el matillo sobre todas las maquinarias, los muebles, las barricas y todo lo que pudiera ser extraído de las instalaciones. Solo queda por vender lo que ahora se le ofrece a la Municipalidad.

El sitio tiene un potencial turístico enorme, conjugando la historia con algún área que pueda ser rescatada para la elaboración en pequeña escala. Lo que es indudable es que Gargantini es reflejo de un país y que su actualidad, aunque dolorosa, es útil para sentir profundamente los aciertos y errores del último siglo y medio.
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