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lunes 11 de septiembre de 2017

Rescatarán más huesos de indígenas hallados en Malargüe

El año pasado puesteros encontraron el mayor entierro aborigen del Sur de Mendoza. Científicos iniciaron parte de la recuperación. En 20 días retomarán las tareas en la zona.

Hacía semanas que la creciente de agua había desenterrado huesos milenarios. Pero cuesta distinguir vértebras o pedazos de costillas y cráneos humanos entre los de chivos, vacas, ovejas y caballos. Antes en ese mismo lugar cayó un rayo que incendió una jarilla y dejó libre de matorrales una zona con vertientes de agua. Parecía como si la montaña hubiera querido mostrar los restos.

Fue una tarde de abril de 2016, después de realizar el último recorrido con los castrones por la sierra, cuando Pedro Poblete llegó a su casa informando el hallazgo. En la cocina Genaro le daba un último sorbo a la bombilla y le pasaba el mate a María, que miraba por la ventana. La mujer sostenía la vista en uno de los corrales, sobre las gallinas. Pensaba hacer una cazuela para la cena.

"A que no sabe papi lo que vi de vuelta para acá", dijo Pedro, y el hombre de 80 años se paró de la silla, salió a comprobar con sus ojos achinados lo que le contaba el único varón soltero de sus siete hijos vivos.

Caminaron en dirección a la cordillera hasta frenar sobre unos médanos alejados de una frondosa arboleda. Al llegar, algunas calaveras asomaban a la superficie. Estaban a la intemperie junto con tibias y fémures mezclados.

Entonces recordaron otros descubrimientos en las inmediaciones de ese sitio y llamaron al profesor Nito Ovando, que daba clases en la zona e hizo llegar la noticia a oídos de los científicos.

Días después, cuando se les informó a los mapuches de la existencia de uno de los entierros aborígenes más grandes al sur de Mendoza, sus descendientes interpretaron el hallazgo como una señal de los antepasados resistiéndose a ser borrados de la historia.

Resultados preliminares
Dieciocho esqueletos de 1.900 años de antigüedad, cristales de cuarzo, fragmentos de ónix pulidos y cuentas de collar de malaquita fueron desenterrados el 8 de setiembre del año pasado, en el norte de Malargüe. Realizó la excavación personal del Centro Regional de Investigaciones y del Museo de Historia Regional de San Rafael.

El hallazgo se produjo cinco meses antes por pobladores de Ojo de Agua, una localidad ubicada entre los ríos Salado y Atuel, a dos kilómetros en dirección oeste, saliendo de la Ruta Nacional 40. En ese lugar viven once familias dedicadas a la ganadería, que alquilan las tierras a un grupo empresarial malayo.

Observado desde la vista de un pájaro en vuelo, los huesos fueron encontrados en un sector que adquiere la forma de una punta de flecha, la misma que usaban para cazar los pobladores que caminaron por ahí miles de años atrás. Estaban a metros del único oasis que contrasta con la geografía desértica de los alrededores: un sitio en medio de esteros, llanuras salinas y anegadas, médanos bajos, bancos de arena y cerros pardos y ocres, cuya vegetación solo se explica por sus caudales de agua subterránea, el eje sobre el que gira la vida de loros, maras, zorros, lagartijas y víboras.

"Iba a ser un trabajo de dos o tres días", recuerda Nora Velázquez, esposa de Ramón Poblete, lo que dijeron los científicos, previo a iniciar el trabajo de campo. Pero no sucedió así y todos se sorprendieron por la cantidad de cuerpos en un mismo sitio. En 2008 se descubrió un entierro con seis esqueletos en Bajada de las Tropas. Hasta ahora, ese era el mayor hallazgo, que no fue superado ni por el de 2015, cuando la crisis hídrica dejó materiales a orillas de El Nihuil.

En Ojo de Agua se obtuvieron casi veinte esqueletos en buen estado y fueron extraídos porque estaban en peligro. Sin embargo, son más los que yacen en el humedal. Antropólogos entienden que son piezas inéditas para entender el pasado y por eso el 25 de este mes iniciarán la segunda parte de la exploración.

Así lo detalló la arqueóloga Eva Peralta, que realiza su tesis doctoral con los datos que surjan de este descubrimiento. "Los mapuches acompañarán el proceso con una ceremonia antes de la excavación", aseguró Gabriel Jofré, referente de esta comunidad indígena.

Los secretos en una cuadrícula
El esqueleto humano es una perfecta estructura formada por 206 huesos que proporcionan sostén al organismo y brindan protección a los órganos. Durante la muerte, es lo único que se conserva y permite conocer costumbres y hábitos en un momento histórico.

"Los huesos hablan por sí solos", cuenta Hugo Tucker en su oficina, una pieza cubierta por estanterías y cajas. Trabaja en Mendoza, pero se formó en Buenos Aires. Es el coordinador del Centro Regional de Investigaciones de Malargüe y participó en el desentierro indígena.

El arqueólogo explica que parte de la tarea de rescate consiste en armar una cuadrícula que adquiere la forma, de la escena de un crimen, ya que la información que surge de la excavación se pierde si no es recogida a tiempo. Después los análisis indicarán fecha, dieta, movilidad, enfermedades y genética.

"El resto humano tiene muchísimo para decir", insiste y detalla que puede saberse si esa comunidad comía plantas domésticas o silvestres, o animales; si vivían en altura o al nivel del mar, o si tenían alguna patología, entre otras cosas.

El paraje donde viven los Poblete registra antecedentes de otros hallazgos en los '80. Los fechados con carbono catorce arrojaron que los esqueletos pertenecían a habitantes de 1.500 años de antigüedad.

"La primera aproximación fue ver el sitio para definir el rescate o si se podía emprender otra acción. Lo que se hizo fue asegurarse de que los restos no se pierdan al corto plazo", cuenta Tucker y aclara que para los científicos, son un objeto de estudio, pero para otras personas no. Por eso, el proceso no puede realizarse sin que se cumplan los protocolos de avisar a la Dirección de Patrimonio y a los pueblos originarios.

La india de los cristales
En el lugar estaban los Poblete, los Baigorria, los Canales y los Rojas, entre otros vecinos, atentos al trabajo de los arqueólogos. Cada tanto se acercaban a observar el tesoro que desenterraban con sus palas, espátulas, cucharas y pinceles.

Los científicos habían llegado temprano y tras delimitar el espacio, cavaban delicadamente para no dañar ninguna pieza. Tras horas y mucha paciencia se iban asomando esqueletos milenarios. Había huesos desordenados en una de las fosas y en la otra, un cuerpo extendido de cúbito dorsal, adornado con una pulsera y un collar hechos de piedras preciosas. Sobre su pecho tenía apoyado un cuerpo pequeño.

"Es una india", dijo alguien. "La india de los cristales", se extendió entre todos. Mientras tanto, las voces de los niños que jugaban y correteaban cerca, y el ladrido de los perros espantaban la comunidad de loros barraqueros, desacostumbrados a la presencia de gente cerca de sus castillos de arena.

El profesor de historia
La forma que asume un entierro está íntimamente ligada a la cultura de un pueblo. A lo largo de la historia, en distintas etapas y regiones, se han descubierto diferentes ritos funerarios. En las comunidades andinas la muerte es parte de la vida, es la continuidad del ser en la totalidad universal. Esta concepción se refleja en las ceremonias que realizaban los pobladores cuando moría un miembro de la tribu.

"Enterrar a los finaditos estiraditos y boquita arriba lo aprendimos del catolicismo, pero los indios lo hacían de otro modo", dice Ernesto Ovando, después de acomodarse más cerca de una fogata que arde. Está junto a su pareja en el lote donde construyen su casa. El Nito es oriundo de Malargüe y en él perviven rasgos originarios: su padre es descendiente de comunidades bolivianas y llegó en los '70 a trabajar en la minería. Su madre era puestera de sangre mapuche.

"Soy un indio del siglo XXI", se define y se presenta como un "aprendiz de historiador", aunque pasó por la universidad y obtuvo todos los títulos. Su especialidad es la historia oral y fue testigo del trabajo que se hizo para retirar los cuerpos. Sus palabras están despojadas de tecnicismos, es humilde y sabe conjugar el saber académico con la experiencia de haber recorrido el continente en moto.

Nito acomoda el fuego para que el humo no le dé en la cara y mientras atardece y el cielo va tomando una combinación de colores celeste, vainilla y rosado, continúa explicando que parte del conocimiento mapuche está construido por lo que heredaron de la tradición oral y que la mayoría de esos entendimientos se fueron perdiendo.

"En los Poblete se descubrieron dos sectores de entierros. En uno estaban todos los cuerpos mezclados y en el otro había una india", expresa lleno de emoción y se le ilumina el rostro de asombro. Es como si no pudiera quitarse de la mente aquella imagen. "A mí me gusta llamarle la india de los cristales, porque había una mujer acostada, con los bracitos sosteniendo a un bebé en el pecho. Al lado tenía otro nene de cinco años. Ella traía puesto algo que no he visto en ningún otro entierro: piedritas de cuarzo, cristales bien armaditos y hexagonales atados en la muñeca y unas cuencas de collar. Se los habían colocado a propósito así. Debajo de los codos tenía piedritas planas".

Más tarde describe que cuando las familias se acercaron a curiosear, rodearon la excavación y empezaron a decir que era una princesa. A los pocos minutos, la noticia se difundió de boca en boca hasta crearse el mito erróneo, porque si bien en estos pueblos existían las jerarquías, no tenían nobleza, ni castas y por ende, tampoco ninguna princesa.

Ovando narra que en el otro sector, por la forma en que estaban los cuerpos, era posible diferenciar el modo de subsistencia de esos pobladores, ya que se hallaron esqueletos desarticulados y desordenados en una misma cuadrícula.

Como si estuviera frente a sus alumnos, ilustra que las comunidades originarias hacían un movimiento de nomadismo porque eran cazadoras y recolectoras. Se desplazaban en función del clima, buscando recursos y siguiendo el paso de los animales. Al no estar asentados a un territorio, llevaban los restos en un paquete funerario hasta encontrar el lugar preciso donde dejarlo.

"Limpiaban todos los huesitos y los descarnaban bien, los pintaban y decoraban, y después los metían en una bolsita de cuero de guanaco que acompañaba a la familia. Elegían un lugar húmedo y un año después, en un ritual, los enterraban", explica.

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