Mendoza - Guaymallén Guaymallén
viernes 30 de septiembre de 2016

Máximo Arias: con su cámara acarició el rostro de la gente sencilla.

De perfil bajo y amante de la naturaleza, este mendocino supo reflejar su concepción de la realidad mediante lo que quedaba atrapado para siempre con el objetivo de su cámara.

Sin dudas es una de las figuras más reconocidas de la fotografía social. Utilizó la cámara para acariciar el rostro y las almas de la gente sencilla que el ojo de la sociedad muchas veces ignora. Los colores del atardecer en un típico paisaje mendocino, las manos cansadas de un viñatero o la intensidad de las aguas de un río son sólo una pequeñísima parte de lo que este artista fue y es capaz de transmitir. Porque aunque físicamente ya no este, su arte y su obra, siempre nos acompañarán.

Máximo Arias nos dejó a los 72 años de edad. Sin embrago, es una ausencia relativa, porque su presencia inunda cada rostro y paisaje que aparece en sus fotografías y el alma de amigos, familiares y de la gente sencilla que lo recuerda con la sonrisa que él ofrecía en cada encuentro. El gran Máximo dijo una vez: "siempre quise mostrar mi gente, la tierra de mis ancestros, de mi sangre. Ando por el campo buscando la cultura de esa gente que ve el mundo diferente, que piensa diferente y, por lo tanto, hay que respetarlos".

Antes de emprender su vuelo Máximo Arias había inaugurado una muestra con unas 20 imágenes de su obra, algunas nuevas y otras clásicas, en las salas de arte Libertad (Guaymallén). Tenía en mente publicar un nuevo libro con fotografías que contaran la historia de los últimos 50 años de Mendoza, trabajaba en el desierto de Lavalle documentando la alfabetización de ancianos y su histórico puesto en San Martín y Garibaldi funcionaba como una especie de exposición permanente.

Nacido en Guaymallén por más de cinco décadas retrató la vida de Mendoza, recibiendo distinciones en salones nacionales e internacionales. Arias definió su obra como "una mirada social a los que nos pasa y que nadie quiere ver", y por eso destacó que la mejor manera de exponer su fotografía "es en la calle, donde pasa todo el mundo. El hombre de traje, el de los zapatos llenos de mezcla, el de alpargatas. Ahí todos tienen el acceso a verlas y no que sea necesariamente en una sala de arte a la que van determinadas personas".

El artista desplegaba sus obras en la esquina del ex kilómetro 0, en San Martín y Garibaldi, donde se lo veía en forma cotidiana dialogando con los transeúntes que se maravillaban ante sus obras. Allí instaló su puesto hace 14 años y se transformó en un clásico del paisaje local.

En el 2002 el Programa Social Agropecuario le solicitó a Máximo Arias producir una muestra fotográfica que retratara la vida sencilla y trabajadora de los agricultores y agricultoras familiares de Mendoza.
Con el mismo convencimiento y disposición que sostenía su práctica cotidiana, viajó por distintas regiones de la provincia para conversar con puesteros, pequeños agricultores y agricultoras; y obreros rurales para inmortalizarlos en sus fotografías. Un objetivo tuvo su trabajo, que su mirada inigualable y su compromiso social se pusieran a disposición para retratar el trabajo diario y el esfuerzo que miles de familias de pequeños productores realizan en el campo mendocino.

Cuentan quienes lo conocieron

Fueron dos amores que mantuvo a lo largo de toda su vida, ya que según cuentan sus amigos, cada tanto agarraba la mochila y se iba a internar unos días al medio de la montaña, solo o con su compañera. Siempre con la cámara colgada, no fuera a ser que alguna bella imagen se le escapara.

La vida simple de los habitantes del desierto de Lavalle, entre médanos, chañares y algarrobos; de los puestos de chivos de Malargüe, de los aborígenes de todas las latitudes y su sentido de pertenencia a la tierra -que sólo él pudo interpretar y transmitir tal cual- han quedado documentados en los cientos de exposiciones, muestras y premios logrados a lo largo de su prestigiosa trayectoria.

Muchísimas anécdotas atesoran quienes compartieron su vida que hablan de su compromiso y coherencia para vivir. Como cuando se le ocurrió colaborar con los habitantes de El Puerto, un pueblo del norte de Lavalle, descendientes de huarpes, colocando ladrillos en la construcción de una escuela para sus hijos. De eso ha quedado un documental, realizado por el Patán Púrpura.

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