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sábado 14 de mayo de 2016

La Pericana, el terror de los niños durante la siesta

Dato. Durante años ese personaje se usó para asustar a los chicos que se negaban a acostarse tras el almuerzo.

San Martín. La siesta es un mundo espantoso. Todo niño bien criado sabe eso. ¿Quién domina ese territorio, que va desde las 14 y las 17 –varía según las zonas del país e, incluso, puede cambiar de pueblo a pueblo y hasta de familia a familia–? El Hombre de la Bolsa es el más conocido o, al menos, el que evidentemente posee una jurisdicción más amplia. Pero hay otros, tan espantosos como él, crueles y despiadados.
Horacio, con el rostro desencajado, pálido y templado, asegura que la siesta es propiedad exclusiva de La Pericana. El ingeniero civil, de 50 años y funcionario de la Municipalidad de San Martín, afirma esto mientras mira el reloj y calcula que, siendo las 12 del mediodía, debe tomar la precaución de estar a las 13.30 en su casa y a las 14 buscar el refugio seguro de las sábanas.
"No sé si muchos la recuerdan, pero yo la tengo bien presente. Me contaban esa historia cuando yo iba a la casa de mi abuela, en Rivadavia", dice, mientras suda frío.
El dato obliga a entrevistar a algunos rivadavienses. La verdad es que los entrevistados han escuchado hablar de ella, pero sus terrores son otros. Algunos aseguran que la obligación de dormir en ese horario,fue impuesto por personajes un poco más terrenales, como el ciruja del barrio, a quien los padres le habían adjudicado el dudoso trabajo de robar niños y cocinarlos en estofado. Otros, Alejandro, por ejemplo, que es profesor de Historia, dice recordar algo de "la viuda de Medrano", que tenía poderes similares a los de La Pericana, pero que tampoco es muy recordada.
Sin embargo, como decíamos, todo depende de las zonas. La verdad es que La Pericana es sanjuanina. Allí el espanto es de su exclusiva propiedad.
Estela Ruiz advirtió hace un tiempo sobre ella en el Diario de Cuyo. Dijo que el relato les pertenece a los pocos que han podido escapar a tiempo.
Cuentan, aún temblando y con el corazón agitado, que durante la siesta, sobre todo las de verano, deambula por las calles este personaje, tan misterioso como siniestro.
Estela la describe: "Una mujer delgada, de rostro hermoso y cabellera larga y oscura. Camina lentamente, sin prisa y sin cansancio. Tiene un objetivo muy claro: busca niños que se escapan de sus casas para hacer picardías o travesuras mientras los mayores descansan para volver al trabajo".
Después aporta datos sobre su estrategia: "Su sonrisa dulce y su gesto amable llaman mucho la atención de los niños. Ellos la encuentran irresistible. Como abejas atraídas por una bella flor, no pueden evitarlo y comienzan a acercarse a ella. Pero no hay que confundirse. Es que es ahí, cuando los pequeños están tan cerca que ya no pueden escapar, el momento en el que se muestra tal cual es. El momento en el que la ponzoña que trae encima se descuelga por sus poros.
Todo sucede en un segundo. La mujer hermosa se transforma, de golpe, en un ser horroroso, mezcla de humano y matuasto, con orejas puntiagudas, grandes ojos amarillos fosforescentes, dientes largos, uñas filosas y una larguísima cola. De su enorme boca sangrienta y maloliente sale un chillido espeluznante. Y con un enorme cuchillo o a veces un látigo con punta de clavos que lleva en sus esqueléticas manos pardas, azota a los pequeños desobedientes. Y si está hambrienta, los devora a pedazos".
Ahora es más simple entender la confusa descripción del ingeniero sanmartiniano, que la describía como "una cosa, algo, no sé si mujer o animal, ¡pero es horrible!".
La verdad es que hoy, cuando uno habla con los niños, son pocos los que cuentan cosas como esta. Sus padres han olvidado alertarlos sobre la existencia del Cuco de la zona. Prefieren echar mano a miedos más reales. Se evitan el esfuerzo de relatar historias fantásticas y se limitan a prender la televisión y mirar el noticiero junto a sus hijos. Con eso les basta, para renovar los miedos.
Pero, además, los miedos del estilo de La Pericana son más difíciles de sostener. El niño irá a la computadora, buscará en Google y luego le rebatirá cualquier teoría a su progenitor.
Pero no hay que confiarse. La siesta es para dormir y así está mandado desde el principio de los tiempos. Quien se arriesgue a desafiar esta regla, tendrá que atenerse a las consecuencias. En principio, quien escribe irá ahora a buscar refugio entre las sábanas,... por las dudas.
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