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lunes 16 de mayo de 2016

La historia de "El Paisanito" Erazo, que se acostumbró a vivir en la calle

En San Martín. Tiene 50 años y apenas recuerda que llegó desde Salta "para la cosecha" y que no pudo regresar más. Hace poco perdió a su único gran amigo.

"Víctima Fatal: Víctor Hugo Sánchez (mayor de edad, se desconocen más datos)", dice el parte policial del 2 de mayo. "Hora 08.00. Lugar: interior de la plaza barrio San Pedro", agrega. "Reseña: indigente (...). El hecho ocurrió cuando el hombre sufrió una descompensación y cayó al piso. Fue una ambulancia del SEC. Los médicos constataron la muerte", completa el documento.

La muerte de Sánchez apenas mereció un párrafo, con suerte, en las páginas policiales. Al día siguiente, con menos suerte, ya nadie recuerda el episodio y Alberto Erazo es nadie.

"Va a seguir lloviendo... –dice, mirando al cielo–. Espero que pare".

En el barrio San Pedro de San Martín a Alberto Erazo ("Albertito", dice él) nadie lo conoce por su nombre. Allí le llaman el Paisanito y es parte del paisaje.

Vive (se refugia) en un local abandonado del centro comercial del barrio. Ahora está solo, pero hasta el 2 de mayo, sobrevivía junto con Víctor Hugo Sánchez. "Era mi amigo", dice y llora.

Son las 2 de la tarde y ya Alberto no puede calcular el tiempo. El alcohol le ha diluido la memoria y no puede establecer cuánto tiempo hace que vive en la calle.

Adrián Casseres (33), de la Pastoral de la Calle Beato Cura Brochero, ayuda a reconstruir la historia. Él y un pequeño grupo de la parroquia San Pedro y San Pablo pueden dar fe de que el primero en llegar al barrio fue Víctor. "Tenía más de 50 años y se había instalado en la plaza. Después, hace unos 3 años, llegó Alberto", cuenta.

El Paisanito dice que es salteño y asegura que tiene "cuatro hermanitas y tres hermanitos". No sabe en qué año llegó a Mendoza, pero sí recuerda: "Fue para la cosecha y después no pude volver".

Víctor era mendocino. El grupo de la Pastoral logró establecer, con mucha paciencia, que era de Tres Porteñas, que había tenido mujer e hijas y que un día decidió dejar su casa para vivir en la calle. "No tenía problemas de alcoholismo hasta que llegó Alberto, que ya sí venía con ese problema", dice Adrián.

El grupo los visitaba periódicamente, les llevaba ropa, algo de alimentos, intentaba reinsertarlos. Incluso, logró internar un par de veces a Alberto para tratar de rehabilitarlo. "Esas dos veces se notó un cambio muy grande. Estaba lúcido y había aumentado de peso, pero apenas volvió a la calle, también volvió a beber".

Incluso lograron algunas veces que Víctor y Alberto se pudieran bañar. "Les llevamos ropa, jabón y champú y el encargado del gimnasio del San Pedro nos dio permiso para que usaran las duchas. Fue muy impactante verlos", recuerda Casseres.

Acción Social de la Municipalidad también tenía conocimiento de ellos y había hecho algunos intentos para ayudarlos. "Pero es muy difícil rescatar a esta gente, que parece haber elegido esa forma de vida", dijeron.

El Paisanito recuerda la mañana del 2 de mayo. "Mi amigo se tropezó y se cayó... y ¡se murió el pobrecito!".

El cuerpo tenía un fuerte golpe en el cráneo, compatible con el de una caída. A pesar de eso, El Paisanito fue llevado a la comisaría y estuvo demorado varias horas.

Los de la Pastoral se enteraron esa misma mañana y comenzaron a buscar a familiares de Víctor. "Finalmente apareció un hermano, que se hizo cargo. Lo llevaron al cementerio de Rivadavia", cuenta Adrián.

A Alberto Erazo, El Paisanito, le gustaría volver a Salta, pero ya no recuerda muy bien a dónde debe ir ni cómo buscar a su familia. El grupo pastoral ha hecho intentos por contactar a su familia, pero no ha logrado resultados. Para mayor dificultad está indocumentado y no hay certeza absoluta sobre sus datos filiatorios.

No es violento, pero el alcoholismo lo ha transformado en un hombre inestable, incapaz hasta de aceptar una ayuda que condicione su vida.

Dice que hace changas, pero la verdad es que vive de la buena voluntad de los vecinos del San Pedro, de quienes atienden los negocios del centro comercial, de la ayuda del grupo pastoral y de la policía, que lo deja pernoctar en el local abandonado porque sabe que no es conflictivo.

"Yo tomo, pero también como. Mi amigo solo tomaba, por eso estaba tan mal", dice.

Ahora su soledad se ha potenciado. Su último vínculo afectivo desapareció. Está angustiado. Llora.

Quizás es consciente por, primera vez, de que esta vida lo conduce irremediablemente a ser un único párrafo en la página de las noticias policiales.
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