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lunes 14 de agosto de 2017

Esos otros rebeldes: los que aún pasan el lampazo

Antes, una de las cosas que llamaban la atención al visitante de Mendoza eran las veredas relucientes. Parecían enceradas. Parecían...

"¡En Mendoza enceran las veredas!", dijo el tipo cuando regresó a su ciudad, después de unos días de vacaciones. Fue lo primero que contó, después habló de viñedos, vinos y montañas. Había visto pasar el lampazo por las veredas y eso lo hizo llegar al borde del nirvana. Y eso que el fulano visitó Mendoza en estos tiempos, cuando ya el lampazo y la obsesión por las veredas embaldosadas y limpias son casi un recuerdo. Si hubiera venido 20 o 30 años antes, seguramente caía en un trance eterno.

No está claro si en este presente ingrato el lampazo se debe declarar una especie protegida o si es que la limpieza de las veredas cada vez es menos frecuente. Incluso hay algunos, los más crueles, que sostienen que el peludo está dejándole lugar a un aparatejo parecido, pero hecho con tiras absorbentes y que se mete en un recipiente con agua que también sirve para escurrirlo. Seguramente es una fábula, pero dicen que la avanzada de estos engendros comenzó en los locales de comidas rápidas.

También cuenta, y esto está absolutamente probado, que aquellas señoras que tenían la costumbre de baldear o manguerear la vereda han comenzado a escarmentar con las multas que les han aplicado los de Aguas Mendocinas.

Hay que reconocer que parte de esta desgracia es culpa de una especie de adoquines de hormigón que han venido a suplantar a las nobles baldosas. Asentados en arena, dicen que para cualquier arreglo subterráneo basta con retirarlos y luego volverlos a colocar, sin romper nada. Pero adiós el brillo.

Las que todavía sobreviven, enhiestas, son las vecinas y vecinos que viven sobre calles de tierra, con vereda de tierra, y que aún usan las escobas de junquillo paceño o las simples hojas de palmera para quitarles la mugre a sus frentes, como lo hacían antaño y como lo harán siempre que haya justicia en este mundo.

También se debe considerar que el lampazo tiende a desaparecer porque el querosén ya prácticamente es una leyenda. Antes todos tenían un bidón para efectos varios, desde la lámpara hasta el fuego y la estufa. Ahora no. Ahora ya ni hay surtidores y el de la estación de servicio ya ni sabe de qué combustible se trata. Y todos los líquidos que vinieron a fingir mayor "tecnología" para el lampazo cada vez son más caros y menos prácticos y sólo se usan para el interior de la casa.

Está claro que ahora levantarán la voz aquellos que conservan un lampazo y lo usan para su vereda. Nobles almas que protegen las costumbres mendocinas. Pero es bueno advertirles de que, por más que la verdad a veces sea cruel, ellos son los últimos, los menos, los rebeldes del tiempo.
La vida es triste, a veces.
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