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lunes 30 de julio de 2012

El hombre que quería ser Mozart

El fraude de un conde austríaco permitió la última obra maestra de un genio.

Fernando G. Toledo
fgtoledo@diariouno.net.ar

El plan es perfecto. Lo ha trazado un hombre adinerado, embaucador y miserable, pero que ahora, además, hierve de dolor ante la muerte de su esposa. Anna, de apenas 20 años, ha dado su último suspiro y ha dejado viudo a este conde. Franz von Walsegg, que así se llama, lo tiene todo y no tiene nada. Le quedan, apenas, la pompa de su título nobiliario, de su palacio y de la orquesta que posee para sí, como todo noble que ama las artes. Le sobra la pena tanto como el dinero.

Son los últimos días de julio de 1791 y estamos en Viena, la ciudad de la música. Por allí pululan grandes compositores, unos pocos son dueños de preciados cargos otorgados por el emperador, y otros, en cambio, sobreviven dando conciertos, clases y malvendiendo sus partituras. Von Walsegg ha solido aprovecharse de algunos de ellos con la más baja de las prácticas: comprando sus trabajos para hacerlos pasar como propios. En eso consiste el nuevo plan, de hecho. Una vez más, el conde buscará algún compositor competente para que componga una misa de difuntos que él dedicará a Anna, como si hubiera trabajado en esa partitura.

Pero esta vez, Von Walsegg quiere lo mejor. Y lo mejor, en esa Viena a veces tan amarga para los genios que ha acunado al son del Rin, es muy fácil de comprar. Por eso el conde llama a Franz Anton Leitgeb, uno de sus músicos, y le pide que sea el ejecutor de su vil empresa: deberá encargar un réquiem a ese genio que ha ensombrecido desde niño a sus pares, pero que ahora está asfixiado por las penurias económicas. Le pagará al autor lo que pida, pero con la condición de que no pregunte quién está haciendo el encargo. En esa cláusula va a basar su engaño: una vez terminada la obra, la firmará y la presentará ante sus acólitos diciendo que él, el conde, la ha escrito.

Para seguir el cumplido de su amo, entonces, el músico Leitgeb se presenta en el departamento del compositor elegido. Ha tomado al pie de la letra lo que Von Walsegg requiere, así que va munido de un abrigo amplio y oscuro, y su cara está oculta por una máscara. Por supuesto, el episodio perturba gravemente a quien recibe el pedido, pero este no puede más que aceptar el requerimiento: aunque está trabajando en una ópera que le dará un relativo éxito, aunque puede ofrecer algún que otro concierto y vender la edición de cualquier obra que escriba porque todas son notables, está en quiebra. Tiene 35 años, una esposa y dos hijos (el más pequeño, recién nacido) pero los viajes que ha hecho en su vida, las costumbres descuidadas y los apremios, lo han acorralado.

El conde Von Walsegg espera un tiempo prudencial. Todo plan, por más ruin que sea, requiere de paciencia. Pero cuando el músico que debe escribir el réquiem estrena, dos meses después, una ópera de relativo éxito, comienza a inquietarse. Así que manda a Leitgeb a presionar al compositor. El enviado se le aparece de golpe, esta vez al pie de su carruaje, y le insiste en que no descuide el encargo.

Los días transcurridos desde el pedido original no han pasado en vano y la salud del músico elegido está venida a menos. Ha muerto su padre, le falta dinero y se siente devastado. La fantasmal aparición del emisario es un verdadero golpe sobre el compositor, quien comienza a sentir que ese réquiem, que ahora se propone concluir, está destinado a cantar su propio adiós. Le teme a todo, cree que los envidiosos (Salieri o algún otro) lo están envenenando y que tiene a la muerte sentada a su puerta. Así se lo expresa en una carta a un amigo: “Mis ideas están confusas. Me cuesta mucho trabajo recuperar el equilibrio. La imagen de ese hombre no deja de acosarme; lo veo frente a mí, hostigándome, reprochándome mi lentitud y reclamándome con brusquedad la obra prometida. Sé que el final de mi vida está próximo (…) ¡Ojalá (que la obra) esté terminada a su debido tiempo!”.

Pero no. Los planes perfectos también pueden fracasar. Así que el 5 diciembre, a poco de trazar ocho compases del segmento titulado Lacrimosa (“¡oh día lleno de lágrimas / en que el hombre resurgirá de las cenizas…!”), Wolfgang Amadeus Mozart muere y deja inacabado el réquiem, la última de sus obras maestras. En su palacio, al sudeste de Viena, el conde Franz von Walsegg ahora sí, lo sabe, ya nada tiene, ya nada va a tener.
 

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