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domingo 06 de agosto de 2017

El Divisadero, donde el tiempo se detiene y sus pobladores se van

El distrito ubicado en el extremo norte de San Martín va perdiendo de a poco a sus habitantes por la falta de trabajo

Son casas sin pueblo, entre vides y durazneros. Un territorio de 400 kilómetros cuadrados en donde las personas están tan separadas que los últimos censos han preferido sumarlas a los distritos vecinos. No son más de 300 y cada vez son menos.

El Divisadero es uno de los distritos del norte extremo del departamento del Este.

Dicen que la zona le debe el nombre a un médano que había allí y que permitía tener un buen panorama desde su cima. Pero los médanos, como la memoria, son inquietos: suelen irse con el viento y los años. Por eso, nadie sabe dónde se ubicaba ahora ese punto de observación y sólo queda el nombre.

Para llegar hasta allí desde la ciudad que es cabecera departamental hay que andar 15 kilómetros hacia el norte por el asfalto de un carril provincial productivo construido para sacar la producción de las fincas. Después, hay que transitar otros 15 kilómetros, pero ya allí el asfalto es sólo una sucesión de parches sobre parches, hasta que el camino muere definitivamente en una calle vecinal de tierra y arena. Es la frontera entre el oasis mendocino, creado a fuerza de canales y acequias hace tres siglos, y el desierto natural que todavía domina más del 90% del territorio.

Allí, casi amontonados, están la escuela, una capilla y el centro de salud, únicas edificaciones más o menos públicas, en donde, más por costumbre que por comodidad, se realizan las escasas actividades sociales del distrito.

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No queda nadie
Luciano Díaz tiene 87 años o cree recordar que los tiene. En El Divisadero el tiempo no es muy importante y sólo se enumeran las cosechas, los nacimientos y las muertes. Apenas y a penas.

"Sí, ya somos pocos. Es que no hay trabajo porque han quedado muchas fincas abandonadas", dijo mientras se acomodaba el chambergo.

Algunas fincas han quedado abandonadas y otras fueron vendidas, pero ya no son fincas. Son chacras, que han cambiado vides o frutales por ajos y cebollas en el invierno y tomates en el verano. Zanahorias en el invierno y zapallos en el verano.

Oscar Jofré (51) es un "nyc", un nacido y criado. "Sí, la gente se va de El Divisadero porque no tienen nada para hacer. El problema es que las fincas comenzaron a ser vendidas y compradas para hacerlas chacras. Los compradores son algún mendocino que se asocia con algún boliviano capitalista, arrancan los parrales y plantan verdura. El problema es que no toman argentinos para trabajar, sino que traen todos bolivianos porque les pagan mucho menos", aseguró.

Néstor Jofré tiene 48 años. Capaz sea pariente de Oscar, aunque ya ambos lo han olvidado. En El Divisadero uno se llama Jofré, casi siempre. "Ellos (los que viene de Bolivia) dicen que son la cuarta, una especie de peones. Pero yo les digo que acá se los llama esclavos, porque trabajan de sol a sol y les pagan miseria. Yo ni nadie tiene algo en contra de ellos, pero los patrones no nos contratan a los argentinos porque les sale mucho más caro, entonces la gente que es de acá se queda con nada y se termina yendo".

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Los agroquímicos
Hay más críticas sobre la transformación de los cultivos. "Son como el aceite quemado: no crece nada en donde caen", dijo el segundo Jofré con referencia a las chacras y las plantaciones de verduras. "Le ponen agroquímicos para todo: para fertilizar, para curar, para que crezca más rápido, para que crezca más grande... y la tierra queda quemada. Acá nomás hubo una finca que después fue chacra y que más tarde trataron de que fuera finca otra vez... Las vides crecieron dos años, no daban casi nada y después se murieron. Los agroquímicos matan todo", añade.

A 400 metros de donde se queja Néstor, cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, esparcen coordinadamente un fertilizante por una de las chacras. Avanzan en línea, sosteniendo una especie de manguera transformada en aspersor. Sin barbijos, sin nada, las dos parejas van y vienen, de punta a punta del terreno sembrado.
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