Mendoza - Guaymallén Guaymallén
domingo 17 de septiembre de 2017

Convirtió el almacén de su abuelo en un museo

Victoria Barbero Aruani, la hacedora del proyecto, es una profesora y curadora de arte, pero sobre todo es la nieta de Moisés.

"En mi casa he reunido juguetes, pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él, y que le hará mucha falta. He edificado mi casa como un juguete y juego con ella de la mañana a la noche".

(Fragmento de Confieso que he vivido, de Pablo Neruda)

Para llegar a Villa Seca, Tunuyán, hay que atravesar algunos caminos, y rutas que van pintando una postal del Valle de Uco en primavera: campos sembrados, vides de hojas incipientes, durazneros apretados de flores. De repente, donde uno de esos senderos desaparece para convertirse en una ruta se erige un típico caserón antiguo, de pueblo. Las paredes altísimas contrastan con los cuadros que hacen las veces de anuncio: aquí hay algo más que una casa. El que se detenga, encontrará, literalmente, un universo de objetos. Una juguetería hecha con recuerdos. Grandes, pequeños, de lata, vidrio, porcelana. Latas de galletas, tinteros, vajilla, planchas, máquinas de fotos, jueguitos de té. Victoria Barbero Aruani, la hacedora del proyecto, es una profesora y curadora de arte, pero sobre todo es la nieta de Moisés. La misma que se subía en una tarima cuando niña para atender el almacén, porque todavía no alcanzaba el mostrador.

Ella heredó la inmensa propiedad, y se planteó qué hacer con ese caserón tomado por los objetos.
Decidió compartirlos. Y armó un proyecto que por su volumen parece difícil de creer que haya concretado sola.

–¿Cómo llegaste a armar el museo?
–En realidad el almacén estaba armado. Hablo de la segunda etapa del almacén, porque la apertura fue en 1915. Lo abrió mi abuelo, Moisés Aruani. A un año de llegar de Siria se casó con mi abuela, que también era de Damasco, por un matrimonio arreglado entre familias. Se bajó del barco y se tenían que casar. Ella lo estaba esperando en el puerto de Buenos Aires. Él se vino escapando de la Primera Guerra Mundial.

–¿Por qué decidieron vivir en Mendoza?
–Tenían muchas referencias de esta ciudad. Quizás se parecía al lugar de donde ellos venían. En el primer tiempo se fueron a vivir a San Francisco del Monte, entre Guaymallén y Maipú. Ahí tuvieron a su primer hijo, que murió de sarampión cuando era muy pequeño. Luego se trasladaron a Tunuyán, porque aquí había otras personas de nacionalidad árabe.

–¿Vinieron directamente a abrir el almacén?
–Mi abuelo se convirtió en una especie de terrateniente de Villa Seca, gracias a que había traído mucho dinero de Siria. Su padre era juez y cuando emigró, él se trajo ese dinero. Te das cuenta de la importancia que le daban a la tierra. Del ámbito social o geográfico, todo influye. Después, bueno, fue vendiendo parte de sus tierras y otras las donó, por ejemplo, para hacer la iglesia y la escuela.

–Es decir que don Aruani tuvo otras iniciativas además del almacén...
–Claro, él trajo la primera escuela, que fue construida dentro de su finca. Y también al darse cuenta de que la atención de salud quedaba muy lejos del pueblo, aprendió a poner inyecciones. Era una especie de enfermero. De hecho, estoy tratando de recuperar una cajita de acero inoxidable donde se hervían las jeringas, que en esa época eran de vidrio.

–¿Pero la casa ya estaba construida?
–Sí, la casa data de 1885. Yo encontré hace poco las escrituras y los documentos de una pelea judicial que mi abuelo estaba dando por el acceso al agua para todo el pueblo. Hasta los años '60 fue de Moisés, pero de sus ocho hijos la que siguió sus pasos fue mi madre, Victoria Aruani. Ella y mi padre se hicieron cargo del negocio.

–¿Vos que te acordás del almacén, de cuando eras chica?
–¡Trabajábamos todos! Yo más o menos aprendí de comercio por esto. Apenas alcanzaba el mostrador ya me pedían que atendiera. Por lo menos cosas chiquitas, como un kilo de pan, o el azúcar y la harina que ya estaban empaquetados. Porque yo también recuerdo haber empaquetado los comestibles. Con la famosa cuchara a la que se le llamaba poruña. Vos decís ahora: ¿qué es eso? Estos elementos me permiten el día de hoy explicar cómo se vivía, cómo se trabajaba. Hay gente que hasta se emociona cuando les muestro las cosas que se conservan aquí.

–¿Sabés si en Mendoza hay otro museo de estas características?
–Yo he estado recorriendo la provincia y la verdad es que no conozco ningún otro del estilo.

–¿Vos creés que los mendocinos le dan poca importancia a la conservación del patrimonio
–Es cada vez menos lo que se conserva. Sin ir más lejos, hace unos días fui a hacer un trámite al correo y me dio mucha pena en el estado en el que tienen los murales, tapados por estanterías. También creo que el edificio donde funciona la Secretaría de Cultura, el ex Banco Hipotecario, podría utilizarse mucho más para exposiciones, aunque tiene sus salas en buen estado, pero está desaprovechado. Ni qué hablar del ECA y del museo Fader. Creo que seguiremos esperando que esto cambie.

–¿Qué clase de público visita el museo?
–Gente de Mendoza, y también recibo visitas internacionales. Han venido turistas alemanes y norteamericanos. Se van enterando de a poco. Como este es el camino de paso a Tupungato, muchos pasan por casualidad y hacen aquí una escala. Me falta colocar el cartel, que en este momento está en preparación. Pero lo que sí le he pedido al Municipio es una mejor señalética y ayuda en la difusión.

–Volviendo al museo, algo que parece muy interesante es que lo has armado por temáticas.
–Sí. Por ejemplo mi madre coleccionaba cámaras de fotos. Hay todo un sector dedicado a esto. Después están los objetos de cocina, los de belleza de la mujer –como un precioso estuche de manicura antiguo que nunca ha sido utilizado–, un grupo de elementos de farmacia, y dos vitrinas en las que se exhiben desde pequeños juguetes hasta elementos que utilizaban los varones: sombreros, máquinas de afeitar, juegos de naipes, y la famosa gomina Glostora, que quedó intacta y tiene casi cuarenta años.

–¿La gente intenta comprarte lo que está exhibido?
–Muchas personas lo han intentado, pero nada de lo que se ve está a la venta, ni siquiera por la intención de seguir arreglando la casa. Los objetos están para el deleite de los visitantes.


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Vocación por conservar el pasado. Victoria se ha dedicado  a recuperar piezas antiguas, conservarlas y compartirlas.
Vocación por conservar el pasado. Victoria se ha dedicado a recuperar piezas antiguas, conservarlas y compartirlas.


Un proyecto a pulmón
La casa museo de Moisés Aruani fue armada y financiada enteramente por su dueña, Victoria Barbero Aruani. No recibió para esto ayuda ni colaboración estatal, ni del Gobierno de la provincia ni tampoco del Municipio. "Yo he sido jefa del centro de congresos Carlos Alonso, pero sinceramente no he recibido ninguna colaboración de ninguna gestión en cuanto a financiamiento. Sí me han dado apoyo moral. Pero no de dinero. Esto está hecho a pulmón por mí", contó Victoria.

De hecho, cuando en el 2010 comenzó a armarlo, salía de trabajar a las 20 y se quedaba recolectando piezas que se encontraban guardadas en cajas, limpiándolas, reacondicionándolas, hasta las cuatro de la madrugada.

"Fue un sueño que concreté sin ayuda de nadie", manifestó. "No puedo recibir ayuda de ningún color político. Porque el arte es de todos los colores, no le puedo responder sólo a uno".
También contó que está trabajando para abrir más salas de exposiciones. "Estoy restaurando un espacio para exposición de fotografías de familias de Tunuyán. Me he dedicado a lo que es patrimonio cultural de la comuna", manifestó.

Perfil
Multifacética- Victoria Barbero Aruani

Conservar el pasado. La dueña del museo Moisés Aruani, que se sitúa en pleno corazón de Villa Seca, es profesora y licenciada en Artes y ha dedicado su vida a la conservación y la puesta en valor de las obras de creación de artistas de la talla de Alberto Menieri, Federico Arcidiácono y Carlos Escoriza. Es profesora de los niveles Medio y Superior de Artes Plásticas y Visuales, y dirigió el centro de exposiciones Carlos Alonso, en Tunuyán. También es pintora, escultura y restauradora.

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