Mendoza - San Martín San Martín
domingo 13 de agosto de 2017

Buscan revivir el esplendor de una histórica casona de 200 años en San Martín

Salomé Herrera es la última de la familia que nació en esa propiedad de San Martín, que supo tener 800 hectáreas. Buscan que sea un lugar turístico con 200 años de historia.

En el arenal crece una magnolia. Enorme, cinco metros, quizás un poco delgada si se la compara con aquellas que crecen entre los trópicos. Pero está sana, firme, e inunda el lugar al final de la primavera con un perfume intenso. ¿Qué hace aquí? ¿Quién la trajo y de dónde? ¿Quién plantó este bosque imponente, que aparece de la nada como un oasis y que la protege? ¿De quién es este caserón que se resiste al tiempo y que aún conserva huellas de imponencia?

Para saber, primero hay que llegar hasta allí. Y para llegar también hay que saber cómo; aunque si bien se mira, el camino más directo es muy simple: la avenida Lavalle, que pasa por el frente del Atlético Club San Martín y donde están los ingresos al estadio chacarero, es la misma arteria que, ya convertida en casi una huella, muere definitivamente junto a la casona y al bosque, bien al norte, en Montecaseros, en ese lugar arenoso donde el tiempo no ha pasado.

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Arena suelta en el camino. A los lados algunos médanos que la vegetación ha anclado. Fincas, refrendando el milagro del agua. Aparece el Club Social y Deportivo El Ñango, que de alguna forma también ha anclado a las familias que viven por allí y que se llaman por sus nombres cada una. Después, la escuela 1-346 Carlos Saavedra Lamas. Ese edificio lo inauguró Octavio Bordón y funciona solo en turno mañana.

Pero la Saavedra Lamas es mucho más antigua y la primera casa que la albergó está justamente entre el bosque, donde también está la casona. Una escuela rancho, una de las últimas, pero de construcción noble y su estructura aún se mantiene en pie.

Jesús Antonio Martínez tiene 71 años y un arenal de memoria. Casi todos esos años los ha vivido allí, en esa propiedad que alguna vez tuvo 800 hectáreas a fines de 1800, que después tuvo 210 y que ahora apenas conserva unas 2, donde están la casona y la escuela. Es el cuidador de esa propiedad, la de los Herrera, la de los descendientes. "Antes todo esto estaba bien regado, bien mantenido", dice mientras arrastra la pierna derecha y aclara: "Tendría que operarme la rodilla y me sale $65.000... ¿Quién tiene esa plata, eh?".

La propiedad, la pierna, la rodilla. En algún momento "se empiojó todo", según Ángel y sitúa esa época, la más compleja, "para cuando el gobierno de Alfonsín".

Pero los piojos no lograron derrumbar todo. Aún están el bosque y la casona. Se ha vendido mucho, muchísimo, pero todavía eso es Herrera.

Salomé, que hoy ronda los 50, es la última de la familia que nació en esa casona y que transcurrió allí sus primeros 4 años de infancia, cuenta: "Quiero conservar esto. Estuvo en venta también en algún momento, pero ahora queremos reflotar el intento que hicimos hace un tiempo de que sea un lugar turístico para los propios mendocinos".

Así debería ser. Hay 200 años de historia allí, adentro y afuera, bien guardada todavía.

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Hermanas, de la sexta generación y herederas directas
Las hermanas Salomé y Margarita García son la sexta generación y herederas directas. El apellido Herrera no se ha mantenido, pero hay muchos descendientes. El cantautor Jorge Marziali tenía el Herrera como segundo apellido y era conocedor de la casa y del bosque.

José Miguel Herrera y María Salomé Parra de la Fuente eran chilenos, de Chillán. Alrededor de 1850 José comenzó a cruzar la cordillera con ganado. "No estamos seguras totalmente", dice Salomé, pero hay una gran probabilidad que su tatarabuelo haya sido hijo de José Herrera, el Chileno Herrera, que fue tropa del general José de San Martín.

El matrimonio se radicó en Mendoza y ya había decidido que quería vivir al norte de la Villa Nueva del General San Martín, territorio que era de los huarpes Montesino y Sayanca. El comienzo de la construcción de la casona fue alrededor de 1866. La implantación del bosque vendría muchos años después y todos creen recordar que fue un arquitecto francés el que lo diseñó. Muy posiblemente haya sido Carlos Thays, el responsable del Jardín Botánico y los bosques de Palermo, en Buenos Aires, y del parque General San Martín en Mendoza. Si no fue él, seguramente haya sido alguno de sus colaboradores directos porque el bosque tiene características similares a aquellas obras.

Intentaron con una posada de descanso y no funcionó
La historia familiar es extensa y rica. Mucho de ella se conserva en la casona. La más cercana incluye a Ramón Álvarez, marido de María Elena Herrera, tercera generación de esta familia.

"Yo lo recuerdo a don Álvarez. Era un gran hombre. Pagaba los sueldos de los maestros que trabajaban en esta escuela, que ahora son ruinas", recuerda Ángel Martínez, el cuidador de la propiedad. Eran tiempos todavía de esplendor.

"Todo estaba verde, regado, bien cuidado. Ahora es una pena verlo así, pero quizás algún día se pueda recuperar", dice el hombre.

Las hermanas Salomé y Margarita García también quieren eso. Hace unos años armaron allí un emprendimiento turístico, una posada de descanso. Tuvo muy buena aceptación, pero no fue completamente suficiente. Luego pusieron en venta la casona pero, por fortuna, no se vendió. Ahora intentan recuperarla. Valdrá la pena. Es una de la más antiguas de San Martín y merece ser resguardada.
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