¿A quién le confiamos abrir cráneos a los 24? Un debate que debería arrancar en salita de 4

Preocupante: de casi 2.000 estudiantes secundarios que en 2015 soñaron con entrar a la Facultad de Ciencias Médicas de la UNCuyo, sólo consiguieron sentarse en los bancos de sus aulas 95.

De casi 2.000 estudiantes secundarios que en 2015 soñaron con entrar a la Facultad de Ciencias Médicas de la UNCuyo, sólo consiguieron sentarse en los bancos de sus aulas 95. El dato vuelve a dejarnos, como sociedad, enfrentados a los famosos y nunca resueltos debates sobre si el ingreso a la educación superior debe ser irrestricto, si es mejor que exista el cupo o si los exámenes son realmente para "todos y todas", teniendo en cuenta que los alumnos que no pueden pagar cursos privados en institutos especializados corren con una enorme desventaja.

Por estas horas, en el Norte argentino se pasó de la discusión a la denuncia .

Un grupo de aspirantes a Medicina de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) se presentó ante la Justicia Federal para reclamar que no haya más filtro. Basan su argumentación en una razón económica: no todos los que tienen vocación cuentan con ¡48 mil pesos al año! para costear la preparación previa. Insisten en que, para seguir esa carrera, prima el bolsillo y no la capacidad.

Aquí, como allá, las razones de las autoridades de Medicina para no eliminar el ingreso y para no bajar su alto grado de dificultad son idénticas: el nivel de exigencia desde el comienzo hace que tenga una tasa de retención única: el 95% de los chicos que ingresan terminan, y a tiempo. Además, se aseguran que egresen profesionales competentes.

En palabras del decano Pedro Esteves (UNCuyo): "¡Hay que transformar a un adolescente de 18 años en un hombre o en una mujer que al término de 6 años esté habilitado legalmente para abrirle el cráneo a otro ser humano. ¡Y curarlo!".

Los argumentos son válidos de un lado y del otro. Nadie quiere médicos preparados a la que te criaste.

Si los profesores son exigentes, prueba de ingreso incluida, no debiera asustarnos o escandalizarnos.

El problema es que, salvo excepciones, los chicos que después de quinto año buscan seguir estudiando no entienden química ni para atrás ni para adelante o saben de matemática lo mismo que yo de física cuántica: poquísimo.

Entonces sí: a Medicina sólo ingresan los que tienen padres con recursos para mandarlos a recibir los conocimientos que la secundaria no les dio. Y entonces sí, hay discriminación.

Los eruditos de la educación sostienen que el siglo XIX fue el de la primaria; el XX, el de la secundaria, y el XXI, el de la enseñanza universitaria. Pero a la hora de explicar lo que pasa en Argentina, te lo ponen en términos del deporte más popular: el fútbol. En el XIX, el país ganó por goleada; en el XX, se perdió 3 a 2, y en la actualidad, la goleada es 4 a 0 en contra.

Algunas estadísticas ayudan a entender el por qué del resultado de este último partido:
*Si bien la población universitaria creció el 22,5% entre el 2003 y el 2012, sólo se reciben tres de cada diez ingresantes. Número que en Brasil asciende a cinco y en Chile, a seis.

*Hay una baja graduación en el secundario. En escuelas estatales es menos del 30% y en las privadas, casi del 70%.

*Según los últimos datos de las pruebas PISA, el ausentismo escolar argentino es el más alto del planeta y mientras en el mundo no sabe matemática el 24% de los adolescentes, en Argentina es el 65%.

Con este sombrío panorama, discutir cupo, ingreso, universalidad y derechos, cuando el joven llega a la mayoría de edad, es entre tarde e hipócrita.

Antes, hay tres etapas –nivel inicial, primaria y secundaria– en las que las cosas no se están haciendo bien y en las que "articulación" y "calidad" son sólo palabras que usan los gobernantes de turno para llenar sus plataformas, primero, y sus discursos, después.

¿Qué país no sueña con alcanzar la excelencia y la democratización universitaria? Claro que para lograr semejantes objetivos, la naciones serias empiezan a trabajar en la sala de 4.
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