Mendoza - Malargüe Malargüe
sábado 09 de abril de 2016

A 84 años del día en que las cenizas de un volcán cubrieron todo San Rafael

En 1932 las cenizas del volcán Quizapú cubrieron todo el sur provincial, afectando tanto la vida que la economía de la zona tuvo que cambiar. La historia.

El 10 de abril de 1932 amaneció como cualquier otro día de otoño, algo nublado, el sol asomaba de a ratos y todas las personas salieron para cumplir con sus actividades. Los niños que asistían a clase al turno de la tarde llegaron a las 13 a la escuela y poco después comenzó a caer algo que no sabían definir, nieve no era, eran pequeñas partículas grises, que parecían suaves, pero al tocarlas con los dedos lastimaban.

Como se iba oscureciendo, los docentes de todas las escuelas despacharon a los niños de regreso a sus casas. A las 14 era ya noche cerrada y no se veía absolutamente nada, algunos comentaron que ni tan siquiera veían la mano delante de los ojos. Los niños que habían venido a las escuelas a caballo, montaron en ellos y dejaron que estos solos caminaran y pudieron regresar a sus casas. Los trabajadores, que se habían trasladado a otros distritos, no sabían cómo volver, pero los caballos sí sabían, de modo que soltaron las riendas y el caballito con paso seguro los llevó de vuelta a sus casas. Los que tenían coche y salieron con ellos a buscar a sus hijos o quisieron regresar a sus casas, no pudieron hacerlo, porque todos los motores se fundieron.

En el campo la gente se acercaba a los negocios que tenían teléfono para que preguntaran a la ciudad qué es lo que pasaba, pero los teléfonos no respondían, la comunicación estaba cortada.

Todo era confusión, nadie entendía nada y seguía cayendo ese suave manto silencioso que iba cubriendo todo, tal como había cubierto al sol.

La gente comenzó a refugiarse en casas grandes, cada uno llevaba comida y así decidieron encerrarse y pasar la noche o el tiempo que durara la caída de la "ceniza", todos juntos, dándose aliento unos a otros. Esto ocurrió en casi todos los distritos, la gente se reunió para tomar fuerzas entre todos.

Los que habían ido hasta la ciudad regresaron, pese a la oscuridad, en sus coches, que se fundieron todos y debieron hacer el último tramo a pie.

Al día siguiente las cosas mejoraron, ya no caía ese polvo suave pero abrasivo, que ya sabían era ceniza, pero que no sabían por cuánto tiempo caería.

El sol salió muy pálido y la gente intentó caminar por calles y campos, que estaban cubiertos de cenizas. Al levantarse la ceniza comenzaron a toser y eso duró por muchos días, las afecciones respiratorias fueron frecuentes, como así también las irritaciones en los ojos, sobre todo para quienes tenían que caminar muchos kilómetros por los sitios con cenizas.

El peso de la ceniza en los techos comenzó a preocuparlos, porque las construcciones no estaban preparadas para resistirlo y mucho menos pensando que pudiera llover, de modo que tuvieron que subirse a los techos y bajar la ceniza, ya que si llovía se transformaría en una especie de cemento, por lo que era imprescindible bajarla.

En San Rafael, en ese momento, la principal ocupación era la ganadería. ¿Cuántas cabezas de ganado se vieron afectadas? No lo sé. Sé que todos los campos quedaron cubiertos de una capa de poco más de 15 centímetros de ceniza y los pastos bajo ella.

Como la ganadería era a campo abierto, no había ninguna protección ni tenían existencia de fardos de pasto para alimentar a los animales. Otro problema fue la falta de agua, los arroyos traían ceniza y, si bien en un primer momento el ganado no comió ni bebió, cuando el hambre lo exigió debieron hacerlo y eso les afectó mucho el estómago y murieron. Sólo conozco un dato numérico: don Arturo Blanco perdió 20.000 ovejas. Esa sola cifra puede indicarnos los alcances de las pérdidas.

Tras la ceniza se revirtió la economía de la zona y nunca más volvió a ser ganadera como lo era antes, pues dejó una capa que en contacto con el suelo lo fertilizó, le aportó azufre, fósforo y otros elementos, que favorecieron el desarrollo de la agricultura, que si bien ya estaba establecida, no se había desarrollado en todo el oasis.

¿Qué había pasado? Luego de los primeros momentos de terror, algunos creían que era el fin del mundo, supieron que era la ceniza de un volcán, cuando se aclaró el cielo y se pudo viajar hasta el centro de la dispersión de las cenizas, se vio que provenían de la zona del volcán Descabezado, ubicado íntegramente en territorio chileno, pero estudios posteriores determinaron que en realidad el que había entrado en erupción era el volcán Quizapú, cercano al anterior y perteneciente a la misma cadena de volcanes.

Esto que les he relatado es lo que sabemos de San Rafael, pero en Malargüe, más cerca del volcán, las cosas fueron un poco peores. El día 10 como a las 8 horas se sintieron estruendos en dirección a la cordillera, por los alrededores del "Descabezado", a la vez que se veía una gruesa columna de humo que se elevaba con celeridad sorprendente a una altura increíble, notándose en el centro de esta nube llamaradas rojizas en forma de relámpagos, o lenguas ondulantes de fuego con fuertes estruendos. Al rato se acentuaron, pareciendo que se disparaban cientos de cañonazos. Luego las nubes mencionadas se dispersaron con dirección al Noreste, pasando por sobre la cabecera de Malargüe, donde empezó a caer arenilla y por último una capa de ceniza volcánica hasta llegar a una altura de 9 a 10 centímetros.

Después del mediodía, la nube de ceniza se había posado sobre Malargüe produciendo una oscuridad completa, como en plena noche, teniendo que encenderse las luces, hasta el día 12 antes de las 12 horas, fueron 48 horas de oscuridad. Se produjeron fenómenos eléctricos raros que alarmaron justamente a la población. Lenguas de fuego, grandes chispas eléctricas que parecían surgir del suelo

En el Sur mendocino nunca más cayó tanta ceniza, pero sabemos que sí lo ha hecho en la Patagonia. Los volcanes están en la Cordillera y pertenecen al Anillo de Fuego del Pacífico, un círculo muy activo, que en cualquier momento pueden entrar en erupción.

No debemos tener temor, sólo estar prevenidos por si vuelve a suceder, porque aunque no lo pensemos así, esta historia puede repetirse, una y otra vez porque la Tierra, nuestro planeta, está siempre en movimiento.

Texto: María Elena Izuel para UNO San Rafael

Fuente: UNO San Rafael

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