Diario UNO
Domingo, 30 de diciembre de 2012

La historia de Don Emilio, el famoso chamán de Uspallata

 Vive en una granja llamada Estación Cielo, camino a Villavicencio. Con él conviven decenas de hombres y mujeres que no superan los 30 años. Muchos de ellos son ingenieros, diseñadores o docentes. Videos y galería de fotos.

Fotos: Marcelo Aguilar / Diario UNO

Por Leonardo Otamendi
lotamendi@diariouno.net.ar


Uspallata, ese oasis en medio de montañas que no parece propio de la geografía, posee diversos atractivos turísticos. El clima es muy bueno, con veranos cálidos pero con sus noches frescas. Los lugareños conservan las costumbres de pueblo. La zona tiene algo especial. Los escépticos dicen sentir tranquilidad y los más místicos aseguran que la villa es un polo energético. Hay hosteles, comercios, Policía, Ejército, locales para turismo aventura, una pequeña sala de casino y Don Emilio.

Si alguien lo ve por la calle puede pensar que es un viejo hippie anacrónico. Si lo encuentran en su hogar, es posible pensar lo mismo. No tiene el mejor aspecto y no le interesa. Parece aborigen, incluso por el largo de su cabello y con qué lo sostiene. Su edad no está representada por su aspecto, parece aún mayor pero se entiende con los jóvenes a la perfección. Así es, entre otras cualidades, don Emilio.

Él vive en una granja llamada Estación Cielo. Es difícil decir que es suya, porque él tampoco lo dice. Está ubicada al costado de la ruta 52, camino a Villavicencio. Conocerla resultó, desde el comienzo, sorprendente. Quienes viven allí en su mayoría son jóvenes, que no superan los 30 años; y lo más llamativo, casi todos profesionales (ingenieros, diseñadores, docentes y de otras profesiones).

Al llegar se escuchaba música y algunos gritos. La melodía era improvisada, se notaba, y parecía un ritual. Provenía del comedor. Al entrar, se trataba efectivamente de un ritual. Pero no era por algo en particular, era sólo para festejar que estaban alegres. De todos modos, aunque estaban de manifiesto las sonrisas, la consideración (o prejuicio) inicial fue que habían fumado alguna hierba o tomado algún té elaborado con un cactus u hongo que los invitaba a divertirse a las 12 del mediodía.

La escena tenía colorido y la intención era registrarla en video y fotos. Pero un joven, de muy buena manera, pidió no tomar imágenes pero permitió el ingreso. Esto incrementó la suposición de un ritual con drogas.

La idea, suposición o prejuicio era que nos íbamos a encontrar con Don Juan, el chaman sobre quien escribió Carlos Castaneda. Tal vez por ello y por prejuicio, surgió la vinculación con las drogas.

Castaneda es un antropólogo y escritor brasilero que aseguraba haberse convertido en un chamán Nagual tolteca tras un intenso entrenamiento de modificación de la conciencia y su percepción, que incluía el uso ritual de sustancias psicotrópicas.

Los libros de Castaneda son una autobiografía con relatos sobre alucinógenos, rituales, misticismo y religión, y han sido muy vendidos, sobre todo en los años 60 y 70, durante el auge de la psicodelia y la crítica a la cultura del momento.

Quienes leyeron al autor de las Enseñanzas de Don Juan hubiesen relacionado o imaginado o, tal vez, deseado que don Emilio iba a tener un parecido al chamán de Castaneda.

Al ingresar al interior del comedor encontramos a un grupo de mujeres bailando cada una con su propio ritmo pero todas levantando las manos. Otras personas tocaban la guitarra y percusión, rodeadas de niños, incluso algunos bebés, jóvenes, hombres y mujeres. En la puerta estaba sentada una chica, de unos 25 años, a quién se le preguntó, el recuerdo de Don Juan seguía dando vueltas, si habían tomado a fumado alguna sustancia: “Acá están prohibidas las drogas y las relaciones sexuales”. Fue sorprendente la confesión, sobre todo por la segunda restricción. Y la primera prohibición tiró por tierra pensar que Emilio podría parecerse al personaje de Castaneda.

No obstante, el viaje tenía como fin conocerlo. Al preguntar dónde estaba la respuesta fue: “Ya viene”. Y apareció de repente un hombre barbudo, canoso, con vincha. Era el chamán, el de la Estación Cielo, de quien se escucha hablar mucho en Uspallata y también en la capital mendocina.

“Sí, pueden sacar fotos y filmar, no hay problemas, no hay nada que esconder”, permitió durante el saludo Emilio.

Entonces Marcelo Aguilar, fotógrafo de UNO, comenzó a tomar imágenes de esa fiesta. ¿Qué celebraban?. “La vida”, respondió este hombre que es una especie de líder espiritual.

Habíamos llegado hasta Estación Cielo porque Emilio era quien iba a dirigir la ceremonia de la llegada del solsticio de verano al pie del Cerro Tunduqueral. Contó que ese día era un inicio y no el fin del mundo. “Comenzamos a salir de la oscuridad para entrar en la luz. Los problemas familiares, de parejas, de padres e hijos, comenzarán a solucionarse. El tema es el reencuentro de corazones”, sintetizó.

En el ambiente había olor a frito. Hilda, una de las mujeres (mayores) que vive en la granja, estaba cocinando. “Está cocinando milanesas para 60 personas”, puntualizó Emilio y de inmediato se rectificó: “Para 63”. Es que había invitado a almorzar al equipo de UNO. El chofer, Luis Dalesio, bajó del auto e ingresó a Estación Cielo, para comer.

Mientras ponían la mesa, dos tablones largos en los que se posaban platos, vasos y cubiertos disímiles, el chamán mostró el predio.

Tienen un taller, donde fabrican artesanías y otros elementos, que son vendidos y así sustentan entre todos su estadía en Estación Cielo, porque por vivir ahí no se paga. “Cualquiera puede quedarse hasta tres días, no tiene que pagar nada, es sólo un servicio”, explicó Emilio mientras caminaba hacia las distintas casas de la granja.

Hay tres pequeños casos. “Cada una tiene su color y forma (rosado, verde y amarillo y ). En las puertas y en el interior hay imágenes, mandalas, signos pintados en paredes y puertas, que para nosotros tienen significados”, explicó Emilio durante el recorrido.

Cada una de estas casas tiene un entrepiso de madera. En cada uno viven entre 15 a 20 personas. Son pequeñas, pero ellos dicen: “Es todo lo que necesitamos para dormir”.

Los colchones están en el piso; todas tienen un anafe y una pequeña mesada. Para subir al entrepiso hay que trepar una escalera de madera hecha con troncos. Aunque hay un poco de desorden en cada una están limpias y no hay mal olor.

En una de estas casas vive Emilio, junto a otras personas. En otra viven sólo mujeres y la última es mixta. En total “somos fijos unas 35 personas y ahora hay alrededor de 70, pero a veces llegamos a albergar 120”, resaltó. Sucede que algunos, aunque se queden unos meses, armas sus carpas y duermen allí, nadie se preocupa mucho por el confort urbano, justamente los integrantes de esta comunidad sienten que sus vidas son confortables y sanas en ese estado.

Al decir que había una habitación mixta y otra para mujeres, Emilio dejó abierta la puerta para preguntarle por aquello mencionado por la joven sobre las relaciones sexuales. “No… cómo no van a poder tener relaciones. Pueden mantenerlas pero queremos que sean por amor. Si es por amor, el cielo y el universo se ponen contentos. Pero si es por un proceso primitivo, tratamos de que no sucedan”, dijo. Si esto se cumple o no, no lo sabemos y pruebas no podíamos solicitar.

También hay un lugar para los más pequeños que “le llamamos la casita de los niños” contó Emilio y pidió que lo acompañáramos hasta ese sitio.

Efectivamente es una casita de madera construida sobre unos postes que debajo tiene un caballo de madera que es un columpio. Hay unas maromas, una calesita y es fue una de las cosas con las que con más orgullo y sonrisas mostró. Al hacerlo hizo una reflexión: “Todo debería ser para los niños, porque los niños es lo mejor que tenemos”.

Siguió caminando y enseñando los corrales, donde había chivos, chanchos, gallinas y otros animales. En el trayecto había que preguntarle, tras la declaración anterior: ¿Cuántos hijos tenés?. Emilio detuvo la marcha y miró fijo. Hizo silencio durante medio minuto. Parecía que no quería responder y que la pregunta lo había ofendido o incomodado. Pero de repente sonrió y contestó: “Todos son mis hijos”.

Parecía haber llegado el momento de las reflexiones y había que aprovecharlo, ya íbamos camino hacia el comedor para almorzar.

¿Desde cuándo sos un chamán, o lo fuiste siempre y un día te diste cuenta que lo eras?, fue la pregunta motivada por la curiosidad desde la llegada a Estación Cielo. “Solo soy un aprendiz”, respondió después de hacer, otra vez, unos segundos de silencio.

Pero Emilio, que tiene 56 años y no recuerda bien su edad porque no le importa es un guía, así es tomado aunque daba a entender que no quería hacerse cargo de eso y manifestó que “es un aprendiz de la vida y que ellos —sus seguidores— están formando parte de una filosofía, no la nuestra, la de la naturaleza”.

Seguía rehusándose a responder hasta que se decidió a contestar sobre que sí es un líder, un guía, un chamán: “No sé desde cuándo. Aconteció”.

Y continuó: “Todos estamos en lo mismo. Quizá nos conocemos en esta vida pero nos venimos conociendo desde el principio de todos los tiempos. Siempre venimos, tomamos materia, volvemos a casa porque el espíritu necesita de un nuevo aprendizaje. Lo importante es el espíritu, los créditos hay que ponerlos en el cielo. La vida es corta, vivimos 70 u 80 años, el espíritu no, es infinito”, sugirió con una voz calma.

Fue de esta manera que dio a entender que su creencia encierra la reencarnación. Sin embargo, cree en el Dios de los cristianos occidentales, o al menos es lo que se desprende de sus palabras, y también en la Virgen María.

Emilio le escapó al término reencarnación y explicó que en “algunos planos de la consciencia todos venimos a aprender algo. Algunos vienen a aprender tolerancia, otros a disfrutar de la vida, otros del amor. Y eso que cada uno aprende es lo que irradiamos, con lo que iluminamos”.

No era fácil seguir esa conversación. El viento era molesto, habíamos pasado por los corrales y de hablar de milanesas saltamos al sexo, a los niños y habíamos llegado al espíritu que se reencarna.

Hay personas que viven allí hace 8 años, tal es el caso de Claudia. Una mujer que debe estar cerca de los 45 años y que la búsqueda de su vida —dijo— la llevó hasta este lugar de Uspallata.

En cambio Enoc es un joven que tiene una historia particular. Hace un mes y medio que está en Estación Cielo, pero que estuvo por primera vez en 2007. En aquel momento “estaba buscando a un tal Mariano, venía de Catamarca, lo buscaba en la cordillera. El espíritu me fue guiando y me trajo acá, donde encontré mucho amor, mucha paz y me di cuenta que ese Mariano no estaba afuera, si no que era yo mismo”.

Todos tenían hambre, nosotros también y entramos al comedor. Nos hicieron un lugar, todos fueron muy atentos.

Pasaban las fuentes con milanesas de carne, berenjenas a la napolitana, puré y ensaladas y cada uno se iba sirviendo. Las bebidas eran envases de gaseosas de plástico pero con agua, otros con jugos preparados y muy poquitas botellas de vino, unas tres en total, que siendo 63 a almorzar pueden resultar pocas.

Antes de comenzar a comer Emilio pidió que todos cerráramos los ojos, agradeció por los alimentos y pidió bendiciones para todos. De inmediato, el equipo de UNO se abalanzó sobre las milanesas y berenjenas.

La verdad es que todo estaba exquisito y preguntamos el por qué de ese sabor especial. Respondieron entre varios. “Es que todo lo cocinamos en un horno de barro y en una churrasquera. El fuego lo hacemos con leños pero siempre usamos jarilla y eso le da un gusto muy rico. Pero, ¿saben por qué les parece más es más rico?. Porque nosotros acá cocinamos con amor, en serio, pensamos en el amor cuando hacemos la comida”.

Y ellos lo viven así y lo cierto es que toda la comida estaba deliciosa. Repetimos el plato, alguno lo hicieron dos veces porque, comprobamos, que no tienen problemas de alimentación y según ellos, de ningún tipo.

Ahí, sentados a la mesa, vimos a varios de cerca y comprobamos que la mayoría son realmente jóvenes e instruidos. Las mujeres, la mayoría, muy bellas y las que son madres, están pendientes de sus hijos.

El postre fue sandía en grandes rodajas que había que comerlas con la mano. Algunas de las comidas se hacen con cultivos propios porque tienen una huerta, en la que hay tomates, porotos y otras verduras y frutas.

Durante el almuerzo contaron que cada uno de los que llegó hasta Estación Cielo fue porque estaba en búsqueda de algo superador. Y aunque cualquiera puede llegar y pedir quedarse tres días, como dijo Emilio, los integrantes de la comunidad pidieron que en esta nota queda en claro que “no es un lugar turístico ni de curiosidad”.

Al interactuar con la comunidad las tonadas delatan que llegaron de distintos lugares. Hay mendocinos, por supuesto, pero también rosarinos, porteños, sanjuaninos, cordobeses y de otras provincias. Por ello, también tienen celulares, cuentas de correo electrónico y no reniegan de estos elementos de comunicación, los utilizan pero no viven pendiente de ellos. Incluso, cuestionaron la atención que le dábamos a cada sonido que indicaba la llegada de un SMS.

Cuando terminaron de comer, sacaron los instrumentos y comenzaron a cantar. Emilio, después del agradecer los alimentos, es uno más, no parece el líder, su perfil baja y no se advierte su presencia.

Había que volver a la redacción, continuar el trabajo de periodistas y dejar esa experiencia hippie. Emilio insistió que nos quedásemos un poco más, pero no se podía. Les agradecimos, ellos (todos) también a nosotros, levantamos nuestras mochilas o bolsos y caminamos hacia la puerta.

Y antes de cerrarla sucedió algo extraño. Todos, como si lo tuviesen planeado, gritaron: “Chau, los amamos”. Nos sorprendió y nos dimos vuelta, todos nos sonreían. Nos fuimos.

Habíamos llegado a ese lugar por una nota periodística sobre el fin del mundo, sobre las profecías maya o para saber algo más sobre la ceremonia que el viernes 21 de diciembre se iba a desarrollar al pie del cerro Tunduqueral.

Conocimos una pequeña comunidad liderada por un guía espiritual que derrocha amabilidad y que hace comidas exquisitas. A un tipo que, decididamente, influye en la gente. “A veces hay hasta 150 personas en Estación Cielo y no sabés en los autos que llegan, gente de mucha guita va a quedarse allí”, reveló el guardaparque del turno tarde que cuida el ingreso al cerro.

Si bien don Emilio es un personaje influyente, en la villa de Uspallata o gente de la ciudad que lo ha conocido lo idealiza. No hace magia, no la propone, tampoco versea con curaciones ni venta de brebajes para el amor, la salud, el dinero o la suerte. Tampoco sus seguidores que viven con él en la comunidad tienen una actitud de adoración.

Por esas razones y aunque parezca contradictorio, no es Estación Cielo ni Emilio instancias turísticas, pero vale la pena conocerlos.
 

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