domingo 24 de septiembre de 2017

La mano del mexicano y el show de Mr. Fantastic

No hay noticias buenas y malas. Hay noticias. Y noticia es lo inusual. Un terremoto. O una goleada de ocho tantos en un partido

La mayoría de los periodistas nos negamos a admitir que las noticias puedan ser calificadas de buenas o malas.

Noticia es algo novedoso, inusual, inesperado. Algo que les interesa a muchas personas, más allá de que sea agradable o desastroso.

Algunas de esas noticias se apagan a poco de estar en el aire. Otras en cambio son tan poderosas que se quedan dando vueltas de tuerca, reinventándose a sí mismas.

Borges solía decir que al artista le está dado contar la fábula, pero nunca la moralidad de la fábula.

A los periodistas nos está dado contar las noticias, pero de ninguna manera desecharlas porque no son amenas.

Las dos carátulas.
Noticias terribles pueden contener costados sublimes.

El periodismo, como el teatro, como la literatura, como el psicoanálisis trabajan –salvando las distancias entre profesiones– con el disco duro de la condición humana.

Esto significa que todo el tiempo debemos estar hablando del bien y del mal. De la justicia y de las injusticias. De los costados turbios y de la belleza. He ahí el secreto de un buen periodismo.

Legiones
Esta semana me conmovió una de las tantas noticias que crecen a borbotones tras el segundo cataclismo telúrico que en 12 días ha sufrido México.

Apareció en El País, de Madrid, y se ocupó de un fenómeno que se viene constatando en las principales ciudades mexicanas.

Hablamos de la enorme y espontánea movilización juvenil que se ha generado con ese terremoto.

Son legiones de chicos y muchachas que han salido a ayudar. No tienen líderes, no tienen voceros, no les bajan línea de ningún partido o movimiento político.

Integran lo que ahora se llaman movimientos transversales, horizontales, espontáneos y que quizás estén motivados en la necesidad juvenil de participar.

La necesidad de estar con otros, de establecer lazos o, si usted quiere, de sentirse militantes, todas cosas que los partidos políticos e incluso los movimientos sociales ya no les ofrecen.

Y que incluso ellos mismos no se permitían al estar demasiado enclaustrados siguiendo los dictados de la poderosa web y de las virtualidades que supimos conseguir

El pecho
Levantan escombros, reparten remedios, llevan víveres y agua mineral de un lado a otro, colaboran todo el tiempo con los rescatistas profesionales y se identifican solo con una pechera.

Pero quizás lo más importante es que están al lado de los que sufren, de los heridos, de los que esperan que los retiren de debajo de los escombros, de los que lloran la pérdida de un familiar.

El cronista que escribió el artículo para El País relata con maestría la historia de un muchacho de barrio acomodado de Ciudad de México que siente cómo un singular contacto le ha cambiado la vida.

La mano
Le sucedió después de haber estado durante horas al lado de una persona aprisionada, hablándole y tomándola de la mano.

Mano que no soltó hasta que los socorristas sacaron al herido con vida.

Esa maravillosa conexión que el pibe logró con el otro, con el desconocido, con el que estaba en una situación de debilidad extrema, lo ha convertido en otra persona.

La pelota
La otra noticia que me sorprendió esta semana tiene que ver con la foto silueteada que ilustra está pagina.

Habla de fútbol, pero también de un recuerdo familiar, de esos que se generan en la infancia, "la patria del hombre", como la definió el poeta Rainer María Rilke.

Alguna vez le escuché decir a mi padre la frase "Goles son amores, y no buenas razones".

No la terminé de entender pero me sorprendió su sonoridad y me pareció que escondía un tesoro.

Siendo ya un tonto grande le leí a Borges esta idea: para que una obra literaria sea duradera debe incluir cosas que uno no termine de entender del todo. Cosas que producen como una ensoñación y que lo dejan a uno rumiando sobre la obra.

La lluvia
Cuando el jueves pasado una catarata de goles se desataba en el Monumental revisité la frase de mi padre y volví a disfrutarla en su plenitud.

Rememoré que lo que me había costado entender de niño era eso de "...y no buenas razones".

Y pude comprobar cómo una gran noticia futbolística puede transformarse en varias noticias aledañas.

Por ejemplo, en la de Nicolás Nacho Scocco logrando la gloria al concretar cinco de los ocho goles con que River Plate le ganó al equipo boliviano Wiltersmann, asegurándose así el pase a semifinales de la Libertadores, de la que varios gallinas ya se veían afuera.

Muchos argentinos no lo tenían a Scocco como un goleador. No todos se acordaban tampoco que cuando jugó en Grecia lo apodaban Mr. Fantastic.

El mismo Scocco ni se imagina que ahora va pasar a la historia del fútbol por algo que él no quería.

Y ni Gallardo y su equipo imaginaron jamás que ese partido se convertiría en una especie de bisagra en la historia de River.

Aunque usted no lo crea a Scocco no le gusta que le digan goleador, porque siente que eso lo empequeñece como jugador.

Él siempre ha querido ser el mejor enganche del fútbol argentino.

Manos extendidas
Y para ir concluyendo, le solicito, lector, que le ponga foco a la foto de Scocco.

El Negro Fontanarrosa dijo una vez que él veía al fútbol como una de las bellas artes.

Basta posar los ojos sobre Scocco para darle la razón al difunto rosarino.

¿No es una pirueta de bailarín la del goleador?

Observe, por ejemplo, los brazos extendidos en una línea perfecta y las terminaciones de las manos en punta, eso que los jurados del "Bailando" de Tinelli siempre les exigen a los participantes, sin suerte.

Piernas y pies parecen prestos para unas de esas volteretas reiteradas de un Piquín o de un Guerra.
Inusual, inesperado. Ocho goles son puro amor. Y son noticia.

Como es noticia esa mano de un chico mexicano que durante horas se aferró a la de un herido que la tierra se quería tragar.
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