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domingo 18 de septiembre de 2016

Veinte años después de su muerte, su melodía está más viva que nunca

El estreno de la película interpretada por Natalia Oreiro reavivó el mito de la maestra jardinera que brillara en la bailanta

Aquellos que aspiran a lograr fama, una que sea perdurable y no la del suspiro mediático, deben saber que necesitan talento, vocación de trabajo y buena estrella. Aquellos que, además, quieren convertirse en un mito, deben saber que tendrán que morirse más o menos jóvenes y en el mejor momento de su carrera. Es así. Una regla invulnerable. La muerte repentina, especialmente si es violenta, aumenta las virtudes, atenúa los defectos y, especialmente, anula la inevitable decadencia. Además, permite que se le agreguen a su historia cosas que nunca ocurrieron, atributos que, quizás, jamás existieron.

Juan Gálvez sólo sería el hermano de Oscar, si no hubiera muerto en un accidente en la carrera de Olavarría de 1963 a bordo de su legendario Ford, para convertirse en una leyenda del Turismo Carretera. Carlos Gardel habría sido un anciano con problemas de hipertensión y sobrepeso y con un pasado de cantante brillante, pero no el mito en el que se trasformó cuando murió en Medellín, al estrellarse su avión en 1935. Lo mismo se podría decir de Oscar Ringo Bonavena, el Mono Gatica, Julio Sosa... La muerte temprana aumenta la gloria y hace que nazca el mito.

Mucho más acá en el tiempo y entre los ritmos populares de la cumbia y el cuarteto, hay dos figuras tan grandes como aquellas: Rodrigo Alejandro Bueno, el Potro Rodrigo, y Myriam Alejandra Bianchi, es decir, la inolvidable Gilda.

A 20 años exactos de su muerte, ocurrida el 7 de setiembre en un accidente de tránsito en el kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12, en Entre Ríos, se realizó el preestreno de la película Gilda. No me arrepiento de ese amor, con Natalia Oriero en la piel de la cantante. Desde el jueves, el filme comenzó a exhibirse en los cines del país. Y el filme avivó el mito.

Más allá de la calidad de la película, de la que los críticos destacan la actuación de Oreiro y el no meterse en polémicas ni acudir a golpes bajos, la figura de Gilda parece seguir movilizando, incluso a los que no son amantes del género. Por estos días se escucha decir muy seguido "quiero ir a ver esa película" a gente que siempre reniega sistemáticamente de la bailanta o de todo aquello que la roza.

La historia
Sus seguidores continúan escuchando su música y sus fanáticos más extremos la veneran en el altar que le levantaron en el lugar donde se produjo el accidente fatal y también en el nicho 3.635 de la galería 24 del Cementerio de la Chacarita, donde están sus restos. Algunos hasta le hacen promesas y sostienen que ella les cumple los pedidos como la más benévola de las santas.

Pero, mucho antes de esto, Myriam Alejandra Bianchi fue una niña nacida en Buenos Aires, en una familia de clase media, que recién llegaría a la música siendo una mujer adulta y con dos hijos.
Hay muchos documentales, algunos caseros y otros profesionales, que reflejan su vida. También hay cientos de notas y algunas biografías.

Una de las más completas es la del periodista y escritor Alejandro Margulis, que publicó hace unos años Gilda, la abanderada de la bailanta, y quien ya había logrado buena repercusión con Junior. Vida y muerte de Carlos Menem (h.), editado en 1999 por el grupo Planeta.

Myriam era una niña inquieta y dulce. A su padre le gustaba la música y había intentando meterse en su mundo, aunque apenas logró hacerlo por gusto y en forma amateur. De pequeña le gustaba disfrazarse y usaba una pandereta para cantar guiándose con los discos que escuchaba. Disfrutaba de la danzas clásica y española, y le apasionaba cantar libremente.

Su padre murió joven por problemas cardíacos y ella y su madre debieron adaptarse a la nueva situación. Dejaron Villa Devoto, donde habían vivido siempre, y se mudaron a una zona más modesta. Era buena alumna en un colegio de monjas, tanto que logró saltearse algún año y terminó la secundaria más rápido que los demás.

Admiradora de Dyango, Celia Cruz, Gal Costa y Gardel, es recordada en su círculo íntimo por su persistencia, su carisma y su marcada personalidad. Su lucha por realizarse y sus notas manuscritas de su diario íntimo le revelaron al escritor Alejandro Margulis las inseguridades, la nostalgia, la fortaleza y el espiritualismo que mostraban las debilidades no de una artista, sino de una auténtica mujer. El relato de quienes vivieron de cerca a la Gilda cotidiana, de jeans y zapatillas, también da cuenta de sus rasgos no tan positivos: obsesiva por la limpieza, quejosa y algo sufrida.

Para mejorar la situación familiar, estudió para maestra jardinera y, con su madre, pusieron en jardín de infantes en la casa. Pero Myriam, que desde los 12 años se hacía llamar Shyll, soñaba con ser cantante. Prefería la música melódica y el rock, pero la chance no vendría por allí.

Antes que llegara ese momento, se casó con Raúl Cagnin y tuvo dos hijos: Mariel y Fabricio. Su marido durante 10 años y ella siguieron conviviendo y teniendo una buena relación. Él contó en su momento que Shyll "era de clase media, pero muy preparada. Se podía relacionar con cualquier persona. Se adaptaba a lo que tenía al lado. Con el carácter que tenía, a la gente le daba miedo contradecirla porque era brava", le contó al biógrafo. "La verdad es que en 1990 Shyll cambió radicalmente cuando se dedicó al canto. Una mujer yendo a cantar de noche y un tipo celoso como yo, imaginate, fue una explosión", lamentó, contando lo que sería el comienzo del fin del matrimonio.
Y esto fue cuando conoció al músico Toty Giménez, quien sería compañero incondicional e impulsor musical de Gilda. "Vengo por el aviso", le dijo Shyll a Toty, que iba a crear una banda de mujeres aprovechando el éxito que tenía el grupo Las Primas.

Gilda era flaquita, ya no era una muchachita y no daba el perfil de las bailanteras de la época, como Gladys La Bomba Tucumana o Lía Crucet.

Pero Giménez, que según él llegó a ser la pareja de Gilda, dijo: "Me enamoré desde el momento en que la vi. Sentía que la conocía desde siempre. No había tenido una vida fácil y no era muy feliz en su matrimonio. Yo también tenía un problema con mi pareja. La nuestra fue una relación a la antigua. Quizá por eso duró tanto. Yo sigo enamorado de ella. El amor y la música nos cambiaron la vida".
El día de la prueba, Gilda, que aún no usaba ese nombre artístico, cantó frente a Giménez una versión personal de Você abusou.

El 7 de setiembre de 2006, a las 7 de la tarde, murieron 7 personas en el accidente, cuando un camión brasileño se cruzó de mano y embistió de frente al colectivo dónde viajaba Gilda. Murieron ella, la madre, la hija, tres músicos y el chofer. Y nació el mito. En el acto.

Giménez, que iba en el micro y terminó internado grave, cuando estaba todavía en el hospital, le pidió a Reynaldo Lío, representante de Gilda, que fuera a buscar al lugar del accidente un caset que ella llevaba consigo y que contenía una grabación casera con futuras canciones. "Estaban No es mi despedida y otras canciones", dijo. "Técnicos en sonido separaron la voz de Gilda de la música, y quedó como si estuviera cantando a capella. Toti compuso la música y sacamos un álbum póstumo, que se llamó Entre el cielo y la tierra", agregó.

Los seguidores de la estrella de la cumbia dicen que esa canción fue premonitoria. Lo cierto es que Gilda, después de muerta, tuvo muchísimo más éxito que en vida.
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