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viernes 29 de abril de 2016

Una porteña adorada en Tokio

Volvió a Japón luego de tres años y renovó su éxito. En pocos días más llevará su nuevo show al Maipo Kabaret

Amelita Baltar es uno de los nombres propios del tango. Dueña de un particular fraseo y de una especial intensidad dramática sobre el escenario, su estilo la hecho inimitable e inconfundible.
La mujer que hizo mundialmente famosa la Balada para un loco de Astor Piazzolla (quien fue su pareja) hasta convertirlo en un himno, sigue vigente y con un increíble ritmo de trabajo.
El mes pasado estuvo en Tokio (Japón), tiene un programa de radio, El nuevo rumbo, los jueves a la noche y se está preparando para debutar en el Maipo Kabaret.

Mientras su voz truena al otro lado del teléfono al retar, con indisimulable cariño, a sus tres gatos y sus dos perros, habla en exclusiva con Escenario de su nuevo espectáculo, De mil amores.

–En su nuevo show hay folclore, boleros y tango del clásico, de Carlos Gardel. ¿Cómo fue volver a cantarlo?
–A Gardel le volví a tomar la mano en el Festival de Medellín, hace poco más de un año. En ese festival en su homenaje querían que las cantantes lleváramos sus canciones. Así que lo hice y me gustó cantarlo, me gustó mucho y vi cómo reaccionó la gente, muy bien. Entonces me dije que iba a cantar Gardel, Homero Manzi, que no hacía mucho de él, y menos Astor Piazzolla y Horacio Ferrer. ¡Basta! ¡Hace 45, 48 años que lo hago! (risas). Ya con dos o tres que les canto, la gente se queda tranquila. Mientras les cante el himno... Nadie me pregunta por qué no canto tal cosa de Piazzolla, nada. Están encantados con el espectáculo de tangos tradicionales, fascinados, y yo también de hacer este compiladito de boleros y folclore.

–¿Qué llevó a sus presentaciones en Tokio?
–Allá hice tangos tradicionales: Melodía de arrabal, Madame Ivonne, Yuyo verde, que encantaron, junto con Piazzolla. La gente quedó fascinada, yo había hecho María de Buenos Aires allá hace tres años y era un giro hacer tangos tradicionales.

–¿Cómo es su relación con el público japonés?
–Me conocen muchísimo. Algunos tienen discos míos que se han editado hace más de 25 o 30 años que ni yo tengo. Los traían al teatro para que los firmara. Vi mujeres con los ojos llenos de lágrimas... Fue una cosa tan loca, tan linda. Me han regalado pañuelos, cositas, papelitos, tarjetas... Fue una cosa de un cariño, de reconocimiento, además de afecto hacia mi persona.

–¿Los músicos eran de Japón?
– Casi todos (ver aparte). Con el contrabajista un día nos fuimos a comer. Se llama algo así como "Inuyiyin", así que le dije: "Mirá, my darling, desde hoy vas a ser chinchulín" (carcajadas). Era muy simpático. La mujer del director y bandoneonista Ryota Komatsu se llama algo así como "Iomoto". Le dije: "Baby, a partir de hoy vos serás kinoto, you know? Y le expliqué en inglés que se trata de una fruta muy sabrosa, chiquita, con el color de una naranja, que nosotros hacemos dulce con ella. Quedó encantada. ¿ Qué cantante de tango va a ir y le va a decir a la mujer del director que le pone kinoto? (risas). Lo mío es espontáneo, para divertirnos entre todos. Prefiero cambiarles el nombre y al menos poder llamarlos...No hay peor cosa que decir mal el nombre de alguien, parece falta de cultura, pero acá no hay cultura que resista, ¡sus nombres son muy difíciles!

– También dio una charla por el Día Internacional de la Mujer...
– Sí, organizada por el Instituto Cervantes de Tokio y la embajada argentina. Fue mucha gente y se pasaban videos con fotos mías, algunas de tantos años que yo ni me acordaba. Les expliqué que el Día de la Mujer no es para festejar. Reconozco que en mi país se festeja por una cuestión comercial, se llenan los restaurantes,se hacen regalos, pero es para conmemorar y recordar el incendio en Nueva York en 1911 donde murieron muchas mujeres, trabajadoras inmigrantes. Estaba el embajador argentino y después se hizo una recepción para 20 o 25 personas, con empanadas a la argentina. Yo dije: "qué suerte", porque pensé que me iban a dar un masacote, pero no, eran argentinas y con un buen vino. No comí más de dos, porque la gente me pedía que me sacara una foto y otra. ¿Sabés cómo ha cambiado la vida de los artistas con los celulares? Todo es fotos, todo el tiempo.

–¿Y el cierre del viaje?
–Me fui a descansar diez días a París, porque no era vida...(risas) Tengo una amiga íntima, que tiene una casa estupenda y vive sola. ¡Y me fui a París, a lo mejor de Saint Germain!

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