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sábado 26 de marzo de 2016

Una despedida en puntas de pie

Daiana Ruiz. La bailarina mendocina, integrante del ballet del teatro Colón, dio clases en nuestra provincia antes de viajar a Alemania para ser parte de la Compañía Internacional Sttutgart Ballet.

La semana pasada, Daiana Ruiz (26), integrante del ballet Estable del Teatro Colón estuvo en Mendoza –su provincia natal– para dar clases abiertas y gratuitas a estudiantes y profesionales de la danza. Era, a su modo, su ritual de despedida, ya que el próximo domingo 3 de abril dejará por dos años su lugar en el ballet argentino para radicarse en Alemania y ser parte de la reconocida Compañía Internacional Stuttgart Ballet.

Aunque ya siente la ansiedad de la inminente partida, se tomó un momento para charlar con Diario UNO desde su hogar, en Buenos Aires.

–¿Cuál fue tu evaluación de las clases que dictaste en Mendoza?
–He tenido la suerte de haber viajando un montón por Europa este último tiempo y de estar conectada con muchos bailarines y artistas, entonces quise dejarles un poquito de todo lo que viví y aprendí a los chicos en Mendoza, donde hay mucho talento. Lo quería hacer antes de irme a Alemania y a modo de despedida. Los chicos se fueron muy contentos y me quedé muy feliz al ver por un lado los talentosos bailarines que hay en Mendoza, lo bien que vienen las nuevas generaciones y por otro lado el amor con el que todos bailan y aman la danza. Sería lindo que todo el mundo tuviera el deseo de acercarse al arte y descubrirlo. A veces hay gente que piensa que se va a aburrir en una función, que una ópera no les va a gustar y en realidad te llegan al alma desde otro lugar.

–Todavía perdura el temor de que no se puede disfrutar una función de ballet si no existe un conocimiento previo...
–Un científico cuando comienza a trabajar desconoce de qué se trata lo que va a hacer; un contador al principio no sabe de qué se trata trabajar con los números y en todas las disciplinas uno comienza sin saber. Esto es un poco lo que le pasa al ser humano, no se anima a conocer lo desconocido. También en la sociedad en que vivimos hoy, donde siempre tenemos que estar alertas, cuesta más que la gente relaje su alma y que se permita dedicarse a escuchar y volar con una pieza musical o con lo que le están entregando los artistas en el escenario. Ahora cuesta un poquito más animarse, pero cuando uno lo descubre, después hasta lo necesita. La danza nos conecta con nosotros mismos y a esa conexión muchos le escapan.

–¿Le escapan por miedo?
–Esto es parte de lo que quiero transmitir a los chicos en mis clases, que no tengan miedo, que se arriesguen, que el miedo es parte de la vida y hay que transitarlo y confiar en uno.

– Al estar alejados de una gran capital es más complicada la capacitación de los bailarines, no es lo mismo que en Buenos Aires...
–Por eso yo siempre que puedo volver a Mendoza quiero organizar algún curso, alguna clase, porque sé que es difícil y sé que hay chicos a los que les cuesta un montón porque yo también lo viví, porque a veces no tenés plata ni para las zapatillas. Yo pude venir a Buenos Aires, pero mi familia se quedó allá y a veces no podía viajar para verlos.

Europa, ese sueño
–¿Cuánto tiempo te vas a Alemania?
–En principio, dos años, que es lo que dura mi licencia en el Colón, pero la oferta de trabajo en la Compañía de Stuttgart es con continuidad, así que en algún momento tendré que decidir si me quedo en Alemania o vuelvo a la Argentina. Estoy muy feliz, es una compañía que admiro mucho, una de las mejores del mundo. Quiero ir, disfrutar, aprender lo máximo que pueda y bailar lo más que pueda. Además voy a poder conocer muchos lugares, porque la compañía viaja un montón...

–El desarraigo ha sido progresivo, ¿todavía te cuesta?
–Igual siempre cuesta, porque soy muy familiera, pero ahora es mucho más fácil conectarse con ellos, con las nuevas tecnologías. El desarraigo siempre cuesta, pero ahora es menor y uno se empieza a sentir parte del mundo, ya no sos de acá o de allá. Igual yo siempre llevo a Mendoza en mi corazón porque es mi tierra, tengo allí mis afectos, amo la ciudad. Estando en Buenos Aires necesito viajar a Mendoza cada tanto, ir a la montaña y conectarme otra vez con la naturaleza.

Temprano desarraigo a cambio de bailar

Daiana Ruiz tuvo la oportunidad que cualquier bailarina clásica anhela en la Argentina. A los 12 años fue admitida en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colon. El problema era que tenía que ir a vivir a Buenos Aires, un verdadero desafío para una casi adolescente.

"Me vine a los 12 años. Estuve primero en la casa de un tío, que si bien no vivía lejos, se me complicaba porque yo me manejaba sola todo el tiempo porque él trabajaba todo el día. Salía a las 7.30 y mi última clase terminaba a las 21.30 y tenía que volverme sola. A los 13 me aceptaron en una residencia de monjas, muy linda, y ahí ya había chicas que estaban en el Colón y que iban al colegio conmigo, entonces me manejaba en grupos".

–O sea que además tenías que cumplir con el colegio...
–Yo iba al Instituto del Colón en la mañana, salía 12.30 y me iba corriendo al colegio porque entraba a la 13. Terminadas las clases volvía al Colón, porque era parte del ballet juvenil, que funcionaba después del horario del colegio. Si no tenía ensayos en el instituto, tenía que asistir a clases particulares.

–No debe haber sido fácil para vos ni para tu familia...
–Mi mamá viajaba cada 15 días. Fue muy difícil para toda mi familia, un esfuerzo enorme, porque ella también tenía su trabajo, su escuela de ballet, a mi hermano y a mi papá. Tenían que acomodarse todos para que ella viajase cada 15 días. Venía y me dejaba todo preparado hasta los 15 siguientes días en que podía venir. Fue duro, de hecho a los 14 años, como extrañaba un montón, me volví un tiempo a Mendoza.

–El rol de los tuyos ha sido determinante entonces...
–Por suerte yo tuve siempre el apoyo de mi familia mucho y mucho más de lo que se pueda imaginar, siempre están. Mi mamá era bailarina y ahora tiene una academia de danza. Ella empezó a bailar porque era su pasión, no había nadie más en la familia que bailara, no había más artistas en la familia, pero en esto no estoy sola. Incluso mi abuela me ayuda siempre que necesito algo. Ella cose, tenía una casa de vestidos de novias y cada vez que tengo que bailar le digo: "Abuela, por favor necesito una túnica" y la abuela me hace la túnica. Me acompañan siempre.


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