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domingo 17 de abril de 2016

Un manifiesto sobre el nuevo periodismo latinoamericano

El escritor y periodista argentino, radicado en España, acaba de publicar Lacrónica, en el que reflexiona sobre la "máquina mediática"

Lacrónica, el nuevo trabajo de Martín Caparrós, es una reflexión sobre el estado del periodismo nacido del deseo de contar cómo se practica un género literario que, desde Latinoamérica y contra la pretendida objetividad de la "máquina mediática", impacta en el mundo para ofrecer una mirada alternativa sobre la misma realidad.

"Nuestros medios siguen siendo reticentes a publicar buen periodismo narrativo, con lo cual el éxito de la crónica viene a ser un espejismo", sentencia Caparrós en esta entrevista.

"Es más probable que te pidan dos mil palabras sobre la crónica que una crónica de dos mil palabras. Esa es su situación actual", eleva la apuesta Caparrós, recién llegado desde Madrid (España), donde vive actualmente, para presentar el libro editado por Planeta: unas 600 páginas que recuperan parte de su obra y pueden leerse como una suerte de manifiesto sobre el nuevo periodismo latinoamericano, "que ya es viejo", y una especie de autobiografía profesional.

La crónica, para Caparrós, es marginal: se corre de los postulados hegemónicos. Es literaria, busca la palabra justa, la forma novedosa. Resiste: cuestiona la noción de información, de objetividad, de verdad. Permite la duda: interpela al lector, reflexiona el autor de libros como La voluntad, El interior y Larga distancia, y uno de los más importantes referentes del género en el mundo hispano.

"Pero sobre todo me importa que siga siendo política y busque algún tipo de marginalidad, que no se convierta en un entretenimiento para las señoras que hacen crochet", afirma.

–¿Cuál sería el valor intrínseco de la crónica?
–Plantear el hecho de que cualquier relato es un relato, de que no hay posibilidad que un texto, un artículo en cualquiera de sus formas, sea "la verdad". Eso la crónica lo pone en escena al decir yo, al restituir la densidad del texto, al mostrar que hay intermediaciones que te recuerdan "esto es una mirada" frente a la máquina mediática que quiere convencerte de que se trata de la única verdad posible.

–¿A través de qué mecanismos lo hace?
–Lo que antaño hubiéramos llamado la ideología dominante tiene la gran ventaja de que lo tomamos como la forma natural en la que el mundo es, no como una de las maneras de pensarlo. Hay cosas que parecen tontas, pero la idea de que si yo me compro un par de pantalones y este par de pantalones es mío, mío, mío es muy ideológica: habla de que la propiedad es privada, inalienable, y por lo tanto de que nada puede contra ella. Eso es ideología, pero está tan difundido que cualquiera diría "no, las cosas son así". Son así si las hacemos así, si las creemos así, si las pensamos así. Pero la derecha es muy eficaz en hacernos pensar que ideología es lo que piensan los otros.

–Esa fantasía de orden natural conlleva una sugerencia de totalidad o al menos mayoría...
–Los periódicos trabajan para una minoría extrema. Por alguna razón consiguen convencernos de que se dirigen a las mayorías, pero eso es insostenible: aquí no hay ningún periódico que sea comprado por el uno por ciento de la población. Entonces pensar eso como una mayoría es sorprendente. Claramente la prensa se dirige a los que ejercen algún tipo de poder en el país, es un diálogo entre poderes.

–¿Cómo definís la relación de los lectores con la prensa tras el kirchnerismo y de la prensa con los lectores en el macrismo?
–Lo único que me parece interesante de la pelea por el relato durante el kirchnerismo es que involuntariamente enseñó a muchos lectores y consumidores de medios que en ese relato hay intenciones, sujetos que los hacen, intereses. Y por lo tanto los llevó a una lectura crítica, distanciada, en la que todo el tiempo había que ver "por qué dicen esto", "será que esto es cierto". Esto me parece muy disruptivo y amenazador para la hegemonía de los grandes medios. Pasado ya ese momento de crisis, lo que están haciendo los grandes medios es mostrarse ecuánimes, imparciales e igualitarios en su reparto de culpas y acusaciones para recuperar esa lectura acrítica, para convencer a sus lectores una vez más de que lo que le muestran es la realidad en toda su extensión.
–En el libro planteás que el concepto Latinoamérica es poco operativo salvo en la crónica...
–Los argentinos nunca nos sentimos muy latinoamericanos. La "latinoamericanización" de la Argentina comenzó en términos simbólicos cuando nos corrieron a guantazos de las Malvinas y vimos que el primer mundo al que creíamos pertenecer se alineaba con el enemigo. Y en lo económico y social, más que nada en la década siguiente, con las reformas de Menem, las privatizaciones, la manera en que se creó una sociedad sociológicamente más latinoamericana, con tasas de desigualdad mucho mayores, una huida del Estado de sus obligaciones. Más allá de todo esto el trabajo de construcción de las nacionalidades en los últimos 200 años en la región consistió en diferenciarnos, en convencernos de que ser argentinos es ser distinto a ser uruguayos, radicalmente distinto. Estamos dispuestos a enfrentarnos con ellos porque son otra patria, otro país, otra nación. Pero a partir de la crónica encontré que había mucha gente en el continente que buscaba caminos semejantes y fue la primera vez que tuve esa sensación de lo latinoamericano funcionando.

–¿Cómo afectó internet a este trabajo?
–En la búsqueda de materiales e informaciones y demás hay una diferencia radical. Cuando empecé tenía que ir a una pobre biblioteca donde encontraba, si acaso, un número de una revista que me dijera algo sobre el tema a tratar. Ahora alcanza con tres clics. Antes el problema era conseguir información, ahora, filtrarla. Se ha disuelto este lugar común que pretendía que en la pantalla sólo se lee corto. Ahora nos pasamos la vida leyendo en pantallas. El 80, 90 por ciento de lo que yo leo lo hago en pantallas. Entonces se puede publicar todo lo que uno quiera, una gran ventaja, ya no te pueden decir "de dónde saco el papel". Pero un poco más adelante lo que aparece son las posibilidades casi inimaginables de utilizar otra forma de contar las cosas: sonidos, músicas, animaciones, hipervínculos, fotos, videos. Dentro de 30 años una crónica hecha solo de palabras va a ser algo agradablemente arcaizante.

–¿Por qué decís en tu libro que el periodismo debería escribirse contra el público?
–Para muchos editores hoy existe la tentación de producir tonterías porque son las cosas que dan más clics y visitas. Frente a eso digo que hay que hacer periodismo contra el supuesto deseo del supuesto público y ofrecerle lo que uno crea que valga la pena, no lo que uno crea que están esperando.
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