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domingo 24 de abril de 2016

Tilín Orozco debutó en la música con el traje de un espectador

La divertida anécdota del reconocido músico contada a Escenario.

Estoy en medio de la producción del primer disco solista de Charo Bogarín (Tonolec), en este acertijo que es Buenos Aires, y cuando recibí la invitación a recordar un momento de mi carrera, no dudé un instante en la elección.
La elegí por la enseñanza que me dejó y porque hago aquí una especie de reconocimiento a Raúl Lencioni, mi primer maestro de guitarra cuando yo era apenas un adolescente, a quien admiro y quiero mucho. Fue mi debut en los escenarios. Tenía 15 o 16 años, más o menos. Estudiaba con don Raúl, un guitarrista devenido profesor, gran persona, gran músico. Yo era muy joven, tocaba de todo, tango, rock, folclore.
Un día, don Raúl me dice: "Se inaugura el Festival de la Cueca y el Damasco en La Dormida (Santa Rosa). Voy a tocar con Tito Ortiz y otros músicos, quiero que me acompañés en el escenario, ¿te animás?". No dudé en responderle: "Sí, por supuesto". Estaba muy entusiasmado ante mi primer show. Yo hacía rock, tenía el pelo largo y me vestía con jeans desgastado; era un poco desastroso con mi imagen, algo que con esta anécdota después traté de mejorar, aunque con Fernando (Barrientos) no pudimos lograrlo a la perfección aún (risas).
"Bueno –me dice el maestro Lencioni–, entonces te paso a buscar. Tenés que ir con traje". ¿Con traje? ¿Yo? En mi casa no había trajes ni mucho menos, yo nunca había usado uno. Pero le mentí y le dije: "Sí, cómo no, maestro".
La presentación era al otro día. No sé por qué pero no fui con él y me tomé un micro. Llegué jugado al festival. Con jeans rotos y remera gastada, claro. Lencioni me ve, me saluda y me dice: "¿Y el traje?". Otra vez le miento: "Me lo robaron en el micro, cuando venía para acá". "No importa", me dijo. "Ya lo vamos a solucionar".
Pidió un traje a la organización y nadie tenía uno para prestarme. Hasta que se asoma tras bambalinas, para relojear al público, y ve a un señor sentado en primera fila, de traje. Pide que lo llamen, el hombre viene sin entender nada. Y el maestro me anuncia: "Listo, Raulito, problema solucionado. Dale tu ropa al señor y ponete su traje".
No lo podía creer, era una locura, era un espectador de edad avanzada, un gaucho del pueblo. Terminé debutando en el escenario con el traje del señor –era horrible y me quedaba grande por todos lados– mientras el señor estaba sentado en primera fila con mis jeans rotos y mi remera.
Fue un papelón.
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